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Van Eijn Rembrandt


Este genial famoso pintor y grabador holandés (1606-1669) fue un prolífico artista cuyos cuadros están diseminados en diferentes países y galerías. Fue asombrosamente diestro en el dibujo. En una ocasión asistió a una cena que ofreció un señor a varios de sus amigos. Al sentarse a la mesa advirtieron que no había sal ni tampoco quedaba algo de ella en la cocina. El anfitrión envió de inmediato a un criado a comprarla y dijo a sus huéspedes que no tardaría. Mientras lo esperaban, Rembrandt dibujó rápidamente los rostros de cada uno de los presentes y les dijo que todo pintor debía dibujar con la misma rapidez durante tres o cuatro horas diariamente.

Manejó magistralmente la combinación de los colores en sus cuadros con una muy particular técnica secreta que guardaba con especial celo. Le resultaba inquietante que alguien se acercara mucho a ellos para observarlos con detenimiento, como si escudriñara. A una persona que se mantenía durante buen rato contemplando una de sus obras, le dijo: "Disculpe usted. La pintura se hacer para ser mirada y no para olerla. El olor de la pintura es perjudicial para la salud".

En otra ocasión, un rico personaje le solicitó hacerle un retrato. Se lo hizo. Terminado el trabajo, al señor no le gustó y le dijo: "Pintáis muy bien, pero no acertáis en cuanto al parecido". Rembrandt le dijo que no se preocupara, que no se lo pagara y él se lo vendería a otra persona. "Eso no. Tratemos unas sesiones más para mejorar el cuadro", le dijo el interesado. El pintor convino. Fijaron fecha para reanudar el trabajo. Un día antes a la primera visita para volver a posar, Rembrandt pintó en el piso una moneda de oro. Al llegar aquél, al verla se inclinó para recogerla y Rembrandt, riéndose, le preguntó: "¿Me diréis ahora que no acierto en el parecido?".

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