Vacuna contra la pobreza
AL IGUAL QUE EL SIDA, la pobreza es una enfermedad que se transmite de madres a hijos, no tiene cura, es costosa y la persona que la padece es atacada por toda clase de enfermedades oportunistas.
Entre los males oportunistas que padecen los pobres están el hambre, la ignorancia y el desempleo. Como si fuera poco, existe otra larga lista de afectaciones que vienen como añadidura.
La lista es interminable y va desde tener que levantarse a las cuatro de la mañana para estar en el trabajo a las ocho; invertir días enteros haciendo fila para ser atendido por un médico, hasta complicaciones fatales como morir de parto, envenenado con un medicamento o atrapado en llamas dentro de un bus.
De manera análoga con pacientes enfermos de cáncer y SIDA, es necesario proporcionar al pobre tratamientos que alivien su dolor.
De allí la importancia que el Gobierno invierta en programas dirigidos a mitigar el hambre, aunque sabemos que son costosos, insostenibles a largo plazo y no resuelven el problema. La única forma para erradicar la pobreza es inmunizando a la población.
Lo que hace diferente el virus de VIH al de la pobreza es que para el primero, todavía no se ha encontrado una vacuna; mientras que contra la pobreza, no solamente existe la vacuna, sino que los ingredientes de la misma están a nuestro alcance. La fórmula es sencilla:
Un Estado con instituciones democráticas fuertes: Se obtiene con una mezcla de honestidad, voluntad y valentía;
Un gobierno eficiente: Se logra reduciendo considerablemente el tamaño del Estado, controlando el gasto, promoviendo el ahorro e incrementando las inversiones;
Un programa integral de salud: compuesto por el desarrollo de un plan de salud sexual y reproductiva; una campaña prevención de enfermedades; educación sobre nutrición y cuidado de nuestro cuerpo, conjuntamente con una importante inversión para lograr la adecuación de todos los centros y servicios de salud;
Un programa integral de educación: Mezcla de inversión millonaria para construir y equipar nuevas y mejores escuelas, capacitar adecuadamente a los educadores, planes de educación para la vida, formación en valores, capacitación vocacional, técnica y profesional.
La dificultad radica en que sin los dos últimos ingredientes (salud y educación), la vacuna no tiene ningún efecto, y que un Estado con instituciones fuertes y gobierno eficiente son indispensables para el desarrollo efectivo de los programas de salud y educación.
Aunque la fórmula de la vacuna es sencilla, para obtener la mezcla óptima se requiere no sólo de la voluntad de los actuales gobernantes sino también del compromiso y participación de quienes los reemplazarán en el ejercicio del poder y de todos los actores de la sociedad. Por eso no logro entender que los partidos políticos de oposición no estén participando del espacio que nos ofrece la mesa de diálogo, para discutir y aprobar el Plan Nacional de Desarrollo. Con su ausencia en la mesa del diálogo, los políticos de oposición no le están haciendo ningún daño al gobierno. No son los gobernantes de turno, sino los panameños menos afortunados quienes necesitan los cambios que el país requiere para su desarrollo. Con su ausencia, están demostrando poco interés en los problemas del país, o evidenciando su miopía política.
El buen político debe tener una visión a largo plazo. Después de todo, el proceso de vacunación es lento y se tendrá que desarrollar en varios períodos presidenciales sin interrupción. Si no lo iniciamos prontamente, el número de pobres seguirá aumentando y junto con éste, el hambre, la desnutrición, la ignorancia, el desempleo, el hacinamiento, la delincuencia y la inseguridad.
Obliguemos a nuestros gobernantes a actuar con determinación contra la enfermedad de la pobreza; exijamos vacunarnos contra ella y comprometámonos con el proceso de vacunación, no sea que esta enfermedad alcance niveles de una epidemia incontrolable e irremediable, que nos afecte a todos.
