Un santo del pueblo: Héctor Gallego
EN LOS PRIMEROS decenios después de Cristo, el pueblo católico participaba en el proceso de la santificación de un personaje cristiano extraordinario. Siendo conocedor de sus virtudes heroicas en vida, el pueblo lo declaraba "santo", su intercesor ante Dios padre, un ejemplo digno de ser imitado. Así ocurrió, por ejemplo, en los tiempos difíciles cuando los cristianos del norte de Italia se encontraron bajo el dominio de los bárbaros invasores lombardos. Poco después de su muerte, los cristianos de Milán santificaron a Benedetto Crespi, el obispo que los había guiado con amor y dedicación entre los años 685 y 732. Sin embargo, este santo nunca fue puesto en un altar.
Aunque ahora el proceso de santificación es muy distinto, en Panamá ha ocurrido algo parecido con el sacerdote Héctor Gallego. Han transcurrido 34 años de su martirio, pero el pueblo panameño no lo olvida. Recuerda su figura y venera su memoria.
Pero, el gran cariño que se le tiene a Héctor Gallego no se debe al hecho de que fue asesinado. Con el pasar del tiempo, Héctor Gallego se agiganta por lo que hizo en vida. Su vocación de sacerdote no era paternalista; no había llegado para inculcar resignación a los campesinos de Santa Fe, los más pobres de Panamá. No. Hermanado con éstos, vivió como ellos en un rancho de pencas y paja. Comiendo con los campesinos, como ellos, pasó hambre. Trabajó con ellos en sus parcelas. A pie, subió por escabrosos senderos en la remota campiña para socorrerlos. Fundó con ellos una cooperativa de ayuda mutua, "La Esperanza de los Campesinos". Sufriendo como ellos atropellos a manos de bárbaros gamonales, los enseñó a resistir. Pero no por ello descuidó su misión espiritual. Héctor enseñó a sus humildes feligreses a leer usando la Biblia y los enseñó a pensar y actuar guiados por la doctrina de Cristo. Con amor, dedicación y respeto, hizo comprender a los campesinos de Panamá que son hijos de Dios y merecen vivir una vida digna.
En realidad, el joven sacerdote fue asesinado porque no hizo otra cosa que seguir y vivir las enseñanzas de Cristo. Precisamente por ello fue tan chocante, tan impresionante, tan sentida su desaparición. Profundamente conmovido, de frontera a frontera, el pueblo panameño se puso de pie para buscarlo. En las noches y los días que siguieron al 9 de junio de 1971, la nación se consumió en misas, vigilias, manifestaciones multitudinarias, fotos y pancartas, canciones, oraciones y lágrimas. Se repetía la pregunta que a la vez era un reclamo indignado: "¿Donde está Héctor?"
Relata la religiosa Cecilia Navarro que a finales de junio, cuando los campesinos escucharon una entrevista que Radio Hogar le había hecho a Héctor pocos días antes de ser secuestrado, fue como una bomba. "En los campos de Santa Fe, por todos lados, los campesinos escucharon su voz, tan conocida, sus declaraciones, y empezaron a festejar. "¡Ya apareció, ya salió en la radio!", corrían la voz, locos de contento. Se creó una gran confusión. Y nos tocó hacer recorridos por muchos campos aclarando que sólo era una entrevista, que Héctor había hablado todo aquello antes de desaparecer. No querían creerlo. El dolor se les dobló. Como si lo perdieran por segunda vez" (María López Vigil, "Héctor Gallego está vivo", 1996).
Indudablemente, Héctor Gallego debió ser aceptado y celebrado como santo por la Iglesia "oficial". Especialmente en estos tiempos turbulentos, cuando la miseria y el hambre que crecen de día a día hacen imposible la paz, en Panamá y América Latina se hace imprescindible que la Iglesia presente un modelo contemporáneo de compromiso con los pobres, un santo que haya sido un ejemplo del sacrificio, la humildad y amor por el prójimo que representa la lucha por la justicia social.
No obstante, es poco probable que esto suceda y ciertamente no es lo que desean los campesinos que tanto amó el curita de Santa Fe. Héctor Gallego seguirá siendo un santo del pueblo porque, como dijo uno de los que trabajaron con Héctor a la escritora María López Vigil: "Aquí en Santa Fe de Veraguas nos preocupa que haciéndolo un santo, trepándolo en los altares, poniéndole coronita, nos lo vuelvan a secuestrar. Mejor ¡se acabó! No hay que hablar ya más de cómo lo mataron. O de cómo lo hacen santo. Porque sólo hacen santos a los muertos. Y Héctor no está muerto. Está vivo".
Al encontrar al niño buscan establecer contacto y constituir una amistad esperando ganarse la confianza para que los guíe voluntariamente a su hogar.
No lo obligan, y si logran llegar a su casa explican en qué consiste el programa y las respuestas que desean ofrecerle.
Casa Esperanza ofrece ayuda a los infantes en los servicios educativos, ya que muchos no tienen dinero para pagar sus útiles escolares y sus matrículas. Es por ello que se encuentran en una constante búsqueda de respuestas que nuestro país pueda ofrecerles.
