Una mamá, dos presidentes
Antes de entrar en materia en cuanto al título que acompaña esta columna, y en tributo a todas las madres, trataré en pocas palabras de recoger el clamor que todos hemos sentido alguna vez al recordar a nuestras madres y de lo que la señora abnegada de nuestro escrito de hoy fue un maravilloso ejemplo.
Tarea difícil para no decir que imposible es encontrar las palabras justas para agradecer a nuestras madres por todos sus pesares, y es que lo que uno ve en su mamá es eso; el sacrificio a todas horas, la inmolación constante, el desinterés y la resignación. Son las noches en vela cuidando la fatigosa respiración del hijo enfermo o esperando angustiada una noche cualquiera su regreso. Es su cuerpo que se deforma para siempre dándole paso a la maternidad, es la grave responsabilidad de ir iniciando a su estirpe en los misterios y dificultades frente a la vida, frente a la duda. Es la angustia terrible de que el fruto de sus entrañas, que cubrió de embelesos desemboque en el pecado, en el dolor; "Mamá" son sólo cuatro letras, pero allí gravita toda la humanidad.
En los rigores del Panamá colombiano nació en la provincia de Coclé Carmen Madrid, hija de Manuel de la Guardia Dominicci y de María Josefa Madrid. Ambos padres eran aficionados a la lectura e inculcaron esta costumbre a su numerosa progenie con quienes se reunían después de la cena a intercambiar ideas sobre los libros que estaban leyendo. Sobre su carácter nos dice Conte Porras "Era una mujer enérgica, emprendedora, vigorosa, inflexible, infatigable y se dedicaba a diferentes actividades mercantiles, tales como, vender y comprar a los campesinos, además poseía una panadería que tenía la fama de hacer los mejores dulces del pueblo". Siempre encontraba algo que hacer y en los pocos instantes en que se permitía un descanso se le veía sentada cerca del pozo con un libro entre las manos, cuyas páginas estaban separadas por infinitas estampitas de colores. Era talentosa, buena y disciplinada, pero de pocas palabras.
Se casó Doña Carmen con el ganadero Antonio Arias nacido en Río Grande, hijo de José Gabriel Arias, oriundo de Cártago, Costa Rica, quien tenía su finca fuera del pueblo por lo que decidieron establecer otra casa en Penonomé y pasar los veranos todos juntos en Río Grande. Fruto de esa unión fueron sus 8 hijos, Antonio, Eudocia después de Knapp, Harmodio, Gerardo, Alfredo, Josefa, Carmen de Mallvaine y Arnulfo. Aunque aquí vale agregar que Antonio Arias antes de contraer matrimonio tenía 4 hijos reconocidos, Estanislao, Dominica, Fernando y Nazaria. Esta última se fue a vivir con el padre a su casa y ocupó el papel de hermana mayor de sus otros hijos.
Cuando los últimos rayos del sol besaban las montañas circundantes al pueblo y se oían las campanas de la iglesia, todos suspendían las labores y concurrían a la sala donde religiosamente Doña Carmen rezaba la oración del Angelus. Se cuentan muchas anécdotas acerca de lo que fueron esos años de principios de siglo para los Arias. En plena guerra de los Mil Días nace el último vástago de Doña Carmen, a quien bautiza con el nombre de Arnulfo.
El 11 de octubre de 1901, las fuerzas de Victoriano Lorenzo ponen sitio a Penonomé obligando a todos sus vecinos a huír, lo que hacen por el Puerto del Gago donde dos veleros y una gasolinera se habían comprometido a llevarlos hasta Panamá. Cuenta Laurencio Conte, quien a la fecha tenía 9 años, que la huída fue difícil siendo perseguidos constantemente por los guerrilleros, al punto que se presentaron escaramuzas entre los dos grupos con los consiguientes muertos y heridos. Pudo Doña Carmen con ese coraje propio de ella acicateada en su papel de madre sortear todos los peligros y escapar ilesa junto a sus numerosos hijos, entre ellos Arnulfo, de sólo dos meses de edad.
A pesar de todas estas vicisitudes inherentes al medio en que vivían fue su principal preocupación que sus hijos estudiaran y para esto no escatimó recursos ni esfuerzos, consiguió una beca para que Harmodio estudiara Derecho en Londres, donde logró graduarse con honores. Arcadio Aguilera, quien fuera vecino de los Arias nos cuenta que el consentido de la familia fue, por supuesto, el benjamín Arnulfo, quien era como el lazarillo de la madre y llegó a tener gran ascendencia sobre ella; este le ayudaba en la venta de bollos y dulces, aunque con mucha pena. Teniendo Arnulfo doce años decide su madre vender unos terrenos de una herencia para trasladarse a Panamá, junto a sus otras hijas menores Josefa y Carmen, y de allí, los envió a todos a estudiar al Harwick College de Nueva York, en junio de 1914.
