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Uribe: un triunfo esperanzador


Después del contundente triunfo de Alvaro Uribe, en el horizonte de nuestro hermano y vecino país, se observan los fulgores de una alborada que retrata el espíritu de un nuevo amanecer. Esa es la esperanza que se anida en los corazones de todos los hermanos colombianos que hoy después de un largo camino de tropiezos en su lucha por la paz comienzan a vislumbrar un haz de luz al final del túnel. Y esta esperanza se debe a que finalmente han comprendido que la búsqueda de la paz ineludiblemente pasa por el difícil, pero irremediable camino del ejercicio de la fuerza necesaria en una nación desangrada por más de 40 años de guerra.
Siempre he comentado que me resulta imposible pensar que 40 millones de colombianos vean perturbados sus anhelos de paz y convivencia pacífica por la insurgencia, el despropósito y la violencia en que se han comprometido un grupo de no más de otros cien mil colombianos desprovistos desde hace algún tiempo de legítimos fines políticos.
He tenido la experiencia de visitar por razones de negocios y turismo a ese hermoso país suramericano desde hace 15 años de manera frecuente, y he aprendido a conocer y querer a su gente. He cultivado excelentes amistades que me han enseñado la laboriosidad, ingenio, cultura y diversidad de un país que goza de grandes riquezas naturales, una industria altamente competitiva, un sector agropecuario que envidiarían otros países del continente, un comercio pujante y un desarrollado sistema jurídico, por decir lo menos. Sin embargo, estos factores poco han podido contribuir a evitar el gran éxodo de sus nacionales que diariamente salen de sus fronteras con un boleto mental de ida sin retorno por causa de las invivibles condiciones de orden público que son incapaces de garantizar la seguridad de los bienes, honra e integridad física de sus ciudadanos.
Si bien es cierto que el fenómeno de la violencia en ese hermano país no encuentra su fuente primigenia en un exclusivo sector, Uribe promete atender primariamente el problema en la fuente que lo institucionaliza, enfrentando los movimientos armados organizados, sin discriminar la ideología que los sustenta. Para ello no engrosara la vena de la confrontación armada como único recurso, sino que recurrirá también a la creación de un sistema jurídico de orden público dirigido a erradicar el fenómeno, mediante un combate permanente contra la corrupción, la politiquería y el clientelismo, males endémicos que han acompañado a todos los gobiernos del pasado reciente de la historia política colombiana.
Lo que desprendo de la lectura de los 100 puntos de Uribe es que este abogado de 49 años ha entendido que la forma más eficaz de procurar la transformación de Colombia, en la cuna del nuevo milenio, es reeditando al colombiano mismo, reprogramándolo mediante un proceso de metamorfosis cultural que sea capaz de provocar el surgimiento de un sentimiento colectivo de desprendimiento de la violencia como herramienta ineluctable de solución de conflicto, como lo ha sido hasta el presente, en todos los órdenes de la vida colombiana.
Pero, para sorpresa de muchos, el hoy Presidente electo, demostrando que es la Paz y no la guerra su verdadero objetivo nacional, en su primera alocución al país, una vez reconocido su triunfo por las autoridades electorales, se empina de su discurso electoral, proponiendo ante la faz del país, la participación de los organismos internacionales para que estos intermedien el proceso de paz, una vez se identifiquen claramente los objetivos de una negociación con los grupos irregulares armados, la cual debe partir de la base del cese de hostilidades.
Ojalá esta vez la insurgencia organizada acepte la convocatoria y se someta a un real proceso de paz que procure finalmente la deposición de la actitud belicista, su reinserción en la sociedad colombiana y la erradicación definitiva de todo vestigio de violencia organizada.
Colombia es una gran nación, hecho históricamente reconocido por los panameños desde que en 1821 decidimos por voluntad propia anexarnos a ella para procurarnos un mejor futuro, y sus connacionales tienen ahora, con renovados bríos, la gran oportunidad de darle a su país el sitial que se merece en el concierto de las naciones civilizadas.

101 años de Panamá América

 
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