Las trabajadoras sociales de Casa Esperanza realizan un diagnóstico de la familia. Por eso las familias mantienen un alto grado de participación al tener que identificar cuáles son sus necesidades y problemas, y ser parte de las soluciones.
Si durante la visita se percatan que los niños son víctima de maltrato o abuso, inmediatamente hacen valer los derechos del menor y ponen la denuncia aunque continúen trabajando con la familia.
Aunque ahora el proceso de santificación es muy distinto, en Panamá ha ocurrido algo parecido con el sacerdote Héctor Gallego. Han transcurrido 34 años de su martirio, pero el pueblo panameño no lo olvida. Recuerda su figura y venera su memoria.
Pero, el gran cariño que se le tiene a Héctor Gallego no se debe al hecho de que fue asesinado. Con el pasar del tiempo, Héctor Gallego se agiganta por lo que hizo en vida. Su vocación de sacerdote no era paternalista; no había llegado para inculcar resignación a los campesinos de Santa Fe, los más pobres de Panamá. No. Hermanado con éstos, vivió como ellos en un rancho de pencas y paja. Comiendo con los campesinos, como ellos, pasó hambre. Trabajó con ellos en sus parcelas. A pie, subió por escabrosos senderos en la remota campiña para socorrerlos. Fundó con ellos una cooperativa de ayuda mutua, "La Esperanza de los Campesinos". Sufriendo como ellos atropellos a manos de bárbaros gamonales, los enseñó a resistir. Pero no por ello descuidó su misión espiritual. Héctor enseñó a sus humildes feligreses a leer usando la Biblia y los enseñó a pensar y actuar guiados por la doctrina de Cristo. Con amor, dedicación y respeto, hizo comprender a los campesinos de Panamá que son hijos de Dios y merecen vivir una vida digna.
En realidad, el joven sacerdote fue asesinado porque no hizo otra cosa que seguir y vivir las enseñanzas de Cristo. Precisamente por ello fue tan chocante, tan impresionante, tan sentida su desaparición. Profundamente conmovido, de frontera a frontera, el pueblo panameño se puso de pie para buscarlo. En las noches y los días que siguieron al 9 de junio de 1971, la nación se consumió en misas, vigilias, manifestaciones multitudinarias, fotos y pancartas, canciones, oraciones y lágrimas. Se repetía la pregunta que a la vez era un reclamo indignado: "¿Donde está Héctor?"
Relata la religiosa Cecilia Navarro que a finales de junio, cuando los campesinos escucharon una entrevista que Radio Hogar le había hecho a Héctor pocos días antes de ser secuestrado, fue como una bomba. "En los campos de Santa Fe, por todos lados, los campesinos escucharon su voz, tan conocida, sus declaraciones, y empezaron a festejar. "¡Ya apareció, ya salió en la radio!", corrían la voz, locos de contento. Se creó una gran confusión. Y nos tocó hacer recorridos por muchos campos aclarando que sólo era una entrevista, que Héctor había hablado todo aquello antes de desaparecer. No querían creerlo. El dolor se les dobló. Como si lo perdieran por segunda vez" (María López Vigil, "Héctor Gallego está vivo", 1996).
Indudablemente, Héctor Gallego debió ser aceptado y celebrado como santo por la Iglesia "oficial". Especialmente en estos tiempos turbulentos, cuando la miseria y el hambre que crecen de día a día hacen imposible la paz, en Panamá y América Latina se hace imprescindible que la Iglesia presente un modelo contemporáneo de compromiso con los pobres, un santo que haya sido un ejemplo del sacrificio, la humildad y amor por el prójimo que representa la lucha por la justicia social.
No obstante, es poco probable que esto suceda y ciertamente no es lo que desean los campesinos que tanto amó el curita de Santa Fe. Héctor Gallego seguirá siendo un santo del pueblo porque, como dijo uno de los que trabajaron con Héctor a la escritora María López Vigil: "Aquí en Santa Fe de Veraguas nos preocupa que haciéndolo un santo, trepándolo en los altares, poniéndole coronita, nos lo vuelvan a secuestrar. Mejor ¡se acabó! No hay que hablar ya más de cómo lo mataron. O de cómo lo hacen santo. Porque sólo hacen santos a los muertos. Y Héctor no está muerto. Está vivo".
Al encontrar al niño buscan establecer contacto y constituir una amistad esperando ganarse la confianza para que los guíe voluntariamente a su hogar.
No lo obligan, y si logran llegar a su casa explican en qué consiste el programa y las respuestas que desean ofrecerle.
Casa Esperanza ofrece ayuda a los infantes en los servicios educativos, ya que muchos no tienen dinero para pagar sus útiles escolares y sus matrículas. Es por ello que se encuentran en una constante búsqueda de respuestas que nuestro país pueda ofrecerles.
Las trabajadoras sociales de Casa Esperanza realizan un diagnóstico de la familia. Por eso las familias mantienen un alto grado de participación al tener que identificar cuáles son sus necesidades y problemas, y ser parte de las soluciones.
Si durante la visita se percatan que los niños son víctima de maltrato o abuso, inmediatamente hacen valer los derechos del menor y ponen la denuncia aunque continúen trabajando con la familia.