La señora Arias se quedó en la capital viviendo en la casa de su hija Eudocia, quien se había casado con un americano de apellido Knapp y consigue trabajo como ecónoma en la Escuela Normal de Señoritas. Si bien es cierto que sus hijos merecieron sus desvelos, también es verdad que le brindaron muchos momentos de angustia, estos se iniciaron a raíz del golpe de Acción Comunal, cuando Arnulfo encabezando un movimiento popular se tomó el Palacio de Gobierno.
En 1931, mientras participaba de un acto público en Colón, Arnulfo recibió tres disparos, uno en el abdomen, otro en la región lumbar y el otro en el pecho. Se acusó al corregidor de Colón, Ramón Améstica de ser el causante. Cuando se enteró su madre casi se muere y corrió a su lado y no se separó de él hasta verlo restablecido. Un año después, su otro hijo Harmodio gana las elecciones y se convierte en el Presidente de Panamá, pero a la mitad de su gobierno se ve involucrado en un atentado en la cantera el Tigre de la que escapa milagrosamente ileso. No fue ajena a estos hechos Doña Carmen Madrid a quien una sirvienta, Romualda Martínez, de 17 años, oriunda de Calobre, trató de envenenarla colocando cianuro en una taza de café, pero esta al notarlo por el fuerte olor que despedía no lo tomó y llamó a la policía. Su vida se vio rodeada de las más grandes alegrías y las más profundas tristezas que probaron su valor al morir, inesperadamente, en 1939 su hijo Gerardo, quien ya había sido diputado por Coclé de 1932-1936.
Al año siguiente, su hijo menor Arnulfo Arias se convierte en Presidente de la República con la mayor votación registrada hasta la fecha en Panamá, convirtiendo a Doña Carmen en un hito histórico para el mundo al haber procreado dos presidentes. El 8 de diciembre de 1940, se hizo un homenaje público a esta ilustre matrona, donde el punto culminante fue la entrega de 3 retratos para que fueran colgados en su casa en Río Grande, uno de ella y los otros de sus dos hijos presidentes. En el acto hablaron por los coclesanos residentes en la capital, la Sra. Ligia Torrijos y la Sra. Esther Neira de Calvo. Fue a partir de ese acto que se le dio al 8 de diciembre la importancia que tiene hasta nuestros días. Doña Carmen pasó sus últimos años en Penonomé, en una casa cercana a la plaza a donde llegaba todos los fines de semana el Dr. Arias, junto a sus dos fieles pastores alemanes a visitarle.
Murió plácidamente y siguiendo su voluntad, su entierro se llevó a cabo en Penonomé con una gran concurrencia. Estuvieron presentes el Dr. Harmodio Arias, todos sus hijos y nietos con excepción de Arnulfo, quien a la postre se encontraba exiliado y a quien el gobernante de turno le negó la entrada al país.
Tarea difícil para no decir que imposible es encontrar las palabras justas para agradecer a nuestras madres por todos sus pesares, y es que lo que uno ve en su mamá es eso; el sacrificio a todas horas, la inmolación constante, el desinterés y la resignación. Son las noches en vela cuidando la fatigosa respiración del hijo enfermo o esperando angustiada una noche cualquiera su regreso. Es su cuerpo que se deforma para siempre dándole paso a la maternidad, es la grave responsabilidad de ir iniciando a su estirpe en los misterios y dificultades frente a la vida, frente a la duda. Es la angustia terrible de que el fruto de sus entrañas, que cubrió de embelesos desemboque en el pecado, en el dolor; "Mamá" son sólo cuatro letras, pero allí gravita toda la humanidad.
En los rigores del Panamá colombiano nació en la provincia de Coclé Carmen Madrid, hija de Manuel de la Guardia Dominicci y de María Josefa Madrid. Ambos padres eran aficionados a la lectura e inculcaron esta costumbre a su numerosa progenie con quienes se reunían después de la cena a intercambiar ideas sobre los libros que estaban leyendo. Sobre su carácter nos dice Conte Porras "Era una mujer enérgica, emprendedora, vigorosa, inflexible, infatigable y se dedicaba a diferentes actividades mercantiles, tales como, vender y comprar a los campesinos, además poseía una panadería que tenía la fama de hacer los mejores dulces del pueblo". Siempre encontraba algo que hacer y en los pocos instantes en que se permitía un descanso se le veía sentada cerca del pozo con un libro entre las manos, cuyas páginas estaban separadas por infinitas estampitas de colores. Era talentosa, buena y disciplinada, pero de pocas palabras.
Se casó Doña Carmen con el ganadero Antonio Arias nacido en Río Grande, hijo de José Gabriel Arias, oriundo de Cártago, Costa Rica, quien tenía su finca fuera del pueblo por lo que decidieron establecer otra casa en Penonomé y pasar los veranos todos juntos en Río Grande. Fruto de esa unión fueron sus 8 hijos, Antonio, Eudocia después de Knapp, Harmodio, Gerardo, Alfredo, Josefa, Carmen de Mallvaine y Arnulfo. Aunque aquí vale agregar que Antonio Arias antes de contraer matrimonio tenía 4 hijos reconocidos, Estanislao, Dominica, Fernando y Nazaria. Esta última se fue a vivir con el padre a su casa y ocupó el papel de hermana mayor de sus otros hijos.
