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Valorar la educación


Valorar dentro de un contexto global el resultado de un proceso educativo esencialmente formativo por su dimensión y grado de complejidad, viene siendo el centro de discusión y de atención en nuestra era contemporánea. La estructura económica y social que condiciona y limita el sistema educativo, la preparación académica y profesional que crea distintos niveles jerárquicos; el elemento humano con el cual se trabaja que es la razón de ser de la escuela; la necesidad de evaluar la educación con amplia visión de conjunto o de sistema, y la educación como un hecho social, resulta ser una acción educativa muy comprometida y sensible a la actitud política imperante. Especialmente en nuestros tiempos, las condiciones anteriormente señaladas en que se desenvuelve la educación, son las que hacen que operen fuerzas encontradas que crean conflictos en los distintos niveles del sistema educativo, que requiere, para su formal funcionamiento, una diversidad de elementos humanos sin los cuales es imposible regular el proceso. Estos son los factores en esencia que a nuestro juicio, hacen que la educación desde el punto de vista operativo y funcional, resulte altamente polémica, para todos los que nos hemos vinculado directa o indirectamente con la educación nacional.
En este momento, más que en ningún otro, la educación se ha convertido en un proceso social fundamental para el bienestar de nuestra sociedad y es única, en el sentido que es más decisiva que cualquiera otra clase de actividad. Esta condición y perspectiva de la educación, según algunos estudiosos en la materia, parece que tiende a incrementarse más que disminuir. Si tenemos en cuenta también que la educación tiene trascendencia pública más que ninguna otra actividad social, por ello las relaciones naturales de la educación con el público son notorias desde diferentes puntos de vista, muchas veces en conflicto. Esto es así, porque la educación nace y se desarrolla en la sociedad y por consiguiente, no es extraña a la evolución de los tiempos.
La historia nos señala que siempre la educación ha estado vinculada y ligada a las características de los pueblos y la misma ha respondido al pensamiento de la época. Lo trascendente y fundamental de la educación es que por medio de ella existe, la posibilidad de llegar a capitalizar los mejores anhelos y aspiraciones, lo que se logra, asumiendo una personalidad vigorosa y eminente para lo que se requiere una serie de ideas y de fuerzas que vienen a constituir lo que se ha dado en llamar la voluntad. Esa voluntad precisamente debe ser demostrada por la niñez y la juventud en sus años de estudios donde indudablemente han de enfrentarse a muchas y variadas dificultades académicas que con esfuerzos individuales y colectivos, lograrán superar. Nuestros niños y jóvenes deben continuar experimentando el impulso de la superación y luchar por el mejoramiento de sus condiciones de vida y sentir en su interior brotes de anhelo y aspiraciones de querer ser. Los padres de familia, por su parte, deben entender que educar es mirar hacia un fin y comprender su realización. Así padres de familia y escuelas han de afrontar unidos el compromiso de promover la formación de presentes y generaciones venideras, quienes deben aprender a asumir responsabilidades, tomar decisiones y luchar activamente por lo más valioso y digno que les pueda ofrecer la vida. Hoy más que nunca es preciso trabajar unidos como comunidad educativa para desarrollar en nuestra juventud, la capacidad de enfrentar, y conciliar en este mundo tan cambiante, lo nuevo con lo viejo; los valores culturales que nacen, con lo que a lo largo de los tiempos, han demostrado su vigor para de esta manera, integrar la tradición con el cambio y así dar una significación humana a las conquistas de la ciencia y la tecnología.
La sociedad y el mundo de hoy demanda de los Padres de Familia y de la Escuela, considerar al joven como un sujeto y no como un objeto del proceso educativo. El joven tiene el derecho de exigir a la comunidad panameña que se organice especialmente en este año el Centenario de la República, para proveerles programas educativos y culturales para que nuestros jóvenes se conviertan en sus principales beneficiarios.
La ciencia y la tecnología avanzan tan aprisa que nos arrastran hasta extremos alarmantes. Tal vez una de las misiones que debemos cumplir juntos los padres y educadores de nuestro país, es la de proporcionar a estudiante los instrumentos más idóneos para comprender este mundo que nos toca vivir. Para ello el requisito impostergable es de ubicarnos nosotros los adultos, dentro del mundo real que el joven de hoy debe de afrontar. ¿Podríamos acaso ayudarlos a ser hombres y mujeres maduros en este tiempo y en el tiempo que les toque vivir, si antes nosotros no llegamos a interpretar los cambios vertiginosos de esta época? La idea anterior nos lleva a reflexionar sobre una educación permanente para todos porque la educación se inicia con el nacimiento y termina con la muerte. Cada día se aprende algo nuevo. Precisa entonces la necesidad de proporcionar mayor servicio de orientación educativa a los Padres de Familia, quienes obligados por la época a cumplir eficientemente su papel de jefes de familia, deben prepararse para interpretar la realidad y el ambiente que rodea a sus hijos. Solamente así la escuela podrá ser definida como la escuela de la comunidad, para la comunidad y en la comunidad y una educación para la vida.
Hoy se sostiene que la educación es esencialmente humana por su concepción psicológica y natural que como tal, tiende al desarrollo, a la evolución y a la plenitud del ser y no al adiestramiento o a la adaptación. Tenemos que aplicar el proceso de la educación con una proyección futurista, con una perspectiva tendiente a seguir una dirección dentro de fines u objetivos definidos, que impulse a nuestra niñez y juventud hacia una realización personal firme y duradera.

101 años de Panamá América

 
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