Una reina ausente
Ya culminadas las fiestas carnestolendas, quedamos con la sensación de que hizo falta el brillo de su piel color azabache, su escultural silueta acaso obra de Changó, su cadente contorneo a ritmo de Caribe, su singular belleza traída a cuestas desde ese continente que tuvo entre sus hijas a la encantadora Cleopatra, que hizo falta la Panameñísima Reina Negra.
En efecto, acostumbrados como ya estábamos desde 1977, los panameños y panameñas esperamos este año la presencia de una de las soberanas más queridas de las populares fiestas de Momo: la Reina Negra. Sin embargo, ella no paseó su donaire por la avenida, y la extrañamos. De veras que sí.
Y cómo no extrañarla cuando la Panameñísima Reina encierra tantas cosas, caras, todas ellas, a la identidad cultural panameña.
Ciertamente, la Reina Negra, como popularmente se la llama, expresa el carácter pluriétnico y multiracial de la sociedad panameña, quizás única en el continente americano. No existe país en este hemisferio que integre la diversidad cultural que conoce Panamá y ello debido, sin duda, a su posición geográfica y al histórico papel de "puente del mundo", que ha permitido la confluencia de agente venidas de todas partes, constituyendo un verdadero mosaico humano que ha enriquecido estas tierras de la forma más variada.
La Panameñísima Reina Negra, como propuesta socio-cultural, siempre ha estado enderezada a nuestra diversidad societal, con un horizonte integrador, es decir, que siendo disímil la composición étnica de la nación, ésta resulta, a la vez, en una unidad que se llama lo panameño. En ese sentido, y muy por el contrario de lo que han afirmado algunas voces (por suerte minoritarias), La Panameñísima Reina Negra es un esfuerzo de los afropanameños de aportar a la construcción de nuestra unidad como nación, ello en el marco de la fiesta más masiva que celebra nuestro pueblo con total desenfreno y absoluta "seriedad".
Los ritmos afro caribe, la danza de cepa tribal, los atuendos multicolor, la fuerza expresiva y contagiosa de su sonrisa, la belleza de ébano inolcultable, lo africano presente en el carro alegórico en que se pasea la Reina Negra, todo, pero absolutamente todo ello, no es más que la afirmación de la presencia en nuestro medio, de una cultura ancestral que hace parte de la panameña, y que, en fin de cuentas, la integra.
Resulta pertinente señalar que La Panameñísima Reina Negra no es un acto de reafirmación que deviene en la pedantería que la insistencia necia en torno una cosa puede provocar, cuando ella está desprovista de propósitos edificantes. Por el contrario, en el caso que nos ocupa, se trata de una actividad que aporta, permanentemente, al fortalecimiento de nuestra identidad como nación. Por eso, cuando no la vimos en estos cuatro días que acaban de pasar, nos hizo falta.
De modo que, no sólo por la costumbre ya tan arraigada en nuestro ser, de verla, saludarla y pedirle el típico "tírame un besito mamacita", sino, y sobre todo, por lo que ella significa, es que echamos de menos, a "la negra". Ella fue, nuestra reina ausente.
En efecto, acostumbrados como ya estábamos desde 1977, los panameños y panameñas esperamos este año la presencia de una de las soberanas más queridas de las populares fiestas de Momo: la Reina Negra. Sin embargo, ella no paseó su donaire por la avenida, y la extrañamos. De veras que sí.
Y cómo no extrañarla cuando la Panameñísima Reina encierra tantas cosas, caras, todas ellas, a la identidad cultural panameña.
Ciertamente, la Reina Negra, como popularmente se la llama, expresa el carácter pluriétnico y multiracial de la sociedad panameña, quizás única en el continente americano. No existe país en este hemisferio que integre la diversidad cultural que conoce Panamá y ello debido, sin duda, a su posición geográfica y al histórico papel de "puente del mundo", que ha permitido la confluencia de agente venidas de todas partes, constituyendo un verdadero mosaico humano que ha enriquecido estas tierras de la forma más variada.
La Panameñísima Reina Negra, como propuesta socio-cultural, siempre ha estado enderezada a nuestra diversidad societal, con un horizonte integrador, es decir, que siendo disímil la composición étnica de la nación, ésta resulta, a la vez, en una unidad que se llama lo panameño. En ese sentido, y muy por el contrario de lo que han afirmado algunas voces (por suerte minoritarias), La Panameñísima Reina Negra es un esfuerzo de los afropanameños de aportar a la construcción de nuestra unidad como nación, ello en el marco de la fiesta más masiva que celebra nuestro pueblo con total desenfreno y absoluta "seriedad".
Los ritmos afro caribe, la danza de cepa tribal, los atuendos multicolor, la fuerza expresiva y contagiosa de su sonrisa, la belleza de ébano inolcultable, lo africano presente en el carro alegórico en que se pasea la Reina Negra, todo, pero absolutamente todo ello, no es más que la afirmación de la presencia en nuestro medio, de una cultura ancestral que hace parte de la panameña, y que, en fin de cuentas, la integra.
Resulta pertinente señalar que La Panameñísima Reina Negra no es un acto de reafirmación que deviene en la pedantería que la insistencia necia en torno una cosa puede provocar, cuando ella está desprovista de propósitos edificantes. Por el contrario, en el caso que nos ocupa, se trata de una actividad que aporta, permanentemente, al fortalecimiento de nuestra identidad como nación. Por eso, cuando no la vimos en estos cuatro días que acaban de pasar, nos hizo falta.
De modo que, no sólo por la costumbre ya tan arraigada en nuestro ser, de verla, saludarla y pedirle el típico "tírame un besito mamacita", sino, y sobre todo, por lo que ella significa, es que echamos de menos, a "la negra". Ella fue, nuestra reina ausente.