Una estrategia panameña para el TLC
Muy probablemente, en abril se produzca la primera reunión de contacto entre la delegación de Panamá y Estados Unidos (EU) relativa a las negociaciones de una Tratado de Libre Comercio (TLC) entre los dos países. La proximidad de la fecha, nos lleva ha considerar oportunas la realización de algunas reflexiones sobre un acuerdo que, por su importancia y trascendencia, debe enfocar la atención de todos los panameños, en especial la de aquellos sectores productivos que de una u otra forma se verán afectados por dicho tratado.
En primer lugar, debemos tener presente que la negociación de este tratado nada tiene que ver con nuestras experiencias anteriores. En efecto, los TLC firmados con Taiwan y El Salvador no son representativos en absoluto de la problemática que afrontaremos en esta negociación. Ahora se trata de la firma de un tratado de libre comercio con la potencia económica más poderosa de la economía mundial que, por serlo, nos abre enormes oportunidades al posibilitarnos la entrada al mercado más grande y dinámico de Occidente; pero que, por ello mismo, encierra enormes peligros que debemos tener presentes, para sortearlos o minimizarlos, a la hora de la negociación.
La actitud que debemos asumir al entrar a tal negociación no puede ser otra que la más prudente y responsable, a fin de aprovechar las oportunidades que se abren y minimizar las que nos amenazan. No otra cosa realiza el gobierno norteamericano en sus preparativos de negociación, encargando un estudio serio y objetivo del impacto que tendrá en su economía un TLC con Panamá, para luego abrir una ronda de conversaciones con sus sectores productivos, cuyo objetivo es escuchar sus recomendaciones en torno al tratado. ¿Hemos realizado ya un estudio semejante, que nos ponga en conocimiento de los impactos negativos y positivos de este TLC con Norteamérica? ¿Se está trabajando en ello? Y si fuera así, ¿quiénes lo realizan? Demasiados interrogantes sin respuesta, que ya de por sí son una voz de alerta. En ocasiones, es más fácil juzgar el talento de un pueblo por sus preguntas que por sus respuestas.
Por otra parte, las preocupaciones sistemáticamente expresadas en los medios de comunicación por diversos sectores productivos, nos advierten de la inexistencia de una estrategia nacional en torno a tan importante tema, lo que resulta a todas luces completamente irresponsable y conducente a la pérdida de oportunidades y al varapalo de consecuencias trágicas e irreparables para la economía nacional. El secretismo, en políticas de efectos públicos trascendentes, es mal consejero, pues tarde o temprano esos sectores productivos harán oír airada voz. Panamá no puede afrontar la negociación de un TLC con la mayor potencia económica del planeta sin haber elaborado previamente una estrategia nacional al respecto, producto de amplias conversaciones internas que conduzcan a un consenso nacional. Téngase presente que, al margen de nuestra capacidad negociadora y técnica, nuestra verdadera fuerza radica en la unidad nacional tras nuestros negociadores, ya que esa concordia los hará sentir invencibles. Lo contrario sería adentrarnos en el camino de un anunciado fracaso.
La realización de estudios económicos serios y objetivos sobre el impacto que el TLC con Norteamérica tendrá en nuestra economía, su divulgación y discusión con todos los sectores interesados y la adopción de acuerdos previos con todos los sectores productivos, son las armas que deben llevarnos a una negociación exitosa para el interés nacional. Piénsese que el impacto de dicho tratado afectará el futuro del desarrollo de nuestra economía y, por ende, el de toda la sociedad, y esta existe para el beneficio de todos sus componentes.
Las anteriores consideraciones me llevan a afirmar que de ellas depende la conveniencia o inconveniencia de la firma del TLC con Norteamérica. Un tratado de libre comercio no constituye per se la solución de todos los males. Las recetas maravillosas sólo existen en las mentes ingenuas o ignorantes. El TLC será conveniente en la misma medida en que tomemos las previsiones conducentes a una buena negociación que nos otorgue los beneficios buscados y minimice o compense los potenciales efectos negativos que puedan derivarse de tal tratado. No es difícil derivar de estas reflexiones que el TLC que nos ocupa debe ser afrontado como un tema de Estado, es decir, ajeno a las consideraciones coyunturales de tal o cuál gobierno. No puede ser de otra forma, pues sus implicaciones nos afectarán a todos y mucho tiempo más allá de la vida política de un gobierno determinado. Por ello mismo me pregunto sobre la oportunidad de una negociación que pareciera apresurada e improvisada. La realización de los primeros contactos resulta necesaria y hasta prudente. Pero, ¿sería responsable ir más allá? No existe una razón tan extrema que, por sí misma, pueda llevar una gran nación como la nuestra a la desesperación.
