Una ministra decidida
Cuando en 1975 me inicié como docente en la Universidad de Panamá quise introducir el sistema de evaluación magisterial que los estudiantes usábamos en nuestra maestría en la Universidad de Tulane, Estados Unidos. Pronto a mis colegas no les gustó la idea de que sus estudiantes los evaluaran.
Como docente por 34 años he vivido el rechazo con que los mediocres responden ante cualquier cambio o innovación. Por ello, coincidimos varios, es ésa una de las principales razones por las que nuestra educación sale tan mal calificada por su desempeño general. Lo acabamos de ver con la treintena de aspirantes a Magistrados del Tribunal Superior en donde sólo seis abogados aprobaron los exámenes de español.
Al anunciarse el nombramiento de Lucy Molinar como Ministra de Educación hubo cuestionamientos sobre sus calificaciones para ser la timonel de la averiada nave de la enseñanza nacional. Consideré en una de mis crónicas que ella tenía dos características que le habían faltado a muchos de sus antecesores: su decisión para hacer las cosas y que era una persona comprobadamente honrada.
Su primer año lectivo no ha sido fácil. Ha tenido que enfrentar la mediocridad y la mezquindad de una dirigencia magisterial ideologizada que se resiste a cualquier cambio, interesada desde hace mucho únicamente en preservar sus prebendas sectoriales. Si el futuro de este país se refleja en la dirigencia magisterial, estamos muy pero muy mal.
Pero afortunadamente Lucy, con su tenacidad y astucia ha sabido sumar a los dirigentes más comprometidos, logrando el apoyo de la expresión de la sociedad civil en la educación: los padres de familia, cansados de tanta pérdida de tiempo. Además, ha concitado el apoyo de grupos que antes no se preocupaban del tema, pero que se percatan de que si no mejoramos nuestros estándares educativos, difícilmente progresaremos como país.
Los problemas de la educación son peores que, por ejemplo, los del transporte público e incluso de la Justicia; allí esta la base del futuro del país. Que cada año más de 30 mil muchachos dejen la escuela es una muestra fehaciente de que los educadores ya no persuaden, ni motivan y muchos menos inspiran hacia el camino de la educación.
Lo más importante que ha logrado la comunicadora tornada en funcionaria ha sido quitarle el disfraz de oveja que tenían quienes usan el desastre de la educación para tratar de soliviantar a sus futuros seguidores políticos con agendas que nada tienen que ver con la enseñanza.
Hoy es Lucy, ayer fueron otros ministros. Lo que hay de fondo aquí transciende cualquier funcionario o Gobierno. Lo que discutimos aquí es el futuro mismo del país. A buena hora parte de ese debate lo lidere Lucy Molinar.