¿Vender la casa de Punta Mala?
No vemos inconveniente alguno en que la Presidenta Moscoso aspire a comprar la mansión de descanso gubernamental de Punta Mala. Como bien recogimos en nuestra portada del domingo 27 pasado, su familia es propietaria de casi todas las tierras circundantes y, según afirma, su padre y abuelo, y hasta ella misma, vivió y tiene sus raíces allí. Eso hay que respetarlo y comprenderlo.
La forma misma como salió la casa del patrimonio de su padre, según lo dicho por la mandataria, por acción forzada y no voluntaria, apoya su aspiración. La misma le fue expropiada por el gobierno a pedido de Estados Unidos, que la usó como centro de comunicaciones y escucha a partir de los años 20.
En fin, si la idea es venderla, repetimos, no vemos por qué no puede comprala la mandataria. Y en cierta medida, sería hasta preferible que lo hiciera en forma transparente, bajo su nombre y no por intermedia persona, como sería fácil hacer. A ella asisten entendibles razones sentimentales.
Hay sin embargo un problema ético, que es el potencial conflicto de intereses que aconsejan explorar otra alternativa. La mandataria es la jefa de la Nación y, en consecuencia, ver a un subalterno suyo tramitar y evaluar pliegos de oferta, uno de los cuales sería el de la mandataria, podría verse mal. ¿Al promover la venta, sirve al país o se sirve a sí misma? Por otro lado, excluirla de la compraventa, pese a sus válidas razones expuestas, por el solo hecho de ser presidenta o sea de servir a su país, tampoco es del todo moralmente válido.
Pareciera otra vez que lo aconsejable es buscar otra fórmula. Pero antes de eso, si se insiste que lo más conveniente es venderla, ello debiera tener lugar en otro período presidencial, ajeno al actual que encabeza la mandataria. Si así se hace, ella podría participar sin reserva ética alguna, si la hubiere.
Otra alternativa es la que hemos propuesto antes, el conservar la casa como lo que es, un polo de desarrollo para una apartada región del país, papel que hemos desarrollado con mayor amplitud en el pasado. E incluso, nos atrevemos a plantear otra posibilidad, que es destinarla a un museo de la nacionalidad y del folclore, dedicado a la cultura azuerense y a sus ricos aportes históricos.
De ese modo, la mansión de Punta Mala, administrada por un patronato que podría presidir la propia mandataria o la familia Moscoso, dejaría al país y a su pueblo, para la posteridad, un legado imperecedero que irradiaría bienhechores efectos. Ella sería para Punta Mala lo que el "Museo de Gehry" para la Calzada de Amador, un invaluable punto de atracción turística, cultural e histórica.
La forma misma como salió la casa del patrimonio de su padre, según lo dicho por la mandataria, por acción forzada y no voluntaria, apoya su aspiración. La misma le fue expropiada por el gobierno a pedido de Estados Unidos, que la usó como centro de comunicaciones y escucha a partir de los años 20.
En fin, si la idea es venderla, repetimos, no vemos por qué no puede comprala la mandataria. Y en cierta medida, sería hasta preferible que lo hiciera en forma transparente, bajo su nombre y no por intermedia persona, como sería fácil hacer. A ella asisten entendibles razones sentimentales.
Hay sin embargo un problema ético, que es el potencial conflicto de intereses que aconsejan explorar otra alternativa. La mandataria es la jefa de la Nación y, en consecuencia, ver a un subalterno suyo tramitar y evaluar pliegos de oferta, uno de los cuales sería el de la mandataria, podría verse mal. ¿Al promover la venta, sirve al país o se sirve a sí misma? Por otro lado, excluirla de la compraventa, pese a sus válidas razones expuestas, por el solo hecho de ser presidenta o sea de servir a su país, tampoco es del todo moralmente válido.
Pareciera otra vez que lo aconsejable es buscar otra fórmula. Pero antes de eso, si se insiste que lo más conveniente es venderla, ello debiera tener lugar en otro período presidencial, ajeno al actual que encabeza la mandataria. Si así se hace, ella podría participar sin reserva ética alguna, si la hubiere.
Otra alternativa es la que hemos propuesto antes, el conservar la casa como lo que es, un polo de desarrollo para una apartada región del país, papel que hemos desarrollado con mayor amplitud en el pasado. E incluso, nos atrevemos a plantear otra posibilidad, que es destinarla a un museo de la nacionalidad y del folclore, dedicado a la cultura azuerense y a sus ricos aportes históricos.
De ese modo, la mansión de Punta Mala, administrada por un patronato que podría presidir la propia mandataria o la familia Moscoso, dejaría al país y a su pueblo, para la posteridad, un legado imperecedero que irradiaría bienhechores efectos. Ella sería para Punta Mala lo que el "Museo de Gehry" para la Calzada de Amador, un invaluable punto de atracción turística, cultural e histórica.