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Una sola opción


Mi trabajo me conduce, con frecuencia, a explicar a distintos sectores extranjeros lo que hoy ocurre en Panamá, especialmente en lo que toca al cumplimiento de los Tratados canaleros, y a lo que nuestro país se propone hacer con las áreas y bienes revertidos. Aunque mis interlocutores son personas generalmente bien informadas líderes empresariales y gremiales, académicos, diplomáticos y políticos, las reacciones suelen ser de respetuoso e interesado asombro.
Para esas élites, lo que hoy sucede y está por suceder en Panamá descolla entre los grandes acontecimientos contemporáneos. Sin embargo, muchos panameños dejamos de percatarnos de su extraordinaria relevancia y de lo que ello nos exige como nación, permitiendo que otros asuntos más mezquinos o banales enajenen nuestra atención. En esto la politiquería criolla es magistral: mientras el país está comprometido en la mayor transformación de su historia, ella nos distrae con las querellas más pedestres.
Lo cierto es que hoy Panamá vive un período excepcional y único, ya que ningún otro país recibirá todo lo que nosotros estaremos recibiendo en estos pocos años, ni nuestra nación disfrutará de una segunda oportunidad como ésta; como tampoco Panamá realizará dos veces, en muchos decenios, una reestructuración tan amplia de la economía nacional como la que ahora está efectuando, cosa que desde fines de los años 70 permanecía sin resolverse en la agenda de las necesidades pendientes de la República.
Estas dos cuestiones eran y son natural y obligadamente inseparables. No es factible asimilar para el desarrollo nacional los inmensos recursos que nuestro país está recibiendo sin reestructurar la economía del país a tono con las nuevas tendencias mundiales. Las políticas y estructuras económicas nacionales que funcionaron aceptablemente bien hasta fines de los 70 ya no correspondían a las nuevas realidades mundiales y, sobre todo, no eran capaces de asumir el manejo del Canal y de las áreas revertidas como sede de empresas competitivas en el nuevo mercado internacional.
Ahora bien, lo que más impresiona a los observadores extranjeros no son apenas las magnas dimensiones y alcances de los planes que en ese contexto ahora han empezado a realizarse en nuestro país, sino el hecho de que estas transformaciones se han emprendido a tiempo y con la debida calidad. Esto es un mérito indudable del actual gobierno nacional, que en cortos tres años ha instrumentado con bajísimo costo social las transformaciones legislativas e institucionales requeridas tanto para asimilar el área canalera como para modernizar la estructura económica del país.
Esa no es una tarea de corto plazo y para culminar eficazmente su hechura y consolidación no bastarán éste y el próximo año. Ello reclama, como necesidad nacional, garantizar una continuidad de más largo plazo a este gobierno a su liderazgo y a su programa. Por ende, es lógico que esos observadores, así como la mayoría de los panameños sensatos, aspiren a que la actual conducción del país se prolongue por un quinquenio más. Y no porque ello pueda convenir a determinadas corrientes políticas, sino porque en esta coyuntura excepcional y única el completamiento de esa obra es una prioridad de interés nacional.
Máxime cuando las demás alternativas son cuando menos preocupantes, para decir lo menos. Parafraseando al poeta, al mirar alrededor, revuelvo la mirada con espanto, puesto que el hado sólo ha querido depararnos otros aspirantes presidenciales que serían verdaderas amenazas contra el adecuado cumplimiento de lo que aún falta por hacer.

101 años de Panamá América

 
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