Una Alcaldía invisible
La que más ayuda a describir la ciudad de Panamá, es la palabra anarquía. La lista de ejemplos sobre esta lamentable situación no es corta: Colapso del transporte público de pasajeros; tranques a toda hora; crecimiento esquizofrénico de los diversos polos urbanos; basura; ruido; carencia de parques, jardines y sitios para el esparcimiento familiar; caótico turismo citadino; prostitución callejera; inseguridad.
Un episodio como el del incendio del bus 8B-06, dentro del cual murieron 18 personas calcinadas, no sirvió para hacer saltar los resortes de la Alcaldía de Panamá, en cuyo seno ocurrió la tragedia. Ni una palabra. Ni un acto de presencia.
Para todos estos fenómenos, propios de las grandes ciudades, no hay acción alcaldicia. No se oye la voz de las autoridades municipales. Es lamentable que una ciudad como Panamá, condenada al éxito, esté a la deriva porque sus regentes tienen puestos los sentidos en otras agendas, distintas a las del desarrollo urbano y a la paz. Cuando se avienen las crisis, la alcaldía mira para otro lado, tal vez preocupada de no "dañar" su imagen.
Una excusa puede ser que las leyes inhiben al alcalde de cualquier participación determinante en situaciones como la del transporte o la seguridad. Es en parte cierto. Pero también es de esperar que el jefe de la comuna se haga oír, que se manifieste de alguna manera para garantizar que está vivo, que existe, y está preocupado por la suerte de sus congéneres en esta parte del país. Pero no, la ciudad está huérfana. Sus días corren sin que nadie en las alturas se preocupe por la falta de seguridad en las calles, por la carencia de luminarias, por los herbazales que se están tomando las aceras, por el caótico sistema de transporte.
La ciudad de Panamá vivió en el año que termina uno de sus tiempos más duros y atroces, y no hubo autoridad municipal que se dignara a hacerle compañía. Todo porque en el horizonte hay metas individualistas mucho más importantes que los abatimientos de una ciudad y sus habitantes.