default

Una guerra Silenciosa


El 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer, lo que nos obliga a realizar algunas reflexiones sobre la familia y el entorno socioeconómico de nuestro país. El Papa Pío XII definió la familia como la célula primera y esencial de la sociedad. Esta acertada definición nos permite concluir que Panamá sufre una grave disfuncionalidad en su célula básica, ya que las estadísticas indican que siete de cada diez infantes son nacidos fuera de un hogar constituido.
Con el advenimiento del cristianismo, la familia adquiere el carácter de institución elevando el contrato natural de la unión de las parejas al rango de sacramento. La mujer deja atrás la condición de sierva para adquirir la de compañera. El Estado panameño ha regulado la familia a través de legislaciones sucesivas.
El estigma de hijo ilegítimo y sin derechos es borrado de la legislación panameña décadas atrás. La Ley No. 3 de 17 de mayo de 1994 aprueba el Código de la Familia, el cual es modificado por dos leyes que terminan de dar el marco legal al régimen de familia.
Las consecuencias de la desintegración familiar en la que nace el 70% de los panameños están a la vista y repercuten en la vida nacional.
Revisemos algunos parámetros contenidos en el Informe sobre la Niñez en Panamá: El promedio de deserción escolar crece sostenidamente. Hay distritos que registran una tasa de deserción escolar superior al 8%, que es casi el doble del promedio histórico nacional del 4%. La maternidad precoz eleva los índices de deserción escolar. Uno de cada tres niños y niñas no termina los estudios primarios.
El 20% de los nacimientos en Panamá es de madres adolescentes provenientes, casi en su totalidad, de hogares con ingresos familiares por debajo de la línea de pobreza.
La Ley de Educación de julio de 1995 establece la obligatoriedad de la educación preescolar a partir de los tres años y siete meses de edad. Pero, el 90% de los niños y niñas en áreas rurales no asiste a ésta. El Estado, por obligación constitucional, debe garantizar el acceso a la educación al menor de edad hasta que cumpla los 15 años.En áreas metropolitanas, tres mil 200 niños desertan cada año de las escuelas para ingresar a la economía informal y al subempleo. Anualmente, 20 mil niños y niñas no entran al sistema escolar panameño. Estadísticamente está demostrado que un niño o adolescente que no asiste a la escuela aumenta en ocho veces su probabilidad de ser delincuente.
La crisis moral por la que transita el país tiene hondas raíces en la destrucción del núcleo familiar. Los niños y niñas son víctimas silenciosas de una nación que posee la segunda peor distribución del ingreso en el continente americano, con un ingreso promedio por habitante cercano a los tres mil dólares al año. Este ingreso per cápita, disfraza la realidad de que el 20% más rico de la población recibe 45 veces más ingresos que el 20% más pobre del país.
La mitad de las familias panameñas vive en la línea de pobreza, que es lo mismo que decir que sus ingresos apenas alcanzan para comer, con limitados excedentes para adquirir ropa, servicios de salud, educación y techo. La tercera parte de los panameños no tiene ingresos que le permita comer con regularidad ni suplir el nivel proteínico para desarrollar una existencia biológicamente sana, que es lo que los economistas definen como el índice de pobreza extrema.
Los niños nacidos fuera de hogares constituidos, en su mayoría, son abandonados por el padre, lo que pone la pesada carga de la crianza en la madre. La generalización de este fenómeno produce "madres-padres", que son las madres solteras o abandonadas. También se ha generalizado la figura de los abuelos-padres que asumen la crianza de los nietos mientras la hija trabaja, generalmente lejos del hogar, buscando el sustento que el padre no provee.
El Código de la Familia regula la obligación de los padres de dar sustento económico para sus hijos. Pero, las mujeres abandonadas sufren un verdadero vía crucis en todas las corregidurías tratando de cobrar pensiones, en muchos casos irrisorias, que el funcionario fija a los padres. Esto trae una inversión de valores donde las mujeres asumen el rol de proveedor, que tradicionalmente se asocia al padre, y donde éste, ausente, recibe el merecido estigma de delincuente social.
La desintegración familiar es una guerra silenciosa que sacude directa y permanentemente la estructura del país. Es un fenómeno social que no recibe la debida atención del gobierno, que ha definido otras prioridades como la expansión canalera y la inserción del país en los tratados de libre comercio. Tiene como secuelas el pandillerismo, la delincuencia juvenil, la drogadicción, el embarazo precoz, la deserción escolar, el trabajo infantil, la prostitución clandestina y la ausencia de valores cívicos.
El Estado debe brindar más atención a estos indicadores sociales. Panamá ha confirmado, con la actitud esforzada de sus mujeres ante la vida, que el ADN mitocondrial, esa fracción del código genético que sólo es transmitido por la vía materna, contiene la savia más noble y fuerte de la población panameña.
Siete de cada diez mujeres en Panamá luchan solas con sus hijos. Esto explica la profunda veneración de la nación por sus madres y el hecho de que la verdadera fiesta nacional se celebre el 8 de diciembre.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América