Una mirada autocrtica a la formación social
LA década de los cuarenta expresó en toda su magnitud la efervescencia de la postguerra, el momento de redimensionar el pensamiento científico para encontrar nuevas soluciones a viejos y emergentes problemas de la destruida economía y la devastada sociedad. Nace así en 1947 la Primera Escuela de Servicio Social en Panamá, inspirada en el "Social Work" norteamericano, pero sensibilizada por la visible vulnerabilidad social de una país, Panamá, polarizado entre la metrópoli transnacionalizada y el campesinado semicolonial, que vivía en el campo excluido y desesperanzado.
Se articula, hace 60 años, una formación profesional humanista, centrada en el enfoque mecanicista de la especialización de la ciencia, que concebía la problemática social en ese momento, como el efecto residual de la postguerra. Nuestros primeros egresados intervinieron en los campos de salud y asuntos penitenciarios, por un lado, ofreciendo ayuda social individualizada a nivel personal y familiar; por otro lado, en apoyo a los grupos pequeños con problemas de inadaptación social al nuevo orden de cosas, en medio de un débil Estado Panameño de profundas raíces liberales. Se ofrece un recurso profesional para la previsión social y la naciente seguridad social panameña (institucionalizada en 1941).
Fue una escuela tan pequeña, tan intrascendente, que pasó desapercibida ante los ojos de los más grandes y lúcidos intelectuales nacionalistas de los años cuarenta/cincuenta como Octavio Méndez Pereira, asumiendo paulatinamente un perfil casi familiar que la mantuvo por veinte años bajo la conducción personalizada de sus fundadoras, hijas destacadas del psicoanálisis freudiano.
El perfil profesional inicial fue más clínico que social, el que no permitía mirar la dinámica sociopolítica del entorno istmeño, ni menos estudiar los nuevos problemas sociales que enfrentaba la familia, la comunidad y la sociedad dentro de una nación altamente polarizada, entre una economía urbana, que giraba en torno al canal y una agricultura rezagada que no sentía los beneficios de esta empresa.
Era un escuela sin ninguna relación por ejemplo, con los sectores productivos/improductivos, que paulatinamente van dibujando las relaciones sociales, estructuralmente conflictivas que prevalecen hasta nuestros días.
Ese fue el complejo escenario en que nace esta pequeña escuela cuyas fronteras institucionales no le permitían "contaminarse" de las grandes contradicciones de su entorno, pilar de la lucha histórica entre los panameños con anhelos de integración nacional y los alineados al capital trasnacional, que pretendieron convertir este pequeño istmo en una franja minada de bases militares para el control geopolítico de la América y el mundo, mientras en otra dirección, las panameñas y panameños marchábamos en las calles exigiendo trabajo y vivienda digna.
Esa confrontación dejó como saldo en los años 70, el triunfo de la sensatez histórica, al poner fecha a la culminación del dominio extranjero sobre nuestro recurso estratégico y con ello, la plena nacionalización del canal y nuestra posición geográfica, la que en su momento consolidó el Estado Nacional de Panamá y la puesta en marcha de un modelo económico social de desarrollo conocido como "Estado de Bienestar".
A mediados de los años 70, fuimos protagonista de un gran salto en la formación profesional de los /as trabajadores sociales, transitando de la vieja escuela apostolar/confesional, a un centro de formación científica, dialéctica, sistémica, inspirada en los valores éticos de la equidad, la democracia participativa y el respeto a la diversidad, articulada en torno a una oferta curricular renovada que hace del enfoque transdisciplinario una herramienta para la interpretación de las nuevas complejidades sociales.
En este letargo y sobre las crecientes necesidades sociales de un millón y medio de panameños cada vez más empobrecidos, los políticos ofrecen promotores sociales con perfil artesanal, quienes impulsan políticas residuales, recorriendo el país preñados de buena fe, pero desprovistos de una visión integral de la problemática social, inhabilitados para reconocer el potencial de desarrollo humano de nuestra gente, desconociendo que no hay peor atentado contra la dignidad humana que la limosna porque ésta aplasta el poder autogestivo y la fe en sí mismo.
El trabajo social en el Panamá de hoy percibe los vientos huracanados del cambio real, como también una mayor conciencia de la urgencia de las políticas redistributivas en lugar de las residuales, se abre el camino a un futuro de democracia real y no discursiva. Nuestro sujeto de atención se extiende hasta esa nueva ciudadanía que exige el derecho a decidir sobre sus recursos nacionales, dibujar su gobernabilidad y asumir poder para cambiar. El bienestar social ha dejado de ser responsabilidad exclusiva del sector gubernamental y se convierte en agenda social de todos /as las y los panameños.
En este 60 aniversario nuestra Escuela de Trabajo Social, ha iniciado un proceso de transformaciones curriculares del plan de estudio, que apunta al desarrollo de competencias en nuestros profesionales, para articular ofertas integrales que enfrenten problemas complejos, interconectados, que giren en torno a las necesidades humanas y potencian al "ser" más que el "hacer". Los /as científicos sociales sabemos que ya las posibilidades de desarrollo social no se agotan en las políticas sociales y éstas últimas no se validan en las instituciones, lo hacen en los indicadores de desarrollo humano y bienestar social, por tanto son medidas por el grado de satisfacción y desarrollo de la gente que vive en un territorio, en el cual potencia su existencia, su cultura y sus interrelaciones.
