Urbanismo de identidad
Hay pueblos y ciudades, que no se diferencian entre sí. Hay algunas, en cambio, que tienen un encanto único, un algo o mucho que las distingue de cualquier otra del mundo. Nueva Orleáns era un buen ejemplo de las últimas. Pero no sabemos cómo piensan reconstruirla, cuando su gracia estaba hasta en lo feo.
Nueva York es otra ciudad con vida propia. Si la miramos en detalle, es horrible y vieja; con sus edificios grises, cubiertos con infinitas capas de hollín. Pero, al poco tiempo de estar en ella, es imposible no ser cautivado por sus contrastes. Nada supera caminar por sus calles, visitar sus teatros, respirar el aroma de su Parque Central, dejarse llevar por su historia.
Igual cabe decir de París, Bejing, Estambul y Hamburgo. La última, cuentan los alemanes, hubo que reconstruirla, como todas sus ciudades, piedra por piedra, porque los bombardeos aliados las redujeron a polvo y arena. Con ayuda de viejos planos y fotos, las volvieron a levantar, hasta con sus defectos.
Miami, por su parte, ha sido el modelo de muchas ciudades hispanoamericanas. No en vano se le llama "capital de América Latina". Ella ha sido el espejo de casi todos los arquitectos y urbanistas panameños en las últimas cinco décadas. Y no está mal, salvo que no tomaron en cuenta diferencias palpables del medioambiente. Aquí llueve mucho más y hace más calor y, por tanto, los edificios de cristal quedan repletos de agua, por falta de aleros; y desperdician energía. Hicimos una tontería.
Pero no todo está perdido. Proponemos que los municipios sean más estrictos con los planos que aprueben, para preservar el urbanismo de identidad, aquel más acorde con nuestra historia, idiosincracia, raíces y medioambiente.
Debemos cuidar, en especial, la personalidad y riqueza arquitectónica de los pueblos de Azuero y Boquete, por mencionar algunos; lo que no significa detener el progreso. La ciudad de Santa Fe, en Nuevo México, es un buen ejemplo de ello, con su estilo de adobe, inspirado en su herencia mexicana.
Hagámoslo por el turismo, que es riqueza y, sobre todo, por nosotros mismos.
Nueva York es otra ciudad con vida propia. Si la miramos en detalle, es horrible y vieja; con sus edificios grises, cubiertos con infinitas capas de hollín. Pero, al poco tiempo de estar en ella, es imposible no ser cautivado por sus contrastes. Nada supera caminar por sus calles, visitar sus teatros, respirar el aroma de su Parque Central, dejarse llevar por su historia.
Igual cabe decir de París, Bejing, Estambul y Hamburgo. La última, cuentan los alemanes, hubo que reconstruirla, como todas sus ciudades, piedra por piedra, porque los bombardeos aliados las redujeron a polvo y arena. Con ayuda de viejos planos y fotos, las volvieron a levantar, hasta con sus defectos.
Miami, por su parte, ha sido el modelo de muchas ciudades hispanoamericanas. No en vano se le llama "capital de América Latina". Ella ha sido el espejo de casi todos los arquitectos y urbanistas panameños en las últimas cinco décadas. Y no está mal, salvo que no tomaron en cuenta diferencias palpables del medioambiente. Aquí llueve mucho más y hace más calor y, por tanto, los edificios de cristal quedan repletos de agua, por falta de aleros; y desperdician energía. Hicimos una tontería.
Pero no todo está perdido. Proponemos que los municipios sean más estrictos con los planos que aprueben, para preservar el urbanismo de identidad, aquel más acorde con nuestra historia, idiosincracia, raíces y medioambiente.
Debemos cuidar, en especial, la personalidad y riqueza arquitectónica de los pueblos de Azuero y Boquete, por mencionar algunos; lo que no significa detener el progreso. La ciudad de Santa Fe, en Nuevo México, es un buen ejemplo de ello, con su estilo de adobe, inspirado en su herencia mexicana.
Hagámoslo por el turismo, que es riqueza y, sobre todo, por nosotros mismos.