Una ciudad sin semáforos
Conducir un vehículo a motor en la ciudad de Panamá tiene sus riesgos. Uno de ellos es perder el tiempo. La razón, los tranques, que tienen los más variopintos orígenes. Otro es que la red de semáforos, que por ironía fueron inventados para garantizar el orden y el flujo expedito, en Panamá no son más que chatarra luminosa.
Transitar por una avenida cualquiera en horas de mayor tráfico, y peor si llueve, puede tener una duración indefinida debido a los semáforos pues, si es que funcionan, están descoordinados. Durante los últimos veinte años los panameños hemos escuchado la promesa de que viene el cambio, de que en este período de gobierno sí se pondrá a funcionar un sistema moderno, digno de los tiempos que vivimos y de la ciudad del primer mundo que nos jactamos ser. Sin embargo, cuando en pleno tranque vemos que avanzar una cuadra toma siglos, la desilusión invade sin clemencia, y nos sentimos habitantes en un país de perdedores.
Es un mal característico de los países pobres en esta parte del mundo. No sólo se trata de la falta de nuevas calles y avenidas, en contraste con el elevado número de carros, buses, motos y camiones que entran cada año a rodar en esta empequeñecida ciudad, sin mayores controles ni reglas. Tampoco es sólo la falta de un sistema de semáforos acorde con el siglo veintiuno. El asunto de fondo es la carencia de visión de las autoridades y, en algunos casos, la corrupción. Porque si cualquiera de los gobiernos en turno hubiese tenido el mínimo interés, con su buena dosis de transparencia y honestidad, hace años la ciudad y la nación entera tuvieran los equipos acordes con la vocación de éxito que nos persigue.
Pero no, a los regentes parece no convenirles y menos interesarles resolver el caos. En su horizonte de valores no aparece ninguno que les motive a poner orden, a evitar la circulación de camiones destartalados, y mucho menos a deshoras; no desean evitar que todos los carros, de todas las épocas, y todas las numeraciones circulen a la vez; no quieren un nuevo sistema de semáforos, porque prefieren el atascamiento y la locura. Es que en río revuelto, según reza el refrán, ganancia de pescadores.
Transitar por una avenida cualquiera en horas de mayor tráfico, y peor si llueve, puede tener una duración indefinida debido a los semáforos pues, si es que funcionan, están descoordinados. Durante los últimos veinte años los panameños hemos escuchado la promesa de que viene el cambio, de que en este período de gobierno sí se pondrá a funcionar un sistema moderno, digno de los tiempos que vivimos y de la ciudad del primer mundo que nos jactamos ser. Sin embargo, cuando en pleno tranque vemos que avanzar una cuadra toma siglos, la desilusión invade sin clemencia, y nos sentimos habitantes en un país de perdedores.
Es un mal característico de los países pobres en esta parte del mundo. No sólo se trata de la falta de nuevas calles y avenidas, en contraste con el elevado número de carros, buses, motos y camiones que entran cada año a rodar en esta empequeñecida ciudad, sin mayores controles ni reglas. Tampoco es sólo la falta de un sistema de semáforos acorde con el siglo veintiuno. El asunto de fondo es la carencia de visión de las autoridades y, en algunos casos, la corrupción. Porque si cualquiera de los gobiernos en turno hubiese tenido el mínimo interés, con su buena dosis de transparencia y honestidad, hace años la ciudad y la nación entera tuvieran los equipos acordes con la vocación de éxito que nos persigue.
Pero no, a los regentes parece no convenirles y menos interesarles resolver el caos. En su horizonte de valores no aparece ninguno que les motive a poner orden, a evitar la circulación de camiones destartalados, y mucho menos a deshoras; no desean evitar que todos los carros, de todas las épocas, y todas las numeraciones circulen a la vez; no quieren un nuevo sistema de semáforos, porque prefieren el atascamiento y la locura. Es que en río revuelto, según reza el refrán, ganancia de pescadores.