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Una educación para el fracaso


Se comenta, con cierta alacridad, el número de estudiantes, varios miles, que fueron reprobados en el año escolar que acaba de pasar.
Terminar la escuela secundaria y obtener el ansiado diploma, es la meta que han fallado esos miles de estudiantes. ¿A qué se debe el fracaso?
Entre los factores que intervienen se destacan: estudiante, educador y padre de familia. ¿Dónde está la falla?
En el proceso educativo que comentamos cubre seis años de estudios primarios y seis años de secundaria. En el intento se ha gastado energía, tiempo y preocupación de estudiantes, padres de familia y educadores. ¿Cómo explicar el fracaso?
Los ganadores son los que luchan y triunfan, se afirma. Pero, desde una perspectiva racional y humana, es menester tomar debida cuenta los que fracasan. ¿Qué pasa con una educación que no ha tomado debida cuenta del fracaso? ¿A qué se debe el fracaso que es no sólo del estudiante sino de los padres y, muy especialmente, en determinados casos, el educador?
En mis tiempos de estudiante en la Universidad de Harvard, tuve un magnífico profesor, un auténtico educador, llamado Raphael Demos, que se preocupó por el fracaso y el fracasado.
Dice Demos: "En la vida hay tanta miseria como felicidad; tanto fracaso como éxito; una educación que únicamente nos prepara para un aspecto de la vida, el éxito, y no toma en consideración ese otro y esencial aspecto, el fracaso, es una educación inadecuada".
"La vida es competencia, rivalidad: como en los deportes. Si un hombre obtiene victoria es porque otro ha sufrido fracaso. Y, en este mundo, no hay suficientes posiciones, suficientes honores para todos. Algunos tienen que perder". Planteado así el asunto, parece sencillo. Pero, en realidad, no lo es. Y no lo es porque debemos tomar en cuenta al fracasado, si somos auténticos educadores.
De lo anterior se deduce, natural y lógicamente, que es menester que nuestra educación tome en cuenta a los que no llegan; a los que se quedan rezagados y contemplando a otros correr triunfantes con la antorcha de la victoria.
Este es el resultado de una educación que parece sólo tomar en cuenta al ganador. Quizás con la mira puesta en el perdedor, los deportistas tienen un lema sabio y humano: lo importante no es ganar sino competir.
Pero, volvamos a nuestro tema: ¿Cómo sería una educación que tomara seriamente en consideración el fracaso? ¿qué se preocupara auténticamente por ese vencido sin el cual no tendría realidad al vencedor?
Dice el profesor Demos que debemos tomar ejemplos en la historia, la literatura clásica y la filosofía.
La historia nos enseña la fragilidad del triunfador: la gloria y el éxito pasan. No hay seguridad de que progresaremos; no hay garantía que el triunfador de hoy, en determinada circunstancia, sepa desempeñarse debidamente en el futuro.
"En el sentimiento trágico está escondida la siguiente verdad: se deben medir las esperanzas y deseos del hombre en relación con sus posibilidades. Antes de empeñarnos en la lucha por conseguir una meta determinada, debemos medir nuestras fuerzas.
"Es necesario limpiar al ser humano de ese pecado original de la suficiencia". Creer en forma absoluta en nuestra capacidad para persistir y obtener triunfo. "La sabiduría consiste, asimismo, en el conocimiento del mal que se podría atravesar en nuestro camino y hacernos caer, impedirnos llegar".
"Es menester que se eduque al hombre de tal manera que pueda luchar sin miedo al fracaso; obtener éxito y gloria sin que caiga en el pecado del orgullo; fracasar sin amilanarse y sin perder el corazón".
"Es aquí donde la filosofía saca a la gente de su fácil complacencia; del orgullo nacido de una conciencia ingenua o pretenciosa, para revelarle lo precario y humilde que son las bases de nuestras creencias. Filosofía es conocimiento y crítica de uno mismo; es el tránsito de un estado de ansiedad y anhelo, a un estado de sabiduría; de la ingenuidad a la madurez.
Como dice Platón: el filósofo tiene un punto de vista en que se considera todo el tiempo y toda la existencia. Con una tal perspectiva se puede asignar y dar el debido puesto al éxito y a la gloria; y dar también al fracaso su auténtico sentido en la existencia humana. Y así, en esta forma, permanecer impasible ya sea que alcance la felicidad, ya sea que no consiga más que desgracia y desamor. Todo pasa y nuestro deber consiste en prepararnos para el próximo reto que nos presente la vida.
Nobles y enaltecedoras las palabras y reflexiones del profesor Demos que hemos citado y comentado.
Es menester comprender y aceptar que no todos, cada uno de nosotros, en todas las ocasiones, lograremos triunfar. Algunos fracasaremos en nuestro empeño. Y, ante un fracaso de amor; ante la fortuna que se nos escapa o la gloria que se nos rehusa, no habrá por qué recurrir al suicidio ni amargarse la diaria existencia con llantos y quejas. Lo sabio y valioso es comprender, en forma cabal y completa, que lo esencial no está en lo que nos sucede sino en la manera personal como reaccionamos ante el éxito o fracaso de nuestro intento. En el espíritu de las anteriores reflexiones está la siguiente afirmación: comprender, en sentido humano, es vivir sin amargura y sin resentimiento.
Las anteriores reflexiones nos llevan a un personaje que no sólo hace daño a la solicitud sino que se hace daño a sí mismo: el resentido.
El resentido siente amargura cuando los otros son felices; trata de menoscabar la gloria ajena; halla segundas y perversas intenciones en las acciones nobles; y malos principios a toda riqueza. El sentimiento de que no se le ha dado la posición y honor que merecía, lo convierte en acibarado introvertido que se la pasa desprestigiando a los demás; negador de méritos ajenos y menospreciador de toda virtud y todo heroísmo.
La imagen del resentido que hemos tratado de bosquejar en el párrafo anterior ha sido engendrada, en buena parte, por fallas en nuestra educación. Debemos lograr una educación para el fracaso o, mejor dicho, una educación que tome en cuenta y considere el fracaso y el fracasado como aspectos esenciales de la existencia humana.
Es necesario descifrar el mensaje positivo y alentador que, a través de su muy amarga corteza, puede encerrar el fracaso. Y, así, con el debido estímulo y comprensión por parte de auténticos educadores, el estudiante logrará encontrar el camino de su propia superación. Y se convertirá en factor de renovación y progreso como persona y como integrante de su grupo social.

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