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Un sábado que no fue otro sábado


Días antes de este 11 de septiembre, le preguntaron al general Juan Emilio Cheyre cómo lo conmemoraría y respondió: "Como un día normal. Es un sábado como cualquier sábado".
En el país de los cerebros lavados ha pasado a ser una fecha cualquiera. Ese día busqué en el diario alguna referencia. Sólo encontré un excelente artículo de Sergio Fernández, ex ministro del Gobierno Militar, recordando algo de lo que el lavado nos ha hecho olvidar.
Pero a la Historia con mayúscula tal lavado no la puede cambiar. Si alguna vez Chile reasume su verdad histórica, el 11 de septiembre de 1973 será conmemorado como su segunda efeméride, en rango, después del 18. Y se tomará conciencia de que tuvo la connotación de un hito precursor que abriría paso, años después, al derrumbe mundial del Imperio del Mal. Los chilenos estuvimos a punto de convertirnos en otra colonia de éste.
Eramos un país dividido, empobrecido, violento, de moneda envilecida y democracia corroída por la amenaza de un ejército clandestino protegido por el Gobierno.
Además, nuestras fronteras estaban abiertas a los apetitos foráneos, alentados por la crisis interna general.
Las Fuerzas Armadas y Carabineros acudiendo al llamado de los líderes civiles, salvaron al país y, tras 17 años, les devolvieron otro mucho mejor.
En 1989, su último año de gobierno, Chile creció 10,3 por ciento, con un desempleo del cinco por ciento (enero de 1990) y, tras haber sorteado exitosamente todas las amenazas externas y sometido o derrotado a delincuentes y terroristas, entraba a la plena democracia diseñada por la sabia Constitución de 1980. Era la nación más estable, próspera y ordenada de América Latina. Como recordaba Sergio Fernández, la cobertura de la educación superior se triplicó, la mortalidad infantil descendió del 79 al 17 por mil y la desnutrición infantil bajó del 12 al 4 por diez mil nacidos vivos, acreditando también el progreso social alcanzado.
El legado fue tan sólido que ni siquiera tres sucesivos gobiernos de la Concertación lo han podido destruir. Pero le han restado impulso.
Hoy, en medio de condiciones externas más favorables que en 1989, crecemos a la mitad (tras un quinquenio de hacerlo a la mitad de la mitad), tenemos casi el doble de desempleo y la población es rehén de delincuentes y terroristas.
Y nos gobierna un socialista, como Allende, pero que, es cierto, no es Allende. Podríamos definirlo como un Allende disuelto al tres por ciento. Este despojó a las mineras de sus activos, Lagos sólo lo hará del tres por ciento de sus ventas; los seguidores de Allende se apoderaron de las tierras privadas, los funcionarios de Lagos sólo les suben el avalúo para cobrarles más impuestos, y en el sur quedan a merced del terrorismo mapuche; los interventores de Allende incautaban industrias, los inspectores de Lagos solamente las acosan con más tributos y regulaciones; los violentistas de Allende trasladaban armas en vehículos de la Presidencia; bajo Lagos unicamente se benefician de que Carabineros no usan sus armas.
Pero el legado se puede recobrar. Si la mayoría recapacita, el 11 de septiembre podría volver a ser la segunda efeméride más importante de Chile. Y para perpetuarla en la memoria colectiva tengo una idea: un gran monumento, financiado por suscripción popular de los demócratas agradecidos, que personifique a los cuatro miembros de la Junta de 1973, y bajo la bota de uno de ellos, específicamente Augusto Pinochet, una hoz y un martillo quebrados, como señal de liberación para Chile y buen augurio para el resto de la Humanidad.
(*) Analista político chileno.
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