Una nación dividida por su pasado
La semana pasada, desde la habitación 205 de la Clínica Hospital Nacional, aprovechando la visita que me hacía a dicho centro hospitalario mi hermano Ramiro, tras feliz iniciativa de mi esposa Yamileth, quien sugirió el tema, coordinamos la entrega de ese viernes sobre la gran marcha por la paz convocada para dos días después. En ese momento pedí a Ramiro que redactara el artículo. Quiero, repuesta mi salud, gracias a Dios, precisar lo siguiente.
Enhorabuena que roguemos por la paz y la seguridad en este país; bien dicho que no puede haber paz mientras subsista la ola de violencia que se ha estacionado en nuestros vecindarios; aceptamos como potable la tesis de que la paz es indispensable para la subsistencia del Estado de Derecho y el curso de la Justicia; nos parece oportuno que se insista en el tema de la educación –que debe ser tema en la agenda de Estado y con carácter prioritario- y que junto a ello salgamos, de modo inmediato, a hacerle frente a la deserción escolar –fecundo terreno para que germine y crezca el delito-; creemos en las comisiones de trabajo que se han creado, desde el Ejecutivo; sin embargo, confieso y a manera de reflexión: ¿Realmente estamos haciendo lo que merece ser hecho?.
Creo que se ha dado un gran paso: El haber aceptado, como sociedad, que todos estamos comprometidos en el tema de la seguridad ciudadana y que nadie puede excluirse de este compromiso. Antes del domingo 22 de mayo las cosas presentaban otros matices. Había una sola dirección y un solo destinario en lo que atañe a la obligación de custodiar la seguridad ciudadana –per se, tarea primaria del Estado, pero cuyo sentido evidenciaba un “poco importa” con lo que está sucediendo en el país. Tengamos por cierto que la política criminal es un fenómeno complejo y que por ello el ciudadano común ignora que ella es el producto de un conjunto de fuerzas que se originan en la Sociedad con otras que provienen del Estado, y que éste, ya sea por acción u omisión, de modo ineludible interviene a través de una política criminal específica.
Ahora bien, comprometidos todos, merece que digamos lo siguiente: ¿Cuál será el aporte de cada ciudadano o ciudadana de nuestra nación en aras de lograr una cultura de paz que procure, a su vez, la erradicación de una cultura de la violencia como la ha descrito el criminólogo argentino Israel Drapkin?
Creo que ese cambio empieza, primeramente en nuestros corazones -Dios es un Dios de Paz- , por casa y en la escuela. He allí el quid ius del asunto. No puede haber paz mientras hayan injusticias; no puede germinar la paz allí en donde campea la pobreza, menos allí en donde anida el odio y el rencor tras una nación dividida por su pasado y plagada por infecundas amarguras. ¡Mientras no iniciemos el cambio en el hogar y en las escuelas, nada, nada pasará!