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Valor del pasado histórico


Esa gran maestra del Universo que es la Historia, nos ofrece, en sus voluminosos memoriales, innumerables episodios: unos que estimulan y convidan a imitarse por las buenas enseñanzas que nos facilitan; y otros que afligen el ánimo y angustian el corazón. Luchas fraticidas, guerras desoladoras y crueles, conflictos bélicos inhumanos, frutos todos de la discordia, de la incomprensión o de la arbitrariedad, han fundado la planta del odio y destruido la obra del progreso y de la civilización.

Hay que volver los ojos al pasado, no para retroceder en el tiempo, cuya corriente es irreversible, sino para avanzar hacia el porvenir sobre un derrotero seguro. Para muchos, pasado se identifica con tradición, y tradición suena en sus oídos a cosa muerta. He aquí otro craso error, producido por la falta de sentido crítico y de perspectiva histórica. La tradición, bien entendida, no es sinónimo de valores que han caducado. Por el contrario, es algo vivo, en cuanto representa experiencia orientadora, sabiduría decantada y de aplicación intemporal. Claro que no todo lo pretérito sigue siendo igualmente válido.

Un pueblo con misión no debe confundirse con lo que algunas concepciones surgidas en el curso de la historia han significado: locura egocéntrica, megalomanía individual y colectiva que mueve a los conductores de masas a suponerse investidos de un papel mesiánico y a sus seguidores a sentirse los instrumentos ciegos de esa predestinación. Tradición no quiere decir tiempo inmóvil, culto obligatorio a las cosas y a las normas que han periclitado, sino el acarreo hacia el presente, a fin de proyectarlos hacia el futuro, de los valores, instituciones, preceptos y ejemplos de imprescriptible vigencia que ofrecen las edades transcurridas, esas edades cuyos hombres y mujeres han trabajado esforzadamente para enseñar a las generaciones por venir.

Los hombres, como los pueblos, deben conocer su pasado e interesarse por él para vivir rectamente su presente y marchar con paso seguro hacia el mañana. El pasado es una dimensión más de nuestra vida. No es solo una porción ya consumida de tiempo, un montón de cenizas que el viento dispersará en el aire. No; es algo que sigue existiendo en nuestro alrededor y dentro de nosotros. Podemos a veces tenerlo olvidado, pero no por ello dejar de gravitar menos sobre nuestros actos, nuestras ideas, nuestros sentimientos, sobre lo que deseamos y rechazamos.

Sirvan estas reflexiones históricas para reconocer el esfuerzo realizado por la Comisión Organizadora de la exposición “Panameños Ilustres” que se exhibe en el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz. Sería plausible que la muestra permaneciera por más tiempo, ampliando el número de “Panameños Ilustres” (de ayer y hoy) que cuenta la Nación panameña, y con el apoyo del Gobierno Nacional (MEDUCA), institución responsable de la educación integral de los panameños.

101 años de Panamá América

 
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