Una votación asombrosa
Nunca deja de ser asombrosa la extraordinaria inteligencia colectiva del elector panameño, que se pone de manifiesto cada vez que examinamos los resultados que arroja la suma de su voto, la cual supera las limitaciones y absurdas disyuntivas que suele plantearle su clase política.
Cuando la democracia estuvo en peligro el año pasado por el referéndum de la reelección, se las arregló para disfrazarse de favorito y votar en contra, rechazando así una peligrosa tendencia que venía extendiéndose desde el Cono Sur a lo largo de todo el continente.
Medios extranjeros registraron con satisfacción el rechazo de la fórmula mediante un voto abrumador y contundente, como para que nadie osara intentarlo otra vez. La reelección presidencial inmediata habría eliminado el único contrapeso legal, - la limitación a cinco años -, frente a un poder presidencial omnímodo, legado de una constitución autoritaria, heredada de los militares.
La del domingo pasado fue más asombrosa y difícil. El elector panameño quería un cambio, un giro social y humanizado ante una globalización económica que juzgaba asfixiante y que propició intolerables niveles de pobreza y desempleo. Pero la clase política le presentó el cambio en dos opciones, representadas en sendas alianzas de oposición, una novedosa y otra tradicional.
A la postre, cual diestro cirujano, el elector dividió cuidadosamente sus votos, premiando a la propuesta novedosa de Alberto Vallarino con un número estimulante de votos, - los suficientes para perseverar, si se tiene vocación -, como en su momento hizo con Rubén Blades -; pero al mismo tiempo optó mayoritariamente por la oposición tradicional de Mireya Moscoso, justo por el margen necesario para conjurar un fraude, pero no demasiado para un triunfalismo inconveniente.
A renglón seguido, otorgó a la opción del remozado oficialismo de Martín Torrijos votos aleccionadores para un joven que demostró buenas cualidades, en volumen también generoso, para asegurarle no la victoria pero sí una presentación más que honrosa, con un claro mensaje de mejores perspectivas futuras si persiste en el buen camino, se supera y madura.
Y por último, el colmo de la inteligencia. Consciente de su amarga experiencia reciente con un Ejecutivo fuerte y un Legislativo sumiso, otorgó a la futura oposición el control de la Asamblea, como freno y contrapeso recíproco de cualquier exceso, en una correlación y equilibrio de fuerzas distinta, que ni la Constitución ni las leyes aseguraron jamás.
Cuando la democracia estuvo en peligro el año pasado por el referéndum de la reelección, se las arregló para disfrazarse de favorito y votar en contra, rechazando así una peligrosa tendencia que venía extendiéndose desde el Cono Sur a lo largo de todo el continente.
Medios extranjeros registraron con satisfacción el rechazo de la fórmula mediante un voto abrumador y contundente, como para que nadie osara intentarlo otra vez. La reelección presidencial inmediata habría eliminado el único contrapeso legal, - la limitación a cinco años -, frente a un poder presidencial omnímodo, legado de una constitución autoritaria, heredada de los militares.
La del domingo pasado fue más asombrosa y difícil. El elector panameño quería un cambio, un giro social y humanizado ante una globalización económica que juzgaba asfixiante y que propició intolerables niveles de pobreza y desempleo. Pero la clase política le presentó el cambio en dos opciones, representadas en sendas alianzas de oposición, una novedosa y otra tradicional.
A la postre, cual diestro cirujano, el elector dividió cuidadosamente sus votos, premiando a la propuesta novedosa de Alberto Vallarino con un número estimulante de votos, - los suficientes para perseverar, si se tiene vocación -, como en su momento hizo con Rubén Blades -; pero al mismo tiempo optó mayoritariamente por la oposición tradicional de Mireya Moscoso, justo por el margen necesario para conjurar un fraude, pero no demasiado para un triunfalismo inconveniente.
A renglón seguido, otorgó a la opción del remozado oficialismo de Martín Torrijos votos aleccionadores para un joven que demostró buenas cualidades, en volumen también generoso, para asegurarle no la victoria pero sí una presentación más que honrosa, con un claro mensaje de mejores perspectivas futuras si persiste en el buen camino, se supera y madura.
Y por último, el colmo de la inteligencia. Consciente de su amarga experiencia reciente con un Ejecutivo fuerte y un Legislativo sumiso, otorgó a la futura oposición el control de la Asamblea, como freno y contrapeso recíproco de cualquier exceso, en una correlación y equilibrio de fuerzas distinta, que ni la Constitución ni las leyes aseguraron jamás.