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Una innegable herencia africana


La colonización de América implicó la llegada forzada al continente de multitudes de hombres y mujeres africanos obligados a participar de la construcción del denominado "Nuevo Mundo". Por su dimensión, presencia numérica, enorme capacidad de trabajo, heterogeneidad, riqueza cultural y de valores el aporte africano contribuyó a determinar los perfiles que habrían de adquirir las emergentes sociedades americanas. Cinco siglos más tarde, ese aporte continúa vigente en las formas y ritmos de acuerdo a los cuales funcionan esas mismas sociedades. En la actualidad, los afrodescendientes representan al menos 30% de la población total del continente, superando los 160 millones de personas.
La herencia africana nutre nuestra identidad americana (sumada al aporte indígena, caucásico, judío, asiático, entre tantos otros) aunque rara vez haya sido reconocida y mucho menos debidamente apreciada o celebrada. Su influencia se siente en todos los pliegues y recodos de la América hispana y portuguesa: desde Veracruz, Oaxaca y Guerrero en México, las costas del Golfo de Honduras en Centroamérica, en toda la geografía insular del Caribe, los litorales Pacífico y Atlántico de Colombia, en la vecina Venezuela, el nordeste del Brasil y hasta el mismo Río de la Plata, en el Cono Sur. Contrariamente a una extendida creencia, esta herencia no sólo es patrimonio de quienes descienden de africanos o cuyos rasgos físicos revelan lazos ininterrumpidos con Africa. Como sostiene la antropóloga e investigadora de la diáspora africana Sheila Walker "el componente afro constituye una parte integral de toda la sociedad en cada una de las jóvenes naciones de América Latina y el Caribe". El bagaje cultural africano alimenta los repertorios culturales latinoamericanos. Para comprobarlo sólo basta reparar en las distintas formas de expresión de la espiritualidad, los vocablos africanos incorporados tanto al español como al portugués, las comidas, música y los bailes tradicionales que identifican a cada uno de nuestros países. Los mismos nombres de algunas de estas danzas "nacionales" fueron acuñados en Africa Central o están emparentadas con la lengua bantú. Tal es el caso de la "samba" brasileña, la "rumba" cubana y de la "bomba" puertorriqueña.
El impacto africano en América es tan vasto que alcanza, incluso, a los países de la región que más se han empeñado en exaltar sus "orígenes europeos" o que aseguran carecer por completo de vinculación con Africa. En todos los casos, la afirmación de la "europeidad" fue realzada a expensas del pasado africano, cuyos rastros fueron ocultados convenientemente. En este sentido, uno de los casos paradigmáticos es el de Argentina. Hasta mediados del siglo XIX, el país contó con un importante componente de población afrodescendiente radicada en torno a la ciudad de Buenos Aires. Posteriormente, esta metrópoli se convirtió en la "París de América" y pasó a reflejar orgullosamente el Viejo Mundo. De igual forma, en las guerras de la independencia, los negros argentinos pelearon aguerridamente en las filas de los incipientes ejércitos nacionales. A pesar de los "olvidos" históricos y la negación sistemática, los ecos de esa presencia negra continúan resonando hasta el presente, aunque resulten indescifrables para las nuevas generaciones. Uno de los platos más populares y tradicionales de Argentina es el "mondongo", aunque se ignora que dicha palabra tiene resonancias innegablemente africanas. Algunos antropólogos e investigadores señalan que el vocablo "tango" (que define al baile tradicional del Río de la Plata) proviene de "tanga" que en la lengua kikongo significa "fiesta o festival".
Es necesario reconocer la pluriculturalidad de nuestra herencia, así como también la diversidad distintiva de nuestras sociedades que constituye sin dudas su mayor fortaleza. Un proceso de valorización y entendimiento más objetivo de nuestro pasado permitirá enfrentar con mayor claridad los desafíos de la difícil realidad latinoamericana, entre los que se cuentan el racismo institucionalizado, la marginación política y exclusión social de los grupos o minorías étnicas y la pobreza crónica de sus sectores más vulnerables.

101 años de Panamá América

 
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