Una nación alcoholizada
No nos quedan dudas, los panameños constituimos una nación alcoholizada. Basta recorrer los barrios cualquier fin de semana y podrá advertirse la presencia de ciudadanos libando licor en los portales de sus casas, afuera de las tiendas, playas y hasta en plena calle. Incluso, se bebe en los vehículos, tanto particulares como de transporte público, al extremo que desde las ventanas de los automóviles y buses se suelen arrojar latas de cerveza y botellas.
Nuestra juventud está igual afectada por el alcoholismo, en distinto grado. Para ella, cualquier día de la semana es bueno para tomar tragos en discotecas y bares; y cuando no, en parques de estacionamiento como los de Amador, acompañados de música pesada proveniente de costosos equipos de sonido. Los tiempos del "viernes cultural", el de la ironía panameña sinónimo de parranda, ha pasado a la historia. Todos los días son buenos para eso y, de hecho, los sitos donde se bebe licor siempre se colman.
Ni siquiera se limitan los excesos a los días de carnaval. Hoy, cualquier época, con tal de celebrar un santo cualquiera, es bueno. Los universitarios, mujeres y hombres, en su mayoría beben alcohol en exceso y durante más de tres días cada semana. En eso, la igualdad de sexos es total. "Anoche nos arrancamos", suelen decir con celebrada gracia, cualquier día de clases en mitad de semana. No lo saben, pero están limitando su capacidad de estudio, trabajo y buen juicio; están enfermando y envenenando sus cuerpos y sentando las bases para vicios peores como el de las drogas y peligrosas prácticas de sexo inseguro y promiscuo.
Los muchachos se están matando y, cuando llegan a los 30 años de edad, son una piltrafa y una belleza marchita. Los adultos, igual, pues de ellos partió el mal ejemplo, con las borracheras usuales de padre y madre, tíos y hermanos. Los niños de 12 años se las arreglan para conseguir y consumir licor, mientras las fiestas de quinceaños, que antes se celebraban en salones de hoteles y clubes sociales, ahora se realizan en discotecas en las que despacha licor a los menores, a sabiendas de sus padres.
El pueblo se está degradando, y con él los lazos familiares y vecinales, los delitos han aumentado, el presupuesto familiar está quebrado y otros vicios proliferan, envileciendo lo que una vez se caracterizó por su nobleza y buenos sentimientos. La nuestra es una cultura de violencia, juego, alcohol, corrupción y degradación.
Nuestra juventud está igual afectada por el alcoholismo, en distinto grado. Para ella, cualquier día de la semana es bueno para tomar tragos en discotecas y bares; y cuando no, en parques de estacionamiento como los de Amador, acompañados de música pesada proveniente de costosos equipos de sonido. Los tiempos del "viernes cultural", el de la ironía panameña sinónimo de parranda, ha pasado a la historia. Todos los días son buenos para eso y, de hecho, los sitos donde se bebe licor siempre se colman.
Ni siquiera se limitan los excesos a los días de carnaval. Hoy, cualquier época, con tal de celebrar un santo cualquiera, es bueno. Los universitarios, mujeres y hombres, en su mayoría beben alcohol en exceso y durante más de tres días cada semana. En eso, la igualdad de sexos es total. "Anoche nos arrancamos", suelen decir con celebrada gracia, cualquier día de clases en mitad de semana. No lo saben, pero están limitando su capacidad de estudio, trabajo y buen juicio; están enfermando y envenenando sus cuerpos y sentando las bases para vicios peores como el de las drogas y peligrosas prácticas de sexo inseguro y promiscuo.
Los muchachos se están matando y, cuando llegan a los 30 años de edad, son una piltrafa y una belleza marchita. Los adultos, igual, pues de ellos partió el mal ejemplo, con las borracheras usuales de padre y madre, tíos y hermanos. Los niños de 12 años se las arreglan para conseguir y consumir licor, mientras las fiestas de quinceaños, que antes se celebraban en salones de hoteles y clubes sociales, ahora se realizan en discotecas en las que despacha licor a los menores, a sabiendas de sus padres.
El pueblo se está degradando, y con él los lazos familiares y vecinales, los delitos han aumentado, el presupuesto familiar está quebrado y otros vicios proliferan, envileciendo lo que una vez se caracterizó por su nobleza y buenos sentimientos. La nuestra es una cultura de violencia, juego, alcohol, corrupción y degradación.