Una que se va y uno que viene
Cuando asumió la Presidencia de la República Doña Mireya Moscoso existía mucha expectativa en relación con su gobierno. Consideraban que lo haría bien y un buen número dejaba atrás sus reservas en cuanto a su capacidad administrativa, por lo efectiva de su campaña electoral, en la cual ofreció corregir muchas prácticas que anquilosaban el mejoramiento integral de la sociedad panameña. Fue siempre muy categórica en cuanto a la transparencia y honestidad que caracterizaría a su gobierno. Sus primeros nombramientos, principalmente los de sus asesores, fortaleció esa impresión generalizada de que ella podía hacer los cambios profundos en el gobierno que se necesitaban.
Desafortunadamente esos asesores, más bien casi todos, fueron poco a poco distanciándose del gobierno por carecer de toda influencia en el mismo. "Los actos de corrupción (sobre el gobierno de la Sra. Moscoso) tenderían un manto negro sobre (lo actuado)", sentenció hace pocos días Roberto I. Eisenmann, uno de los primeros asesores en ser nombrados y uno de los primeros en abandonar su cargo.
Baja el solio presidencial Doña Mireya, de acuerdo con la opinión pública y las encuestas, con el señalamiento de haber presidido uno de los peores gobiernos en la historia política de Panamá.
Asume la Presidencia de la República Don Martín Torrijos, quien cuenta con un sólido mandato que le otorgó el pueblo en las pasadas elecciones. La mitad del electorado confió en él. Tiene, consecuentemente, sobre sus hombros una gran responsabilidad. El panameño cree en su capacidad para que se conviertan en realidad todas sus promesas electorales, en especial la de cero corrupción y de presidir una administración progresista al servicio de las grandes mayorías.
El nuevo gobierno se enfrenta a problemas enormes, alarmantes y muy preocupantes. Es muy difícil poderlos priorizar, pero obligan a que el Sr. Torrijos actúe como el estadista que "piensa en las nuevas generaciones y no en las próximas elecciones".
Winston Churchill, quien sobresalió en el siglo pasado como uno de los hombres más grandes dijo: "Un estadista debe tratar de hacer siempre lo que cree que es mejor a la larga por su país... y debe divorciarse de alguna doctrina que sinceramente aceptó en el pasado".
Independientemente de la crisis económica, fiscal y moral que gravita sobre nuestro país, el joven mandatario deberá romper ese círculo vicioso del "adulador" que el impide al mandatario de turno ver, conocer y enfrentarse a la realidad.
El "adulador" lo describe el Diccionario como "el individuo que hace o dice con intención lo que cree que puede agradar a otro".
Muchos gobernantes cambiaron su sencillez tradicional por la prepotencia; la consulta amplia que tuvieron siempre por la imposición. No pudieron algunos de esos mandatarios resistir el halago constante de quienes les hacían ver que "no se equivocaba nunca", que "tenía el don del acierto" y que "su inteligencia e instinto personal lo colocaban por encima del resto de los mortales". La lisonja trabajó con efectividad en el ego de esas personas carentes algunos de seguridad en sí mismo.
La Presidencia de por sí aisla al mandatario y mucho más al que es incapaz de romper ese cerco vicioso que le impide, por la adulación de que es constantemente asediado, mantener todo contacto con la gente, con el pueblo, en especial con los desposeídos y vivir su realidad.
Si Martín Torrijos al salir de la Presidencia en el 2009 puede decir "Sí se pudo", en lugar de "sí se puede", habrá cumplido con su deber y con el país.
Desafortunadamente esos asesores, más bien casi todos, fueron poco a poco distanciándose del gobierno por carecer de toda influencia en el mismo. "Los actos de corrupción (sobre el gobierno de la Sra. Moscoso) tenderían un manto negro sobre (lo actuado)", sentenció hace pocos días Roberto I. Eisenmann, uno de los primeros asesores en ser nombrados y uno de los primeros en abandonar su cargo.
Baja el solio presidencial Doña Mireya, de acuerdo con la opinión pública y las encuestas, con el señalamiento de haber presidido uno de los peores gobiernos en la historia política de Panamá.
Asume la Presidencia de la República Don Martín Torrijos, quien cuenta con un sólido mandato que le otorgó el pueblo en las pasadas elecciones. La mitad del electorado confió en él. Tiene, consecuentemente, sobre sus hombros una gran responsabilidad. El panameño cree en su capacidad para que se conviertan en realidad todas sus promesas electorales, en especial la de cero corrupción y de presidir una administración progresista al servicio de las grandes mayorías.
El nuevo gobierno se enfrenta a problemas enormes, alarmantes y muy preocupantes. Es muy difícil poderlos priorizar, pero obligan a que el Sr. Torrijos actúe como el estadista que "piensa en las nuevas generaciones y no en las próximas elecciones".
Winston Churchill, quien sobresalió en el siglo pasado como uno de los hombres más grandes dijo: "Un estadista debe tratar de hacer siempre lo que cree que es mejor a la larga por su país... y debe divorciarse de alguna doctrina que sinceramente aceptó en el pasado".
Independientemente de la crisis económica, fiscal y moral que gravita sobre nuestro país, el joven mandatario deberá romper ese círculo vicioso del "adulador" que el impide al mandatario de turno ver, conocer y enfrentarse a la realidad.
El "adulador" lo describe el Diccionario como "el individuo que hace o dice con intención lo que cree que puede agradar a otro".
Muchos gobernantes cambiaron su sencillez tradicional por la prepotencia; la consulta amplia que tuvieron siempre por la imposición. No pudieron algunos de esos mandatarios resistir el halago constante de quienes les hacían ver que "no se equivocaba nunca", que "tenía el don del acierto" y que "su inteligencia e instinto personal lo colocaban por encima del resto de los mortales". La lisonja trabajó con efectividad en el ego de esas personas carentes algunos de seguridad en sí mismo.
La Presidencia de por sí aisla al mandatario y mucho más al que es incapaz de romper ese cerco vicioso que le impide, por la adulación de que es constantemente asediado, mantener todo contacto con la gente, con el pueblo, en especial con los desposeídos y vivir su realidad.
Si Martín Torrijos al salir de la Presidencia en el 2009 puede decir "Sí se pudo", en lugar de "sí se puede", habrá cumplido con su deber y con el país.