Cuando los últimos rayos del sol besaban las montañas circundantes al pueblo y se oían las campanas de la iglesia, todos suspendían las labores y concurrían a la sala donde religiosamente Doña Carmen rezaba la oración del Angelus. Se cuentan muchas anécdotas acerca de lo que fueron esos años de principios de siglo para los Arias. En plena guerra de los Mil Días nace el último vástago de Doña Carmen, a quien bautiza con el nombre de Arnulfo.
El 11 de octubre de 1901, las fuerzas de Victoriano Lorenzo ponen sitio a Penonomé obligando a todos sus vecinos a huír, lo que hacen por el Puerto del Gago donde dos veleros y una gasolinera se habían comprometido a llevarlos hasta Panamá. Cuenta Laurencio Conte, quien a la fecha tenía 9 años, que la huída fue difícil siendo perseguidos constantemente por los guerrilleros, al punto que se presentaron escaramuzas entre los dos grupos con los consiguientes muertos y heridos. Pudo Doña Carmen con ese coraje propio de ella acicateada en su papel de madre sortear todos los peligros y escapar ilesa junto a sus numerosos hijos, entre ellos Arnulfo, de sólo dos meses de edad.
A pesar de todas estas vicisitudes inherentes al medio en que vivían fue su principal preocupación que sus hijos estudiaran y para esto no escatimó recursos ni esfuerzos, consiguió una beca para que Harmodio estudiara Derecho en Londres, donde logró graduarse con honores. Arcadio Aguilera, quien fuera vecino de los Arias nos cuenta que el consentido de la familia fue, por supuesto, el benjamín Arnulfo, quien era como el lazarillo de la madre y llegó a tener gran ascendencia sobre ella; este le ayudaba en la venta de bollos y dulces, aunque con mucha pena. Teniendo Arnulfo doce años decide su madre vender unos terrenos de una herencia para trasladarse a Panamá, junto a sus otras hijas menores Josefa y Carmen, y de allí, los envió a todos a estudiar al Harwick College de Nueva York, en junio de 1914.
La señora Arias se quedó en la capital viviendo en la casa de su hija Eudocia, quien se había casado con un americano de apellido Knapp y consigue trabajo como ecónoma en la Escuela Normal de Señoritas. Si bien es cierto que sus hijos merecieron sus desvelos, también es verdad que le brindaron muchos momentos de angustia, estos se iniciaron a raíz del golpe de Acción Comunal, cuando Arnulfo encabezando un movimiento popular se tomó el Palacio de Gobierno.
En 1931, mientras participaba de un acto público en Colón, Arnulfo recibió tres disparos, uno en el abdomen, otro en la región lumbar y el otro en el pecho. Se acusó al corregidor de Colón, Ramón Améstica de ser el causante. Cuando se enteró su madre casi se muere y corrió a su lado y no se separó de él hasta verlo restablecido. Un año después, su otro hijo Harmodio gana las elecciones y se convierte en el Presidente de Panamá, pero a la mitad de su gobierno se ve involucrado en un atentado en la cantera el Tigre de la que escapa milagrosamente ileso. No fue ajena a estos hechos Doña Carmen Madrid a quien una sirvienta, Romualda Martínez, de 17 años, oriunda de Calobre, trató de envenenarla colocando cianuro en una taza de café, pero esta al notarlo por el fuerte olor que despedía no lo tomó y llamó a la policía. Su vida se vio rodeada de las más grandes alegrías y las más profundas tristezas que probaron su valor al morir, inesperadamente, en 1939 su hijo Gerardo, quien ya había sido diputado por Coclé de 1932-1936.
Al año siguiente, su hijo menor Arnulfo Arias se convierte en Presidente de la República con la mayor votación registrada hasta la fecha en Panamá, convirtiendo a Doña Carmen en un hito histórico para el mundo al haber procreado dos presidentes. El 8 de diciembre de 1940, se hizo un homenaje público a esta ilustre matrona, donde el punto culminante fue la entrega de 3 retratos para que fueran colgados en su casa en Río Grande, uno de ella y los otros de sus dos hijos presidentes. En el acto hablaron por los coclesanos residentes en la capital, la Sra. Ligia Torrijos y la Sra. Esther Neira de Calvo. Fue a partir de ese acto que se le dio al 8 de diciembre la importancia que tiene hasta nuestros días. Doña Carmen pasó sus últimos años en Penonomé, en una casa cercana a la plaza a donde llegaba todos los fines de semana el Dr. Arias, junto a sus dos fieles pastores alemanes a visitarle.
Murió plácidamente y siguiendo su voluntad, su entierro se llevó a cabo en Penonomé con una gran concurrencia. Estuvieron presentes el Dr. Harmodio Arias, todos sus hijos y nietos con excepción de Arnulfo, quien a la postre se encontraba exiliado y a quien el gobernante de turno le negó la entrada al país.