¿Una tercera fuerza?
Panamá es un país de aproximadamente tres millones de habitantes. Nadie puede cuestionar que la mayoría somos panameños que hemos nacido en este terruño llamado el Istmo de Panamá. Una gran cantidad de extranjeros han encontrado en nuestras tierras medio propicio para desarrollarse individual, social, cultural y económicamente. Estos han llegado ante nuestras autoridades gubernativas a jurar, frene el altar de la Patria, su compromiso de ser llamados también hijos de Panamá: hablamos de los panameños por naturalización y por disposición constitucional. Muchos de ellos, conforme a las leyes de sus respectivos países, tienen que renunciar a sus nacionalidades, las de sus países de origen; otros conservan la doble nacionalidad. Pero también hay cientos y cientos de personas que, siendo extranjeros, nunca les ha interesado naturalizarse para ser tenidos también como hijos de esta nación. Tenemos, como es harto conocido, en lo que atañe a nuestra población, una gran heterogeneidad: criollos, mestizos, negros, blancos, sean judíos o españoles, descendientes de angloamericanos, algunos de franceses, chinos, árabes, haitianos, jamaiquinos, italianos, argentinos, brasileros, etc. En fin, como reza el Credo, Panamá es un crisol de culturas y de razas. Pero, los naturalizados o los extranjeros que nunca han querido serlo no paran de observar o advertir la gran incapacidad de los panameños nacidos en este terruño para organizarnos, defender el sentido de lo nacional y patriótico, y es así como censuran de los panameños por nacimiento un gran número de imprecisiones que van desde comportamientos o expresiones conductuales, hasta la algarabía que se forma desde las altas cúpulas del poder político, por cierto, muy folklóricas, y que desdicen mucho de nuestra identidad como individuos, como de la identidad propia del ser nacional.
Mucho se ha llegado a sostener también de qué tan rápido, y de modo muy fácil, solemos olvidar los tiempos y sus circunstancias, siendo que es asombrosa esta especie de pérdida de la memoria colectiva en la medida en que olvidamos con mucha facilidad, inclusive hechos de reciente data. ¿Hacia dónde queremos llevar este discurso? Pues, sencillamente, que desde que en este país se habla de la llamada “tercera fuerza”, término de cuya precisión y contenido desconfiamos, se ha pensado que es la gran fuerza, sumándole las notas de verdadera independencia, no amarrada a los tradicionales colectivos políticos, observadora silenciosa, reflexiva y determinante en las decisiones políticas. También hemos pensado en esa tercera fuerza como excluyente y enemiga declarada de aquellos que, cual constante, políticos criollos, caudillos de la política y dueños de partidos políticos, siempre han venido apareciendo en el escenario de la política nacional. No conceptuamos una tercera fuerza en los términos que ahora se nos pretenden vender: abanderando a un caudillo de la política, siendo que en su derredor también aparecen otros mogotes, como la gran panacea o alternativa a adoptar por la mayoría de los panameños, no comprometidos con ningún partido y de caras a hacerle frente a la bipolaridad partidista existente. No cabe la menor duda que eso que se ha dado en llamar un “fenómeno” no traduce sentido ni contenido. Partiendo de una premisa de pura lógica como la siguiente: Quien ha dirigido los destinos de una nación, apoyado por un partido político, buscando tolda política en otro, puede efectivamente representar los intereses de esa tercera fuerza. Como se puede advertir, se trata de un entimema, más bien de un epiquerema, plagado del argumento de lo absurdo. Quien ahora pretende liderar a la tercera fuerza, que en definitiva es la primera fuerza (el pueblo como soberano), busca perfecto acomodo en la rancia oligarquía que es la que ha mantenido el control de nuestro territorio y de nuestro pueblo. Han sido zigzagueantes en la participación política como en la participación del poder político. Su nombre no ha sido muy bien entendido, pues la conveniencia de una solidaridad es lo que al final del discurso cuenta para decidir la próxima actividad o contienda política. No se han respetado los verdaderos principios de una solidaridad, que no ve mayor interés que el de la defensa de los caros y altos intereses del conjunto social, divorciados de pretensiones personales al momento en que se distribuyen los altos cargos en el gobierno.
Ahora llama poderosamente la atención cómo durante casi cuatro años esos mogotes, tótem de la política, mantuvieron el más absoluto silencio, nada llegaron a decir de los graves problemas nacionales, nada les ha importado la cosa del ser nacional ni del estado panameño; sin embargo, ahora dicen que son puro pueblo. Como nunca se quejaron, no tienen derecho ahora a decir nada, porque todo discurso se les trastoca en lo que realmente es: política barata, demagogia, oportunismo.
