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Una relación impropia.


Con Mónica Lewinsky ya son cuatro las mujeres que han revelado haber tenido relaciones amorosas con el actual Presidente de los Estados Unidos, unas antes de ocupar la Casa Blanca y otras mientras ejercía el cargo.
Por primera vez en la historia de los Estados Unidos, un Presidente ha prestado testimonio ante un gran jurado integrado por 23 miembros que lo investiga por los delitos de mentir bajo juramento y obstrucción de justicia en relación con las revelaciones amorosas de Lewinsky.
Aunque lo anterior parece un panorama sombrío para el presidente Bill Clinton, ni el Congreso ni sus conciudadanos parecen favorecer su enjuiciamiento por motivos comprensibles para cualquier persona común en igual situación, aunque el mandatario diste de ser una persona común.
El pueblo de su país aguardó con muchas expectativas, pero sin mayores sorpresas estas declaraciones, más que todo estimulado por la extraordinaria cobertura de los medios noticiosos, además del natural morbo que despierta el caso.
A la postre, el mandatario se limitó a decir que tuvo con la joven Lewinsky una "relación impropia", que no necesariamente fue una relación sexual en su sentido estricto, si es que existe alguno.
Discusión habrá bastante de si faltó o nó al juramento, cuando negó en primera instancia haber tenido relaciones sexuales con la Lewinsky. Sus abogados seguramente refutarán las acusaciones argumentando que desde su particular perspectiva y la de muchos especialistas, tal relación, aunque impropia no tuvo tal connotación.
Lo que sí parece claro es que ambos involucrados coinciden en que el presidente no indujo a su pareja de ocasión a cometer perjurio ni obstrucción de la justicia, limitándose a acordar mantener su relación en reserva mucho antes de que fuera ventilada ante un gran jurado.
Así las cosas, el delito, si es que hubo alguno,-dada la percepción de si hubo sexo pleno o no-, se limitará al perjurio; por lo que sería remoto juzgarle ante el Congreso sin el riesgo de caer en el ridículo, dado lo difícil de la distinción del objeto del proceso, de si lo sería su conducta moral, o el perjurio por una situación que sólo a él y los suyos importa.
Mas su credibilidad, aun sin ser juzgado, podría afectarse frente a los miopes que, en un sentido inverso, no sabrán distinguir entre cuando se miente por asuntos de estado, y cuando se hace por asuntos estrictamente personales que a nadie incumben.

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