No quiero ocultar que intentar responder a la anterior pregunta es entrar de lleno en el terreno político, pero resulta inevitable hacerlo cuando muchos tenemos una concepción de la política que no confunde el interés de grupo o partido con el de la Nación. Y en este caso, tal como hemos señalado, lo que está en juego es el futuro económico y social de todos los panameños. Cabe señalar, por tanto, que el actual gobierno se encuentra en la fase terminal de su mandato constitucional, y sumergido, como es natural, en los avatares de una campaña electoral que ya ha empezado y que se prolongará por los próximos cuatro meses. Por otra parte, todas las encuestas (y lo digo para la abrumadora mayoría que las consideramos un método científico de escrutar la realidad política en una coyuntura temporal concreta) nos señalan que el actual gobierno goza de un muy bajo respaldo social y político. ¿Resulta prudente y oportuno negociar en tales circunstancias un TLC que afectará el futuro de todos? La respuesta es tan obvia que no amerita mayores razonamientos. Para un estadista, la prueba de fuego consiste en ver, si entre el torbellino de decisiones tácticas, puede percibir los auténticos intereses de su patria a largo plazo, e inventar una estrategia apropiada para favorecerlos.
El miedo sale a buscar, y el valor espera. Lo prudente, lo sensato y, por qué no, lo patriótico, debe llevarnos a ganar el tiempo necesario para que un nuevo gobierno, asentado en un respaldo político y social mayoritario, proceda a dar los pasos necesarios para alcanzar un consenso nacional que le dé fuerza a los negociadores que nos representarán en tan compleja, difícil y trascendente tarea. Las oportunidades están al alcance de la mano, siempre que mantengamos la mira en el bienestar de la comunidad nacional, desprendiéndonos de toda actitud política oportunista. Los panameños hemos sido sabios a la hora de resolver nuestros grandes problemas mediante la negociación. Los Tratados Torrijos-Carter no fueron el resultado del apresuramiento ni de la improvisación, y su negociación se apoyó en el respaldo de una clara mayoría nacional y un alpinismo generacional. No olvidemos ese ejemplo.
En primer lugar, debemos tener presente que la negociación de este tratado nada tiene que ver con nuestras experiencias anteriores. En efecto, los TLC firmados con Taiwan y El Salvador no son representativos en absoluto de la problemática que afrontaremos en esta negociación. Ahora se trata de la firma de un tratado de libre comercio con la potencia económica más poderosa de la economía mundial que, por serlo, nos abre enormes oportunidades al posibilitarnos la entrada al mercado más grande y dinámico de Occidente; pero que, por ello mismo, encierra enormes peligros que debemos tener presentes, para sortearlos o minimizarlos, a la hora de la negociación.
La actitud que debemos asumir al entrar a tal negociación no puede ser otra que la más prudente y responsable, a fin de aprovechar las oportunidades que se abren y minimizar las que nos amenazan. No otra cosa realiza el gobierno norteamericano en sus preparativos de negociación, encargando un estudio serio y objetivo del impacto que tendrá en su economía un TLC con Panamá, para luego abrir una ronda de conversaciones con sus sectores productivos, cuyo objetivo es escuchar sus recomendaciones en torno al tratado. ¿Hemos realizado ya un estudio semejante, que nos ponga en conocimiento de los impactos negativos y positivos de este TLC con Norteamérica? ¿Se está trabajando en ello? Y si fuera así, ¿quiénes lo realizan? Demasiados interrogantes sin respuesta, que ya de por sí son una voz de alerta. En ocasiones, es más fácil juzgar el talento de un pueblo por sus preguntas que por sus respuestas.