El presente no implica un ataque personal a nadie. Pero sí traduce una arremetida a quienes, en el preludio de todo proceso electoral, salen como tigres rapaces, voraces, hambrientos, a reestructurarse para la defensa de intereses egoístas, personales, pero nunca en función de la Patria. Están carentes de ideales, de principios, de métodos y de metas.
Cómo, entonces, caer en el engaño, en la mentira, de que estamos viviendo un fenómeno. Termino citando a Kant: El fenómeno es siempre apariencial, lo que hay que desentrañar es el nóumeno, es decir, las esencias. Se requiere que de los mogotes que ahora salen a la palestra pública, con los tales, hagamos dialéctica, empezando por someterlos al escrutinio público de la demagogia y la falacia descarada que los identifica. Avestruces que creyendo esconderse de sus perseguidores, meten su cabeza en la arena, dejando el cuerpo a la mira y vista de los demás. Así son estos políticos rancios e insípidos, pues los hechos los denuncian como tales, aun cuando se enmascaren de presuntiva piedad y solidaridad.
Mucho se ha llegado a sostener también de qué tan rápido, y de modo muy fácil, solemos olvidar los tiempos y sus circunstancias, siendo que es asombrosa esta especie de pérdida de la memoria colectiva en la medida en que olvidamos con mucha facilidad, inclusive hechos de reciente data. ¿Hacia dónde queremos llevar este discurso? Pues, sencillamente, que desde que en este país se habla de la llamada “tercera fuerza”, término de cuya precisión y contenido desconfiamos, se ha pensado que es la gran fuerza, sumándole las notas de verdadera independencia, no amarrada a los tradicionales colectivos políticos, observadora silenciosa, reflexiva y determinante en las decisiones políticas. También hemos pensado en esa tercera fuerza como excluyente y enemiga declarada de aquellos que, cual constante, políticos criollos, caudillos de la política y dueños de partidos políticos, siempre han venido apareciendo en el escenario de la política nacional. No conceptuamos una tercera fuerza en los términos que ahora se nos pretenden vender: abanderando a un caudillo de la política, siendo que en su derredor también aparecen otros mogotes, como la gran panacea o alternativa a adoptar por la mayoría de los panameños, no comprometidos con ningún partido y de caras a hacerle frente a la bipolaridad partidista existente. No cabe la menor duda que eso que se ha dado en llamar un “fenómeno” no traduce sentido ni contenido. Partiendo de una premisa de pura lógica como la siguiente: Quien ha dirigido los destinos de una nación, apoyado por un partido político, buscando tolda política en otro, puede efectivamente representar los intereses de esa tercera fuerza. Como se puede advertir, se trata de un entimema, más bien de un epiquerema, plagado del argumento de lo absurdo. Quien ahora pretende liderar a la tercera fuerza, que en definitiva es la primera fuerza (el pueblo como soberano), busca perfecto acomodo en la rancia oligarquía que es la que ha mantenido el control de nuestro territorio y de nuestro pueblo. Han sido zigzagueantes en la participación política como en la participación del poder político. Su nombre no ha sido muy bien entendido, pues la conveniencia de una solidaridad es lo que al final del discurso cuenta para decidir la próxima actividad o contienda política. No se han respetado los verdaderos principios de una solidaridad, que no ve mayor interés que el de la defensa de los caros y altos intereses del conjunto social, divorciados de pretensiones personales al momento en que se distribuyen los altos cargos en el gobierno.
Ahora llama poderosamente la atención cómo durante casi cuatro años esos mogotes, tótem de la política, mantuvieron el más absoluto silencio, nada llegaron a decir de los graves problemas nacionales, nada les ha importado la cosa del ser nacional ni del estado panameño; sin embargo, ahora dicen que son puro pueblo. Como nunca se quejaron, no tienen derecho ahora a decir nada, porque todo discurso se les trastoca en lo que realmente es: política barata, demagogia, oportunismo.
El presente no implica un ataque personal a nadie. Pero sí traduce una arremetida a quienes, en el preludio de todo proceso electoral, salen como tigres rapaces, voraces, hambrientos, a reestructurarse para la defensa de intereses egoístas, personales, pero nunca en función de la Patria. Están carentes de ideales, de principios, de métodos y de metas.
Cómo, entonces, caer en el engaño, en la mentira, de que estamos viviendo un fenómeno. Termino citando a Kant: El fenómeno es siempre apariencial, lo que hay que desentrañar es el nóumeno, es decir, las esencias. Se requiere que de los mogotes que ahora salen a la palestra pública, con los tales, hagamos dialéctica, empezando por someterlos al escrutinio público de la demagogia y la falacia descarada que los identifica. Avestruces que creyendo esconderse de sus perseguidores, meten su cabeza en la arena, dejando el cuerpo a la mira y vista de los demás. Así son estos políticos rancios e insípidos, pues los hechos los denuncian como tales, aun cuando se enmascaren de presuntiva piedad y solidaridad.