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Una plegaria por Paraguay


El lamentable y dramático suceso ocurrido a nuestros hermanos del Paraguay, nos llena de gran consternación y dolor. El hecho sucede en momentos en que estamos acostumbrados a escuchar y leer que diariamente mueren en Irak y Palestina, un promedio de 20 personas, víctimas de una guerra miserable y de una brutal intolerancia religiosa. Esas matanzas de seres humanos va terminando con el sentido de empatía y de trascendencia del dolor humano. Es una especie de monumento a la propia muerte o al dios de la entropía biológica y moral.
El incendio, en las circunstancias en que se produce, hace más doloroso el sentimiento que nos embarga y sacude las fibras apagadas de la sensibilidad humana.
Las noticiosas destacan dos situaciones especiales: La primera, habla de un acto de irracionalidad supremo, en el cual los propietarios habrían ordenado el cierre de todas las salidas posibles, pretendiendo con ello proteger más a las cosas que a las personas. Una pizca mínima del sentido de conservación biológica me induce a no creer que la orden del cierre del centro comercial Ikuá Bolaños habría sido dada por persona alguna.
La segunda, nos deja conocer la impotencia del gobierno paraguayo y sus organizaciones para prevenir, primero; y para lidiar, luego, con una tragedia como ésta, de tan alta y grave magnitud.
La cruda realidad de este desastre parece anunciar, de manera brutal, que no sólo Paraguay no está preparado para atender estos desastres, sino también nosotros.
Hace unos años ocurrió un fenómeno similar a los hermanos peruanos y la semana pasada una explosión en Bélgica produjo una gran cantidad de muertos, heridos y traumatizados.
Las investigaciones que han iniciado las autoridades paraguayas, finalmente, determinarán la imputabilidad o no de los que hasta este momento se les hace responsables de semejante siniestro. Pero, ¿será suficiente para los deudos y amigos de los fallecidos que se determine la culpabilidad o inocencia de los imputados? Ya ustedes, amables lectores, tienen la respuesta.
Las consecuencias de tales eventos van más allá de los límites del resarcimiento económico que pueda provenir de las compañías de seguros y las secuelas toman en muchos casos, años para mitigarse.
Las heridas físicas y psicológicas tendrán repercusiones en varias facetas de la vida de los sobrevivientes, familiares, amigos y en el personal de rescate.
Según investigaciones médicas y psicológicas de situaciones similares a ésta, se presentan náuseas ante el olor de las carnes; al ver el humo u olerlo, trastornos digestivos diversos y de variada duración; insomnio; pesadillas; imágenes de los fallecidos; sueños terroríficos; ansiedad ante todo objeto o situación similar, y dolores de cabeza repentinos.
En la esfera emocional, los afectados y sus familiares se sienten por largo tiempo presos del abatimiento, tristeza, llanto y manifiestan una gran irritabilidad, susceptibilidad, sentimientos de inutilidad, de culpabilidad, presentándose algunos casos de intentos suicidas. Su comportamiento social se modifica radicalmente, dado que los pensamientos de peligros inminentes y la percepción que a sus familiares cuando salen les ocurrirá algo catastrófico e inevitable, limitan o liquidan toda oportunidad de interacción social, evitan lugares cerrados o congestionados y en muchos casos abandonan el trabajo o la escuela, resultando muy lenta la reintegración o reinserción social y laboral.
Estos dramáticos cambios en la vida de los sobrevivientes (lesionados y discapacitados), familiares y amigos, en el mejor de los casos y con tratamiento psicológico terapéutico, logran reincorporarse a la vida normal; pero con otra perspectiva de la misma, muchos se tornan muy precavidos, más hogareños, abandonan las adicciones y canalizan su pérdida participando en eventos de solidaridad humana, que antes les eran totalmente indiferentes.
Después de eventos como éstos, la vida no vuelve a ser como antes.
En Panamá no tenemos ningún organismo preparado para apoyar a las víctimas de cualquier tipo de desastres, dado que el enfoque del sistema de nacional de protección civil no lo ha desarrollado, al punto de poder ofrecer ayuda profesional terapéutica, a nivel nacional y para poder enviar a una brigada debidamente preparada en magnas tragedias que ocurran en hermanos países, como el caso que motiva este artículo.
Aprovecho para instar al gobierno entrante a propiciar la organización de una brigada voluntaria de profesionales, que pueda apoyar las labores de rescate y atención médico-psicológica, en el momento y lugar que sean requeridas. Por ahora nos queda hacer nuestro aporte y elevar plegarias por nuestros hermanos y hermanas del Paraguay.

101 años de Panamá América

 
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