Por otra parte, las preocupaciones sistemáticamente expresadas en los medios de comunicación por diversos sectores productivos, nos advierten de la inexistencia de una estrategia nacional en torno a tan importante tema, lo que resulta a todas luces completamente irresponsable y conducente a la pérdida de oportunidades y al varapalo de consecuencias trágicas e irreparables para la economía nacional. El secretismo, en políticas de efectos públicos trascendentes, es mal consejero, pues tarde o temprano esos sectores productivos harán oír airada voz. Panamá no puede afrontar la negociación de un TLC con la mayor potencia económica del planeta sin haber elaborado previamente una estrategia nacional al respecto, producto de amplias conversaciones internas que conduzcan a un consenso nacional. Téngase presente que, al margen de nuestra capacidad negociadora y técnica, nuestra verdadera fuerza radica en la unidad nacional tras nuestros negociadores, ya que esa concordia los hará sentir invencibles. Lo contrario sería adentrarnos en el camino de un anunciado fracaso.
La realización de estudios económicos serios y objetivos sobre el impacto que el TLC con Norteamérica tendrá en nuestra economía, su divulgación y discusión con todos los sectores interesados y la adopción de acuerdos previos con todos los sectores productivos, son las armas que deben llevarnos a una negociación exitosa para el interés nacional. Piénsese que el impacto de dicho tratado afectará el futuro del desarrollo de nuestra economía y, por ende, el de toda la sociedad, y esta existe para el beneficio de todos sus componentes.
Las anteriores consideraciones me llevan a afirmar que de ellas depende la conveniencia o inconveniencia de la firma del TLC con Norteamérica. Un tratado de libre comercio no constituye per se la solución de todos los males. Las recetas maravillosas sólo existen en las mentes ingenuas o ignorantes. El TLC será conveniente en la misma medida en que tomemos las previsiones conducentes a una buena negociación que nos otorgue los beneficios buscados y minimice o compense los potenciales efectos negativos que puedan derivarse de tal tratado. No es difícil derivar de estas reflexiones que el TLC que nos ocupa debe ser afrontado como un tema de Estado, es decir, ajeno a las consideraciones coyunturales de tal o cuál gobierno. No puede ser de otra forma, pues sus implicaciones nos afectarán a todos y mucho tiempo más allá de la vida política de un gobierno determinado. Por ello mismo me pregunto sobre la oportunidad de una negociación que pareciera apresurada e improvisada. La realización de los primeros contactos resulta necesaria y hasta prudente. Pero, ¿sería responsable ir más allá? No existe una razón tan extrema que, por sí misma, pueda llevar una gran nación como la nuestra a la desesperación.
No quiero ocultar que intentar responder a la anterior pregunta es entrar de lleno en el terreno político, pero resulta inevitable hacerlo cuando muchos tenemos una concepción de la política que no confunde el interés de grupo o partido con el de la Nación. Y en este caso, tal como hemos señalado, lo que está en juego es el futuro económico y social de todos los panameños. Cabe señalar, por tanto, que el actual gobierno se encuentra en la fase terminal de su mandato constitucional, y sumergido, como es natural, en los avatares de una campaña electoral que ya ha empezado y que se prolongará por los próximos cuatro meses. Por otra parte, todas las encuestas (y lo digo para la abrumadora mayoría que las consideramos un método científico de escrutar la realidad política en una coyuntura temporal concreta) nos señalan que el actual gobierno goza de un muy bajo respaldo social y político. ¿Resulta prudente y oportuno negociar en tales circunstancias un TLC que afectará el futuro de todos? La respuesta es tan obvia que no amerita mayores razonamientos. Para un estadista, la prueba de fuego consiste en ver, si entre el torbellino de decisiones tácticas, puede percibir los auténticos intereses de su patria a largo plazo, e inventar una estrategia apropiada para favorecerlos.
El miedo sale a buscar, y el valor espera. Lo prudente, lo sensato y, por qué no, lo patriótico, debe llevarnos a ganar el tiempo necesario para que un nuevo gobierno, asentado en un respaldo político y social mayoritario, proceda a dar los pasos necesarios para alcanzar un consenso nacional que le dé fuerza a los negociadores que nos representarán en tan compleja, difícil y trascendente tarea. Las oportunidades están al alcance de la mano, siempre que mantengamos la mira en el bienestar de la comunidad nacional, desprendiéndonos de toda actitud política oportunista. Los panameños hemos sido sabios a la hora de resolver nuestros grandes problemas mediante la negociación. Los Tratados Torrijos-Carter no fueron el resultado del apresuramiento ni de la improvisación, y su negociación se apoyó en el respaldo de una clara mayoría nacional y un alpinismo generacional. No olvidemos ese ejemplo.