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Una crónica para el amigo ausente


Cuando me llamaron desde Panamá y me dieron la noticia, no pude creerlo. El énfasis de la voz compungida que me daba la triste infausta anunciándome: Te tengo una mala noticia, me hizo convencerme de que era cierto: mataron a Anel Omar. ¿Cómo era posible?

Un hombre lleno de vida y de energías muere a manos de bandoleros y asaltantes por una bala escapada al azar y por circunstancias totalmente fortuitas.

Quiso el destino que conociera a este hombre, entregado a la pintura, a la cultura de su amado país, como Embajador de Panamá en La Habana, y es que los cubanos no lo identificaron como perteneciente a ningún partido político, sencillamente lo vieron como el representante de un país cercano en lazos, idiosincrasias y culturas el enviado de un pueblo hermanado por la vida y por los hombres ilustres de sus historia.

Cuanto hizo en su corta estancia en la Isla de Cuba, divulgando el folclor de sus etnias, su literatura, su pintura, su música y haciendo gala de su profesionalidad y de su trato amable y sonriente, más allá de los protocolos diplomáticos con la misión que el gobierno le había asignado.

Fue esa exquisita sensibilidad por el arte que le valió su designación como Director General del Instituto Nacional de Cultura de Panamá, labor que desarrolló lleno de entusiasmo, de pasión, de un desbordante sentido de responsabilidad. Siempre tenía un comentario sobre una nueva obra, un libro, sobre el salario de la Orquesta sinfónica o sobre el centenario del Teatro nacional. Todavía lo recuerdo hablándome la reconstrucción de la Iglesia de San Francisco de la Montaña, y a la que la invitación postergada, ahora queda en la nostalgia del recuerdo.

Panamá pierde a un hombre sencillo y natural, a un infatigable trabajador de la cultura. Cuba a un leal amigo que dejó su impronta en cuadros, en amistades, en historia sobre el incansable General Torrijos y autor de sembrar la primera piedra del monumento que develara su hijo en enero ultimo y al que Anel asistió como un invitado especial.

Pondremos flores en su lecho, como símbolo de lumbre y bálsamo contra la penumbra, o contra la cicatriz del dolor; pero lo más trascendente de este acto inútil de morir sin tocarle, es que vida no acabará con el disparo de una bala que le cegó la existencia, ni como el reloj en la frialdad de las primaveras, tendrá, sin duda, remembranza asidua, gracias a la memoria de personas tenaces, opuestas a cualquier amnesia.

Pierde el pueblo panameño a un hijo fiel y agradecido, por eso no lo olvidaremos, lo recordaremos en su eterno afán de llevar la cultura hasta cualquier lugar de la geografía del istmo, así trabajo, así luchó... Por eso morir no puede ser nunca olvidar. No hay una caja mágica que desde arriba cure las sinrazones y las ingratitudes, pero lo evitaremos.

Memoria eterna al amigo Anel Omar Rodríguez.

101 años de Panamá América

 
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