Venciendo sobre lo anticuado
La educación es punto importante en el desarrollo de Panamá, cuyo sistema es la base intelectual y moral de nuestros futuros profesionales. Por ello, nuestra atención debería volcarse en su perfeccionamiento, incursionado en ello cuidadosamente, abriéndonos a nuevas técnicas y avances para hacer de ésta un instrumento eficaz.
Puedo recordar con satisfacción los diferentes métodos de enseñanza en una escuela americana en Denver, Estados Unidos, a la que asistí a comienzos de este año.
Ingresada como un softmore (cuarto año), participé en clases de Gramática, Geometría, Literatura, Química, entre otras, no menos importantes, como teatro y montaje. Muchas dudas inundaron mi cabeza cuando nuestra profesora de Matemáticas nos decía que construyéramos figuras geométricas, con palitos de madera, y los llamados “Jelly Beans” (frijoles de gelatina). Entre confusión, extrañeza, y pizca de fascinación, empecé a darles forma junto con otra compañera. Al verlas terminadas, sentí que volvía a mis ya lejanos años elementales.
Las clases en sí no eran agobiantes. Su composición por aula iba de 10 a 15 estudiantes. Los parciales eran claros, limitados a lo absolutamente necesario, sin trampas, ni complicaciones. Química, que como sabemos por opinión general, no es una de las asignaturas más agradables, aumentó mi asombro por lo interesante de su desenvolvimiento. Nos trasladaron a la biblioteca para que, por nuestra cuenta, investigáramos el elemento escogido. Una vez recolectada la información, debíamos usar nuestra creatividad y crear material visual. Con ello nos incitaban a ser individualistas, a investigar, a construir y buscar soluciones. Trabajo y recompensa se vieron reflejados al final de nuestra clase de Geometría, cuando llenos de satisfacción saboreábamos los dulces vértices. La exposición de carteles de todos los colores y estilos, con sus diferentes elementos, cambiaron totalmente la imagen que tenía respecto a la Tabla Periódica.
Ahora, detengámonos un momento a examinar nuestros más comunes métodos de enseñanza. Exámenes angustiosamente complicados, interminables listas de elementos y números, que por obligación, deben ser recitados una y otra vez con despiadada perfección. Largas horas de clases, en donde el alumno tiene la menor participación. Visitas a la biblioteca, que con suerte se dan una vez al año. Salones de 30 a 40 estudiantes, de los que sólo la mitad logra concentrarse. Sin mencionar el bombardeo constante de material, con el que se les ataca a los alumnos, para cubrir el plan de estudio de cada profesor. De ahí, surgen las llamadas “lagunas”, que reposan en las mentes de quienes son víctimas de esa obsesión por asfixiar con incontables temas, que además de tediosos, en su mayoría nunca llegan a ser comprendidos.
El avance de Panamá depende en gran parte de nuestra educación, que al igual que muchos pilares deben montarse en una base fuerte, para que logremos poco a poco alejarnos de lo anticuado y vencer sobre la ignorancia.
Puedo recordar con satisfacción los diferentes métodos de enseñanza en una escuela americana en Denver, Estados Unidos, a la que asistí a comienzos de este año.
Ingresada como un softmore (cuarto año), participé en clases de Gramática, Geometría, Literatura, Química, entre otras, no menos importantes, como teatro y montaje. Muchas dudas inundaron mi cabeza cuando nuestra profesora de Matemáticas nos decía que construyéramos figuras geométricas, con palitos de madera, y los llamados “Jelly Beans” (frijoles de gelatina). Entre confusión, extrañeza, y pizca de fascinación, empecé a darles forma junto con otra compañera. Al verlas terminadas, sentí que volvía a mis ya lejanos años elementales.
Las clases en sí no eran agobiantes. Su composición por aula iba de 10 a 15 estudiantes. Los parciales eran claros, limitados a lo absolutamente necesario, sin trampas, ni complicaciones. Química, que como sabemos por opinión general, no es una de las asignaturas más agradables, aumentó mi asombro por lo interesante de su desenvolvimiento. Nos trasladaron a la biblioteca para que, por nuestra cuenta, investigáramos el elemento escogido. Una vez recolectada la información, debíamos usar nuestra creatividad y crear material visual. Con ello nos incitaban a ser individualistas, a investigar, a construir y buscar soluciones. Trabajo y recompensa se vieron reflejados al final de nuestra clase de Geometría, cuando llenos de satisfacción saboreábamos los dulces vértices. La exposición de carteles de todos los colores y estilos, con sus diferentes elementos, cambiaron totalmente la imagen que tenía respecto a la Tabla Periódica.
Ahora, detengámonos un momento a examinar nuestros más comunes métodos de enseñanza. Exámenes angustiosamente complicados, interminables listas de elementos y números, que por obligación, deben ser recitados una y otra vez con despiadada perfección. Largas horas de clases, en donde el alumno tiene la menor participación. Visitas a la biblioteca, que con suerte se dan una vez al año. Salones de 30 a 40 estudiantes, de los que sólo la mitad logra concentrarse. Sin mencionar el bombardeo constante de material, con el que se les ataca a los alumnos, para cubrir el plan de estudio de cada profesor. De ahí, surgen las llamadas “lagunas”, que reposan en las mentes de quienes son víctimas de esa obsesión por asfixiar con incontables temas, que además de tediosos, en su mayoría nunca llegan a ser comprendidos.
El avance de Panamá depende en gran parte de nuestra educación, que al igual que muchos pilares deben montarse en una base fuerte, para que logremos poco a poco alejarnos de lo anticuado y vencer sobre la ignorancia.