Una mejor distribución de la riqueza
EN UN ARTÍCULO anterior, referente a la necesidad de combatir la falta de ajuste social a tener y cumplir reglas, que en buen panameño llamamos "juega vivo", no expusimos directamente el tema de la corrupción como impedimento para lograr consolidar nuestras opciones hacia el desarrollo; pero el hecho es que si analizamos las raíces del mismo, podemos apreciar que la corrupción es hija predilecta (y expresión más contundente) del mencionado "juega vivo".
En los últimos años, tanto en Panamá como a nivel latinoamericano, hemos venido escuchando el planteamiento de diversos sectores con respecto a la necesidad de reducir y eliminar la corrupción, lo cual sin duda alguna es una tarea impostergable; pero que, a nuestro juicio, debe abordarse desde una perspectiva más profunda, para poder corregir defectos estructurales en nuestra sociedad.
Adicionalmente a este factor de atraso, debemos además analizar, debatir y proponer opiniones y planteamientos, en torno a otro tema estructural, que nos mantiene alejados del desarrollo económico (que no es lo mismo que crecimiento económico), como lo es la mala distribución de la riqueza. Si partimos de una concepción de la economía sumamente simple, pero acertada, podemos decir que la misma se refiere a la asignación eficiente de los recursos escasos para la satisfacción de las necesidades humanas.
Según la teoría, si existiera un mercado perfecto, el beneficio social se distribuiría de forma tal que se alcanzaría eficiencia no sólo en la producción de bienes, sino en la distribución de los mismos. Hasta ahí, en el papel suena muy bien, pero el punto es que los mercados con competencia perfecta no han existido nunca en ningún lugar o época.
Esa realidad incuestionable no es tomada en consideración por los proponentes de modelos económicos basados en un mercado sin ataduras, con medidas que propugnan por una mayor competencia y en donde la única ley que debe primar es la de oferta y demanda.
Este modelo, que para muchos se alzó como triunfante luego de la caída del muro de Berlín y la llegada de la globalización, está hoy en día en franca revisión, y es objeto de diversas críticas, tanto teóricas como basadas en casos concretos, en donde el proceso de implantación del capitalismo sin regulación, sólo ha beneficiado a unos pocos, y ha marginado a las mayorías.
El asunto no se trata de revivir esquemas estatistas desfasados, sino en basarnos para aplicar a nuestra realidad, en modelos que han tenido éxito en el proceso de generación y distribución de riqueza.
El estado de bienestar implantado en algunos países europeos, luego de la Segunda Guerra Mundial, nos puede dar un ejemplo de sistemas económicos que hoy en día presentan los mayores índices de desarrollo económico, social y humano del mundo, y que casualmente también son los que presentan los mejores índices de distribución de la riqueza entre sus ciudadanos. Esas naciones han basado su estrategia en un modelo de sociedad solidaria, en donde el Estado regula los mercados, sin menoscabar la iniciativa empresarial, permitiendo incluso la adaptación de su economía de forma exitosa, frente a los retos del modelo crudo de globalización que se ha impuesto en el mundo.
En nuestro país se generan, en la actualidad, los suficientes recursos como para sentirnos avergonzados de que todavía exista analfabetismo, desnutrición o falta de servicios básicos de salud, mientras se construyen "malls" y rascacielos impresionantes.
Para muestra de lo que podemos hacer en ese sentido en Panamá, además de las clásicas medidas fiscales o tributarias de redistribución de la riqueza, debemos mejorar los controles a los abusos del mercado, maximizar nuestro proceso educativo, reducir el consumismo en la sociedad y promover formas de economía social, como las cooperativas y cajas de ahorro, basadas en la premisa de solidaridad en la acumulación de riqueza y beneficios para todos los participantes.
En los últimos años, tanto en Panamá como a nivel latinoamericano, hemos venido escuchando el planteamiento de diversos sectores con respecto a la necesidad de reducir y eliminar la corrupción, lo cual sin duda alguna es una tarea impostergable; pero que, a nuestro juicio, debe abordarse desde una perspectiva más profunda, para poder corregir defectos estructurales en nuestra sociedad.
Adicionalmente a este factor de atraso, debemos además analizar, debatir y proponer opiniones y planteamientos, en torno a otro tema estructural, que nos mantiene alejados del desarrollo económico (que no es lo mismo que crecimiento económico), como lo es la mala distribución de la riqueza. Si partimos de una concepción de la economía sumamente simple, pero acertada, podemos decir que la misma se refiere a la asignación eficiente de los recursos escasos para la satisfacción de las necesidades humanas.
Según la teoría, si existiera un mercado perfecto, el beneficio social se distribuiría de forma tal que se alcanzaría eficiencia no sólo en la producción de bienes, sino en la distribución de los mismos. Hasta ahí, en el papel suena muy bien, pero el punto es que los mercados con competencia perfecta no han existido nunca en ningún lugar o época.
Esa realidad incuestionable no es tomada en consideración por los proponentes de modelos económicos basados en un mercado sin ataduras, con medidas que propugnan por una mayor competencia y en donde la única ley que debe primar es la de oferta y demanda.
Este modelo, que para muchos se alzó como triunfante luego de la caída del muro de Berlín y la llegada de la globalización, está hoy en día en franca revisión, y es objeto de diversas críticas, tanto teóricas como basadas en casos concretos, en donde el proceso de implantación del capitalismo sin regulación, sólo ha beneficiado a unos pocos, y ha marginado a las mayorías.
El asunto no se trata de revivir esquemas estatistas desfasados, sino en basarnos para aplicar a nuestra realidad, en modelos que han tenido éxito en el proceso de generación y distribución de riqueza.
El estado de bienestar implantado en algunos países europeos, luego de la Segunda Guerra Mundial, nos puede dar un ejemplo de sistemas económicos que hoy en día presentan los mayores índices de desarrollo económico, social y humano del mundo, y que casualmente también son los que presentan los mejores índices de distribución de la riqueza entre sus ciudadanos. Esas naciones han basado su estrategia en un modelo de sociedad solidaria, en donde el Estado regula los mercados, sin menoscabar la iniciativa empresarial, permitiendo incluso la adaptación de su economía de forma exitosa, frente a los retos del modelo crudo de globalización que se ha impuesto en el mundo.
En nuestro país se generan, en la actualidad, los suficientes recursos como para sentirnos avergonzados de que todavía exista analfabetismo, desnutrición o falta de servicios básicos de salud, mientras se construyen "malls" y rascacielos impresionantes.
Para muestra de lo que podemos hacer en ese sentido en Panamá, además de las clásicas medidas fiscales o tributarias de redistribución de la riqueza, debemos mejorar los controles a los abusos del mercado, maximizar nuestro proceso educativo, reducir el consumismo en la sociedad y promover formas de economía social, como las cooperativas y cajas de ahorro, basadas en la premisa de solidaridad en la acumulación de riqueza y beneficios para todos los participantes.