Es necesario que nos comprometamos con el proceso de vacunación para erradicar la pobreza, si no por solidaridad con los pobres, pensando en nuestro propio bienestar y seguridad.
¡Para luego es tarde!
Entre los males oportunistas que padecen los pobres están el hambre, la ignorancia y el desempleo. Como si fuera poco, existe otra larga lista de afectaciones que vienen como añadidura.
La lista es interminable y va desde tener que levantarse a las cuatro de la mañana para estar en el trabajo a las ocho; invertir días enteros haciendo fila para ser atendido por un médico, hasta complicaciones fatales como morir de parto, envenenado con un medicamento o atrapado en llamas dentro de un bus.
De manera análoga con pacientes enfermos de cáncer y SIDA, es necesario proporcionar al pobre tratamientos que alivien su dolor.
De allí la importancia que el Gobierno invierta en programas dirigidos a mitigar el hambre, aunque sabemos que son costosos, insostenibles a largo plazo y no resuelven el problema. La única forma para erradicar la pobreza es inmunizando a la población.
Lo que hace diferente el virus de VIH al de la pobreza es que para el primero, todavía no se ha encontrado una vacuna; mientras que contra la pobreza, no solamente existe la vacuna, sino que los ingredientes de la misma están a nuestro alcance. La fórmula es sencilla:
Un Estado con instituciones democráticas fuertes: Se obtiene con una mezcla de honestidad, voluntad y valentía;
Un gobierno eficiente: Se logra reduciendo considerablemente el tamaño del Estado, controlando el gasto, promoviendo el ahorro e incrementando las inversiones;
Un programa integral de salud: compuesto por el desarrollo de un plan de salud sexual y reproductiva; una campaña prevención de enfermedades; educación sobre nutrición y cuidado de nuestro cuerpo, conjuntamente con una importante inversión para lograr la adecuación de todos los centros y servicios de salud;
Un programa integral de educación: Mezcla de inversión millonaria para construir y equipar nuevas y mejores escuelas, capacitar adecuadamente a los educadores, planes de educación para la vida, formación en valores, capacitación vocacional, técnica y profesional.
La dificultad radica en que sin los dos últimos ingredientes (salud y educación), la vacuna no tiene ningún efecto, y que un Estado con instituciones fuertes y gobierno eficiente son indispensables para el desarrollo efectivo de los programas de salud y educación.
Aunque la fórmula de la vacuna es sencilla, para obtener la mezcla óptima se requiere no sólo de la voluntad de los actuales gobernantes sino también del compromiso y participación de quienes los reemplazarán en el ejercicio del poder y de todos los actores de la sociedad. Por eso no logro entender que los partidos políticos de oposición no estén participando del espacio que nos ofrece la mesa de diálogo, para discutir y aprobar el Plan Nacional de Desarrollo. Con su ausencia en la mesa del diálogo, los políticos de oposición no le están haciendo ningún daño al gobierno. No son los gobernantes de turno, sino los panameños menos afortunados quienes necesitan los cambios que el país requiere para su desarrollo. Con su ausencia, están demostrando poco interés en los problemas del país, o evidenciando su miopía política.
El buen político debe tener una visión a largo plazo. Después de todo, el proceso de vacunación es lento y se tendrá que desarrollar en varios períodos presidenciales sin interrupción. Si no lo iniciamos prontamente, el número de pobres seguirá aumentando y junto con éste, el hambre, la desnutrición, la ignorancia, el desempleo, el hacinamiento, la delincuencia y la inseguridad.
Obliguemos a nuestros gobernantes a actuar con determinación contra la enfermedad de la pobreza; exijamos vacunarnos contra ella y comprometámonos con el proceso de vacunación, no sea que esta enfermedad alcance niveles de una epidemia incontrolable e irremediable, que nos afecte a todos.
Es necesario que nos comprometamos con el proceso de vacunación para erradicar la pobreza, si no por solidaridad con los pobres, pensando en nuestro propio bienestar y seguridad.
¡Para luego es tarde!