(*) Catedrática Titular de la Escuela de Trabajo Social. Universidad de Panamá.
Se articula, hace 60 años, una formación profesional humanista, centrada en el enfoque mecanicista de la especialización de la ciencia, que concebía la problemática social en ese momento, como el efecto residual de la postguerra. Nuestros primeros egresados intervinieron en los campos de salud y asuntos penitenciarios, por un lado, ofreciendo ayuda social individualizada a nivel personal y familiar; por otro lado, en apoyo a los grupos pequeños con problemas de inadaptación social al nuevo orden de cosas, en medio de un débil Estado Panameño de profundas raíces liberales. Se ofrece un recurso profesional para la previsión social y la naciente seguridad social panameña (institucionalizada en 1941).
Fue una escuela tan pequeña, tan intrascendente, que pasó desapercibida ante los ojos de los más grandes y lúcidos intelectuales nacionalistas de los años cuarenta/cincuenta como Octavio Méndez Pereira, asumiendo paulatinamente un perfil casi familiar que la mantuvo por veinte años bajo la conducción personalizada de sus fundadoras, hijas destacadas del psicoanálisis freudiano.
El perfil profesional inicial fue más clínico que social, el que no permitía mirar la dinámica sociopolítica del entorno istmeño, ni menos estudiar los nuevos problemas sociales que enfrentaba la familia, la comunidad y la sociedad dentro de una nación altamente polarizada, entre una economía urbana, que giraba en torno al canal y una agricultura rezagada que no sentía los beneficios de esta empresa.
Era un escuela sin ninguna relación por ejemplo, con los sectores productivos/improductivos, que paulatinamente van dibujando las relaciones sociales, estructuralmente conflictivas que prevalecen hasta nuestros días.
Ese fue el complejo escenario en que nace esta pequeña escuela cuyas fronteras institucionales no le permitían "contaminarse" de las grandes contradicciones de su entorno, pilar de la lucha histórica entre los panameños con anhelos de integración nacional y los alineados al capital trasnacional, que pretendieron convertir este pequeño istmo en una franja minada de bases militares para el control geopolítico de la América y el mundo, mientras en otra dirección, las panameñas y panameños marchábamos en las calles exigiendo trabajo y vivienda digna.
Esa confrontación dejó como saldo en los años 70, el triunfo de la sensatez histórica, al poner fecha a la culminación del dominio extranjero sobre nuestro recurso estratégico y con ello, la plena nacionalización del canal y nuestra posición geográfica, la que en su momento consolidó el Estado Nacional de Panamá y la puesta en marcha de un modelo económico social de desarrollo conocido como "Estado de Bienestar".
A mediados de los años 70, fuimos protagonista de un gran salto en la formación profesional de los /as trabajadores sociales, transitando de la vieja escuela apostolar/confesional, a un centro de formación científica, dialéctica, sistémica, inspirada en los valores éticos de la equidad, la democracia participativa y el respeto a la diversidad, articulada en torno a una oferta curricular renovada que hace del enfoque transdisciplinario una herramienta para la interpretación de las nuevas complejidades sociales.
En este letargo y sobre las crecientes necesidades sociales de un millón y medio de panameños cada vez más empobrecidos, los políticos ofrecen promotores sociales con perfil artesanal, quienes impulsan políticas residuales, recorriendo el país preñados de buena fe, pero desprovistos de una visión integral de la problemática social, inhabilitados para reconocer el potencial de desarrollo humano de nuestra gente, desconociendo que no hay peor atentado contra la dignidad humana que la limosna porque ésta aplasta el poder autogestivo y la fe en sí mismo.
El trabajo social en el Panamá de hoy percibe los vientos huracanados del cambio real, como también una mayor conciencia de la urgencia de las políticas redistributivas en lugar de las residuales, se abre el camino a un futuro de democracia real y no discursiva. Nuestro sujeto de atención se extiende hasta esa nueva ciudadanía que exige el derecho a decidir sobre sus recursos nacionales, dibujar su gobernabilidad y asumir poder para cambiar. El bienestar social ha dejado de ser responsabilidad exclusiva del sector gubernamental y se convierte en agenda social de todos /as las y los panameños.
En este 60 aniversario nuestra Escuela de Trabajo Social, ha iniciado un proceso de transformaciones curriculares del plan de estudio, que apunta al desarrollo de competencias en nuestros profesionales, para articular ofertas integrales que enfrenten problemas complejos, interconectados, que giren en torno a las necesidades humanas y potencian al "ser" más que el "hacer". Los /as científicos sociales sabemos que ya las posibilidades de desarrollo social no se agotan en las políticas sociales y éstas últimas no se validan en las instituciones, lo hacen en los indicadores de desarrollo humano y bienestar social, por tanto son medidas por el grado de satisfacción y desarrollo de la gente que vive en un territorio, en el cual potencia su existencia, su cultura y sus interrelaciones.
(*) Catedrática Titular de la Escuela de Trabajo Social. Universidad de Panamá.