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Una casa, un árbol nuevo


Nuestros constructores de edificios y viviendas, sobre todo los de urbanizaciones, suelen devastarlo todo antes de edificar. Normalmente, lo primero que hacen es enviar los tractores por delante, arrasando y dejando la tierra color rojo de arcilla. Finalmente, sobre ese desierto, abren las calles, pavimentan, lotifican y construyen las casas. Para disimular, siembran uno que otro árbol aquí y allá; y segregan la peor parte para un pequeño parque.
Por eso, no es de asombrar la admiración que causan algunos pocos proyectos que procuran respetar la vida de los árboles, sobre todo en las áreas revertidas de Clayton, Albrook y también en El Dorado, con su Camino de Cruces. Por cierto que el de Carlos Pasco, en Clayton, no era un mal proyecto. Debió regulársele y fiscalizar la obra, en vez de pararla por su proximidad al verdadero Camino de Cruces, que no es el de El Dorado. Allí se perdió la oportunidad de probar que es posible armonizar entre medio ambiente histórico y urbanismo; y de paso, se echaron millones de inversión y empleos al tinaco.
Nuestra propuesta concreta para quienes redactan la ley de urbanismo es que cada casa nueva se entregue con al menos un árbol de mediano tamaño sembrado en el lote, en vez de entregarla pelada, en espera a que su comprador lo haga. En la práctica, se termina haciendo anexos o tirando piso sobre su patio y, en el mejor de los casos, sembrando pequeños arbustos a manera de jardín.
De ese modo, una urbanización, digamos, de quinientas casas, significaría al menos igual cantidad de nuevos árboles. Creemos que la iniciativa contribuiría a mejorar la convivencia entre el ser humano y su entorno natural, fuera de compensar en algún grado la tala indiscriminada en otras áreas del país.

101 años de Panamá América

 
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