Un Siglo de cambios en la Educación Panameña
No hay dudas que todo ha cambiado, hasta la educación. Hoy los niños no tienen que salir de su corregimiento para recibir educación primaria, ni de su distrito y provincia para contar con una educación media y superior. Quien asiste a un centro educativo en una comunidad panameña encontrará, como mínimo, una serie de elementos y condiciones, como son las aulas, sillas, tableros, un educador profesional, unos contenidos que se aprenden mediante métodos y técnicas pedagógicas, unos materiales didácticos y una organización del tiempo y del espacio, según la edad y el grado, que responden a una norma y programación escolar que parece haber existido toda la vida.
Aún cuando reconocemos que la escuela es una de las instituciones sociales que menos ha cambiado y en la que queda mucho por hacer, no es menos cierto que lo que hoy tenemos en educación es bastante diferente a lo que existía a principios de siglo en el país. En esa época, las escuelas eran escasas y muy pocas personas podían educarse. El aprendizaje de las primeras letras era reservado a quienes pudieran pagar una mensualidad o a los que asistían a las escuelas domingueras de la iglesia. Se carecía de un sistema público de enseñanza secundaria y la educación superior, ante la ausencia de universidades, había que buscarla fuera del país (Colombia, Estados Unidos, Europa).
Esa época estaba caracterizada por una población mayoritariamente rural, dependiente de la agricultura de subsistencia, con elevados niveles de analfabetismo y mortalidad infantil. Eran escasas las vías de comunicación y transporte, y la educación despertaba poco interés en los pobladores del istmo.
Según don Sebastián Sucre, un día típico de clases en una escuela de primera letras de época, consistía en compartir la lección del maestro con niños de diferentes edades (4 a 12 años) en una misma sala. Los alumnos permanecían largas horas sentados en mobiliario muy diversos (taburetes, banquetas, troncos, piedras y hasta en el suelo) recibiendo la lección de la maestra, casi siempre empírica, que era símbolo del conocimiento y el respeto en las comunidades. Esta lección era tomada de memoria en cada uno, que debía permanecer arrodillado en el suelo al lado de la maestra. Las faltas cometidas eran severamente castigadas con cascotazos y con el rejo. Las quejas por ese trato tenían un resultado adverso, pues hacían que los padres reafirmaran la autoridad y la consideración que le dispensaban al maestro. En muchos se arraigó la creencia que "La letra con sangre entra". (Céspedes F. La Educación en Panamá, 1985).
El nacimiento de la República y la difusión de las nuevas ideas políticas y culturales, generaron condiciones para un cambio en la sociedad panameña y en la tarea educativa de la población. La democratización de la enseñanza se vio favorecida con la creación de un sistema educativo y la dotación de escuelas a las comunidades del interior. Esta fue una tarea que asumieron con entereza algunos dirigentes políticos con una amplia visión de valor que tenía la educación en la independencia y el desarrollo nacional.
Se aprobaron leyes, se dotó de un presupuesto a la Secretaría de Instrucción Pública, se formaron educadores, se construyeron escuelas y se destacó el papel del Estado en la educación.
Hoy, a pocos días de iniciar el nuevo siglo, la educación se erige en un factor entre otros, pero quizás en el más importante, para el porvenir de la sociedad y el mundo. El progreso económico, social y cultural, y la espectacular revolución científico tecnológica, han hecho posible el avance notable logrado por la educación. Pero ha sido sobre todo, la obra de la educación materializada en los hombres y mujeres, más sabios, dignos y visionarios lo que ha permitido que el país haya podido lograr algunas metas que parecían imposibles al inicio de esta centuria.
La enseñanza es actualmente más democrática: la educación primaria es casi universal y la secundaria y la preescolar cubren a más de la mitad de la población en edad de recibirla. Los estudiantes aprenden más que en el pasado (aunque se diga que todo tiempo pasado fue mejor). La coeducación, la educación conjunta de varones y niñas, es una práctica cotidiana del sistema; se presta una mayor atención a las diferencias individuales y a los métodos de aprendizaje (investigar, experimentar, resolver problemas, observar, trabajar en equipo...).
En una sociedad en la que la información está no sólo en la escuela sino en fuentes diversas (TV, Internet, periódicos, radio...), se sugiere el desarrollo de destrezas para que la persona aprenda por su propia cuenta y acceda a la información que necesita. La nueva educación propone que el estudiantado aprenda mediante la motivación y el interés, en lugar del castigo y la violencia. El aprendizaje es visto como un proceso lógico y psicológico de asimilación, comprensión y aplicación del conocimiento, y en menor grado un acto de memorización mecánica de información.
Igualmente se reconoce hoy que existe más interés de aprender cuando el nuevo conocimiento se vincula a experiencias previas y a la realidad de quien aprende. Los códigos básicos de la modernidad y la postmodernidad, demandan el manejo de destrezas básicas como la lecto escritura, el cálculo, la comunicación oral y la capacitación de interactuar con otras personas. El lenguaje simbólico y la tecnología informática gradualmente invaden los espacios escolares y una nueva cultura emerge para hacer del conocimiento y de la información la piedra angular del desarrollo humano.
Los logros educativos alcanzados deben ser motivo de orgullo, pero al mismo tiempo de reflexión y compromiso. Los principios descritos deben alertarnos a trabajar por la educación que la población y los nuevos tiempos demandan. Debemos reducir la brecha entre los cambios sociales y tecnológicos y lo que se aprende en la escuela, y entre la calidad de la educación de los pobres y la que reciben los grupos de ingresos medios y altos. Todavía existen panameños que no pueden asistir a la escuela, que repiten, o que la abandonan prematuramente por razones económicas, sociales o pedagógicas. Y son cada vez más los que solicitan que la escuela se ocupe de algo que hacían antes los padres de familia: educar para evitar la violencia, el irrespeto a las personas, la delincuencia, la drogadicción y la destrucción del medio ambiente.
Son muchos los jóvenes que sienten la necesidad de una educación más centradas en sus expectativas, en los cambios del mercado de trabajo y de su entorno cultural y social, que en la rutina escolar y en la acumulación ineficaz de la información.
La educación para el futuro es un reto que debemos enfrentarlo hoy, en honor a los que nos precedieron en la tarea pero, sobretodo, de las nuevas generaciones, que tendrán en sus manos la construcción del mañana.