Valoremos el tiempo de los trabajadores
Uno de los temas que mantendrá a Panamá en el subdesarrollo a pesar de todos los megaproyectos es, sin duda, el transporte colectivo.
No existe un país de primer mundo que no tenga un sistema confiable para movilizar las grandes mayorías de los trabajadores quienes, como las abejas, son los que hacen crecer el panal y producen la miel; en pocas palabras, son los que mueven las economías.
Un trabajador debe levantarse a las 4:00 de la madrugada para poder estar con suerte en el sitio de la obra a las 7:00 a.m.; igual le sucede a su regreso a casa. O sea que dedica seis horas en el tránsito para trabajar ocho. El rendimiento laboral, horas/hombre, es esencial de la competitividad de un país.
No tengo espacio para ampliar sobre otros daños colaterales como la frustración de los usuarios haciendo filas, enfermedades a causa de las inclemencias del tiempo, momentos no dedicado a los hijos y el peligro para las vidas a causa de buses defectuosos y conductores irresponsables. Pero creo oportuno darles un ejemplo concreto de lo que sufren nuestros compatriotas.
Hasta hace poco yo tenía una secretaria cuyo domicilio era en La Chorrera, me explicaba ella lo siguiente: Se levantaba a las cuatro de la mañana, y después de arreglarse y dejar el desayuno de la niña listo, salía a las cinco con su paraguas en mano caminando tres kilómetros a la parada más cercana; con suerte, a la media hora lograba subir al bus rumbo a la Avenida de Los Mártires. Pocas veces encontraba un sitio donde sentarse y el hacinamiento causaba toda clase de abusos por el roce de los cuerpos con el movimiento del vehículo; era una constante lucha para mantener su integridad y evitar el contagio de malos olores causados por el calor. A las seis y media, después de caminar cinco cuadras y hacer otra fila, tomaba el segundo bus en Calidonia rumbo a Calle 50 donde debía caminar otras tres cuadras para estar, si las inclemencias del tiempo lo permitían, a las siete y media de la mañana en el trabajo. Como era de esperar, llegaba a la oficina cansada, frustrada, mojada o ultrajada, o una combinación de todas.
Nuestra economía está en franco crecimiento, son miles los millones de inversiones en viviendas, edificios y mega proyectos. Pero pasan los gobiernos y no existe la voluntad política de tomar las decisiones que este grave problema amerita. A pesar de las quejas de los usuarios y pérdida de vidas, el grupo de transportistas organizados y sus diputados en la Asamblea insisten en mayores canonjías.
El asunto es que funcionamos con programas políticos quinquenales de elección en elección y un proyecto para resolver el transporte colectivo tomaría más de diez años. Resulta más fácil y rápido invertir 190 millones en una Cinta Costera o gastar 70 millones en buses y ganarse una comisión, que planificar y construir una red vial para trenes eléctricos. Seguimos, entonces, echando por la borda el tiempo y la calidad de vida que a diario pierden nuestro más importante recurso: el humano.