Una ciudad con malos hábitos
En mi juventud, mi padre estacionaba su automóvil al final de la Avenida Uruguay -no estaba construida la Balboa-, y de allí con mis hermanos caminábamos por la playa; nadie pensaba en contaminación en esa área. Esos recuerdos son traídos ahora por quienes, con todo lo de la Cinta Costera, añoran lo que había a sus alrededores y miran con nostalgia ese pasado que no volverá jamás.
Vivimos frente al mar, pero no disfrutamos de él. El paso de las grandes moles de cemento en viaductos frente a él o las gigantes torres de apartamentos que nos han privado esa vista, porque por esos obstáculos que el llamado progreso nos coloca, cada vez se hace más difícil que podamos disfrutar las olas del Pacífico y el olor a agua salada como lo hizo hace tantos años el Descubridor Vasco Núñez de Balboa. Un extranjero, que ve nuestro país por primera vez, no concibe que vivamos al mismo tiempo tan cerca pero tan lejos del mar.
Esas privaciones de gran ciudad se suman a las que nos produce el ruido permanente que se apodera de la ciudad; bocinas infernales de los carros, conocidos como “pitos”, sin que haya autoridad que le ponga un alto a ese mortal desenfreno que nos quita lo poco de tranquilo que cada día nos queda menos. Hay urbes gigantes, como Nueva York y Buenos Aires, que han aprendido a vivir sin esos atormentadores ruidos; qué diferencia a la especie de infierno que taxistas, buses e irresponsables particulares han convertido las calles de nuestra ciudad capital. Sería interesante que alguna autoridad un día decida prohibir el uso de tan maligno acompañante de cualquier conductor; nadie se moriría. No ha cambiado la roja cuando ya te tocan intermitentemente el horroroso claxon; se pasan por el costado cuando estas formando una fila; no tienen en su léxico la palabra “cortesía”.
Esas cositas pequeñas son las que mejoran la vida de quienes nos toca por dicha -o por desgracia- vivir en Panamá, que nos prometen se mejorarán con el prometido metro, pero que requieren de una voluntad muy férrea de quienes entran a gobernar la ciudad para que la vida de los capitalinos tenga una mejor calidad.
Lo han logrado grandes ciudades y también de menos tamaño como Medellín. ¿Por qué no lo podremos conquistar nosotros? Menos inteligentes no somos; quizás los que nos falta es un poquito de creatividad y de decidir poner por encima del negocio que queremos ver en todo, el interés de los ciudadanos por vivir en una urbe moderna pero con el propicio ambiente para disfrutarla más. Los malos hábitos se pueden corregir.