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Una ilusión en crisis


Poco a poco, los panameños estamos perdiendo la ilusión. Estamos perdiendo la ilusión por la vida, por el trabajo, por el futuro en general. Y esa inexistencia de una ilusión se la podríamos achacar precisamente al conformismo de que está saturado nuestro ánimo público y toda nuestra capacidad de reacción. Y aunque no creo que ello se deba a un complejo de inferioridad en grado colectivo, sí se podría considerar como la acumulación de algunas limitaciones de la conciencia, las cuales han destruido y vaciado nuestra ilusión ciudadana. Hay que recordar que la ilusión es el señuelo y el acicate vital de todo individuo.
La ilusión se pierde por algo. Se pierde, quizás, por la confrontación desfavorable de nuestro ideal con limitaciones externas. La esperanza persiste mientras sintamos que esas limitaciones son subjetivas, internas, sujetas a la acción de nuestro esfuerzo. Pero cuando vemos que el obstáculo está afuera, y que la realidad nuestra no admite sino de modo efímero la impronta del ideal, entonces renunciamos al ejercicio de éste, que es la ilusión.
Como consecuencia de ellos, valdría la pena preguntarnos si en verdad estamos condenados sin remedio a seguir viviendo sin una ilusión, esperando a que lo que nos quede de ella se prenda entonces a alguna esperanza. Dios no quiera que un grave trastorno mude la faz de las cosas de manera brusca e inesperada, y que dicho trastrueque no recoja la condición de un pueblo obligado por la falta de esa ilusión, a seguir entonces por la ruta esclavizante de quienes han tenido que poner sus esperanzas en extremos graves, y de donde nos podría resultar una sorpresa tan desagradable como una sonora bofetada en pleno rostro.
En otras oportunidades, bien es cierto que también se ha contribuido a desmejorar nuestra ilusión, mediante muchas manifestaciones de egoísmos, de frivolidad o de ceguera. Y aunque si bien es cierto que en el proceso de formación todos los pueblos huelen, y no a agua de colonia precisamente, lo alarmante de nuestro hoy es que esa tendencia persiste, llevando a la ciudadanía a extremos peligrosos. A ella todavía le quedan grandes dotes y buenos márgenes a su voluntad. Llenarlos de afirmaciones morales, que en esta oportunidad esperamos no sean sólo silencios como suelen serlo muchas veces, es tal vez el único recurso que nos queda para poner nuestra ilusión en pie de espera, mas nunca en pie de guerra.

101 años de Panamá América

 
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