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Una costumbre inaceptable


Es sorprendente que las autoridades se hayan mantenido indiferentes frente a la forma como fue montado el espectáculo de la cantante colombiana Shakira, en el Hipódromo Presidente Remón, y que ninguna medida hayan tomado frente a los hechos que se produjeron para indignación de los que asistieron.
Con el lleno completo que hubo en la función, el público se calcula entre veinte y treinta mil personas que es la capacidad del hipódromo, y hay que ver que el boleto más barato costaba veinte balboas y los demás cincuenta y ochenta, o sea una recaudación de cientos de miles de balboas, pero ni siquiera la cuantía de los ingresos fue suficiente para que se brindara un espectáculo como es debido.
Hubo gente que acudió al hipódromo desde las dos de la tarde, con la esperanza de conseguir asientos, dado el hecho inusitado de que no había asientos numerados y las sillas y los puestos les debían tocar a los que llegaran primero, pero no fue así. Las puertas las abrieron a las ocho de la noche, a pesar de que el espectáculo estaba programado para comenzar a las siete, y lo que se produjo en la entrada fue un verdadero tropel en estampida.
Mucha gente se quedó sin ver ni oír a su ídolo, sobre todo las niñas de edad escolar que no podían trasnocharse, y la artista, como si fuera una gran gracia, acabó presentándose a las once de la noche, nada menos que con cuatro horas de retraso y una excusa inverosímil sobre su equipo de sonido.
Hace cerca de medio siglo se decía mucho que Panamá era "la ciudad alegre y confiada". Aunque lo de alegre se haya mermado mucho con los tiempos de la dictadura y después con la crisis económica, la lección de Shakira es que lo de confiados es algo rayano en la total ingenuidad, y los organizadores del espectáculo ya deben estar pensando en repetir sus ganancias. Una población así se merece un poco más de protección y respeto de parte de las autoridades.


101 años de Panamá América

 
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