Un Presidente que lee
Sueño con que algún día el tema de nuestra Feria del Libro esté dedicado a la lectura obligada de quienes ambicionan gobernar para forjar pueblos cultos.
Las expectativas que los estadounidenses y demás ciudadanos del mundo se han creado alrededor de Barack Obama, a mi modo de ver, no sólo se deben a las virtudes políticas del nuevo presidente sino a la ruina dejada por la administración Bush. En su triste y ridícula despedida, Bush y sus propagandistas remarcaron que durante todo su gobierno no se había repetido otro 9/11. Tampoco se repitió otro huracán Katrina y Nueva Orleans todavía es la imagen de la ineptitud de aquel gobierno.
La seducción pública de Barak Obama va más allá de su inteligencia, de su preparación académica, de sus dotes políticas o de la actualidad de sus ideas. Decía la escritora negra Tony Morrison, premio Nobel de literatura, que le bastó escuchar una corta conferencia para descubrir que en el fondo del flamante mandatario habitaba un poeta. En su autobiografía “Sueños de mi Padre” Obama dice: “Con las palabras justas todo puede cambiar: Sudáfrica, la vida en el ghetto a tan sólo una pocas millas y mi propio y tenue lugar en el mundo”.
El dominio de la palabra ha sido el arma secreta de su proverbial victoria. Desde su electrizante discurso en la convención demócrata de Al Gore, todo el mundillo político supo que en el cielo demócrata había nacido una estrella. Sólo le faltaba una causa justa y un mal gobierno. La primera la heredó de Martin Luther King y la segunda, de Bush-Cheney.
Ahondando en sus raíces africanas, Barak Hussein Obama se nutrió de literatura negra, la de Baldwin, Du Bois, Ellison, Langston Hughes y Wright. Ya en la universidad se aferró a dos pensadores diametralmente opuestos quienes forjaron su pragmatismo dualista-sincrético: Nietszche y San Agustín, donde la filosofía de la irracionalidad existencial se conjuga con la fe en un mundo mejor. Justamente cuando todo él desborda racionalidad y calma, en la praxis y en la toma de decisiones difíciles, es donde imprime su sello pragmático. Más cerca del utilitarismo de Richard Rorty que de Leo Strauss, su ambición progresista no escatima en representarse un espacio-tiempo político vertiginoso como no se ha visto en décadas.
El obsequio de Chávez, el célebre libro de Galeano, La venas abiertas de América Latina, criticado por detractores entecos treinta años después, más por las imprecisiones de sus pronósticos que por la veracidad de los hechos denunciados allí, no demerita el valor de la intención: Introducir al presidente Obama en la otra historia, la no oficial, la que se han cuidado de falsear y corregir los dueños del pensamiento único. Es esa misma historia reciente la que se ha encargado de ponerles el epíteto merecido a quienes en verdad le corresponde y a refrendar la vigencia de las ideas de los vituperados, cuyo pecado ha sido denunciar los latrocinios narrados en Los de abajo, Huasipungo, Luna verde, Flor de banana, Gamboa Road y otros muchos testimonios que desmienten a los pelagatos que en la literatura nunca faltan y siempre sobran.