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¿Una sociedad en decadencia?


Panamá ha sido y sigue siendo un país muy privilegiado. Tiene una posición geográfica única. Nuestra belleza natural es envidiable y la infraestructura que tenemos nos coloca como una nación moderna y de un gran potencial. Nuestro problema no está en lo que tenemos sino en lo que somos.
El respeto a nuestras instituciones, el acatamiento y cumplimiento de nuestras leyes reglamentos, el culto y respeto a nuestras tradiciones, la veneración a los forjadores de la nacionalidad panameñas y las buenas maneras, el fino trato, la cortesía, la pureza del lenguaje y las debidas costumbres se han ido perdiendo. El irrespeto a todo y el no me importa con nada ni con nadie, pareciera ser hoy la norma de conducta. Son muy pocos lo que cumple con sus obligaciones. Esto no es una exageración de mi parte. Tome, quien lo desea, cualquier segmento de nuestras actividades diarias para que lo compruebe plenamente.
El tránsito, por ejemplo, es una muestra muy clara del irrespeto a las disposiciones vigentes. Las luces de señales parecieran que están de más. Los pasos peatonales se ven desiertos. Los automovilistas se estacionan donde a bien les viene. Los taxistas y buseros, en su inmensa mayoría, actúan como si las calles y avenidas se hicieran para su uso exclusivo. Hay, inclusive, chatarras ambulantes que recorren nuestras calles con toda tranquilidad sin tener siquiera la placa correspondiente.
El individuo muchas veces da la impresión de que sus derechos están por encima del de los demás, y en cuanto a sus obligaciones, no piensa que las tiene. Hay casos en que menos de una veintena de personas protestan por alguna medida que pueda afectarlos cerrando calles y avenida sin tomar en cuenta los perjuicios que les causan con sus acciones a cientos y miles de personas. Pareciera que en el ambiente está germinado un egoísmo colectivo muy perjudicial.
Las costumbres y tradiciones se siguen perdiendo. Hasta en los carnavales, de las pocas actividades que los panameños tomamos en serio, se han ido transformando; el tambor y la cumbia le han ido cediendo terreno al reggae y el rock. Nuestros jóvenes no saben ni aprenden a bailar nuestra música típica, se inclinan con gran preferencia a lo foráneo. Los "gay" hacen alarde de sus inclinaciones sexuales que generaciones atrás mantenían muy en privado y con gran discreción.
Es hora ya de buscar el origen de estos cambios degenerativos en nuestro comportamiento. Debemos hacer un alto y reflexionar sobre lo que fuimos y lo que somos para poder ir recobrando las buenas costumbres y modales y poner en vigencia los principios que le dieron siempre un comportamiento ejemplar a nuestra sociedad. He pensado que es en los hogares y en las escuelas donde debemos iniciar esta cruzada para lograr un cambio radical en el relajamiento de nuestro comportamiento actual en sociedad.
Los padres y las madres tienen que buscar más tiempo para inculcarles a sus hijos los ejemplos que ellos recibieron de sus antecesores. La escuela, lamentablemente, deja mucho que desear. Hay un número exagerado de fracasos todos los años y la preparación de los que se gradúan no siempre es óptima. Los maestros y profesores, por su parte, tienen que mejorar sus calificaciones para que superen la mediocridad de la que muchos hacen gala, inclusive y sin vergüenza, cuando hablan en público y puedan, entonces, ejecutar adecuadamente, su papel tutelar.
Si queremos, como es indispensable que lo hagamos, recomponer las estructuras que regulan hoy día nuestro comportamiento y evitar que continuemos por el sendero de una peligrosa decadencia y lograr que el individuo se respete a sí mismo y respete nuestras leyes y costumbre, hagamos campañas cívicas que contribuyan a moralizar a nuestra niñez y a las generaciones futuras.
No hay la menor duda de que existe una preocupación colectiva. La Iglesia, al igual que distinguidos ciudadanos, como Luis H. Moreno, entre otros, dejan oír a menudo su aprensión por la pérdida colectiva de nuestros valores. Se hace, pues, necesario iniciar cuanto antes una cruzada moralizadora encabezada por nuestra Iglesia Católica como rector espiritual de la mayoría de los panameños, junto con los clubes cívicos para rectificar nuestra conducta. Esto tomará tiempo, indudablemente, pero tenemos que tener objetivos claros, paciencia y sobre todo, constancia. El camino por recorrer es largo, pero debemos iniciarlo en los hogares y en las escuelas.

101 años de Panamá América

 
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