Venezuela: la estrategia de Chávez
Los primeros pasos del gobierno de Chávez han estado signados por un ambiente de confrontación. Ciertos conflictos eran previsibles: un gobierno que emerge, con amplio apoyo popular, contra el sistema de partidos que tradicionalmente ha gobernado a Venezuela tenía que producir, naturalmente, roces y disputas con los otros factores de poder que existen en el país. Pero lo que ha sucedido en estos dos meses es mucho más, al punto que los analistas sentimos que la confrontación está deliberadamente exagerada, que se la busca y magnifica, que se la usa como una forma de marcar las distancias contra un sistema político desprestigiado y obtener dividendos políticos inmediatos.
Esta sería la estrategia de Chávez: proyectar una imagen de hombre sin compromisos, dispuesto a todo, revolucionario y profundamente semejante al pueblo que pretende representar. De este modo, con su carisma personal intacto aún, podría obtener un resultado arrollador en el referéndum que se hará próximamente para convocar la Asamblea Nacional Constituyente, lograría una sólida mayoría en este cuerpo y, desde allí, consolidaría un poder personal sin contrapesos que le permitiría gobernar por lo menos diez años. Nada, en este caso, estaría apegado estrictamente a derecho, pero nada -tampoco- podría ser considerado completamente ilegal. Surgiría así un gobierno cívico-militar de corte autoritario pero con la bendición, indispensable en estos tiempos, de una constante mayoría popular.
Nadie puede afirmar hoy en Venezuela que éste es el plan del presidente, pero nadie tampoco está en condiciones de negar este escenario, que en muchos sentidos parece el más probable. Pero es bien sabido que las estrategias y las tácticas de los hombres -en la política, la guerra y casi todos los asuntos humanos- nunca pueden llevarse a cabo con la facilidad conque se ejecutan las obras de ingeniería. Existen otras fuerzas que también tienen sus propios objetivos y trazan sus planes, existen siempre variables que no es posible controlar.
Es muy probable que Chávez consiga un resultado favorable en el referéndum del 25 de abril pero, de allí en adelante, el escenario se complica. Sus declaraciones, muchas veces erráticas y confusas, sus marchas y contramarchas para mantener la confrontación pero sin llegar al enfrentamiento abierto, le han restado ya algo de la credibilidad y aceptación que tenía. La muy delicada situación económica del país conspira también contra una realización sin defectos de su posible estrategia. La popularidad del presidente depende, como es obvio, de los resultados que sus políticas procuren a la población, y si éstos no aparecen, como hasta ahora, su suerte en las urnas irá haciéndose cada vez peor. No hay que olvidar que, en definitiva, Chávez fue electo presidente con el 56% de los votos válidos, pero sólo el 36% del total del padrón electoral.
Si Chávez se atreve a romper con las políticas económicas que han llevado a Venezuela a ser el país de peor desempeño económico de Latinoamérica en las últimas dos décadas y, si al mismo tiempo, logra un mínimo de estabilidad que favorezca la inversión productiva, es bien posible que salga airoso de los meses conflictivos que se avecinan. Para ello tendría que modificar por completo su equipo económico, avanzar sin temor hacia la privatización de las empresas del Estado, reducir el empleo público y controlar la inflación. Debería, además, mantener el clima de confrontación dentro de ciertos límites, controlarse a sí mismo y evitar que las fuerzas de izquierda que hoy lo apoyan se desborden en una oposición que podría, al final, dirigirse contra él.
Pero si las reformas no llegan pronto, si la economía no despega o si, como puede suceder, los enfrentamientos políticos se agudizan más allá de cierto punto, todo vestigio de legalidad podría llegar a perderse en Venezuela. Su gobierno podría terminar abruptamente de varias maneras diferentes o el país podría sucumbir al caos de fuerzas encontradas e imposibles de controlar. Son escenarios catastróficos que, por prudencia, no deberíamos descartar del todo en el análisis. Por ahora, sin embargo, lo más razonable es esperar a ver cómo se desarrollan los dos procesos electorales que próximamente se llevarán a cabo en Venezuela.
Esta sería la estrategia de Chávez: proyectar una imagen de hombre sin compromisos, dispuesto a todo, revolucionario y profundamente semejante al pueblo que pretende representar. De este modo, con su carisma personal intacto aún, podría obtener un resultado arrollador en el referéndum que se hará próximamente para convocar la Asamblea Nacional Constituyente, lograría una sólida mayoría en este cuerpo y, desde allí, consolidaría un poder personal sin contrapesos que le permitiría gobernar por lo menos diez años. Nada, en este caso, estaría apegado estrictamente a derecho, pero nada -tampoco- podría ser considerado completamente ilegal. Surgiría así un gobierno cívico-militar de corte autoritario pero con la bendición, indispensable en estos tiempos, de una constante mayoría popular.
Nadie puede afirmar hoy en Venezuela que éste es el plan del presidente, pero nadie tampoco está en condiciones de negar este escenario, que en muchos sentidos parece el más probable. Pero es bien sabido que las estrategias y las tácticas de los hombres -en la política, la guerra y casi todos los asuntos humanos- nunca pueden llevarse a cabo con la facilidad conque se ejecutan las obras de ingeniería. Existen otras fuerzas que también tienen sus propios objetivos y trazan sus planes, existen siempre variables que no es posible controlar.
Es muy probable que Chávez consiga un resultado favorable en el referéndum del 25 de abril pero, de allí en adelante, el escenario se complica. Sus declaraciones, muchas veces erráticas y confusas, sus marchas y contramarchas para mantener la confrontación pero sin llegar al enfrentamiento abierto, le han restado ya algo de la credibilidad y aceptación que tenía. La muy delicada situación económica del país conspira también contra una realización sin defectos de su posible estrategia. La popularidad del presidente depende, como es obvio, de los resultados que sus políticas procuren a la población, y si éstos no aparecen, como hasta ahora, su suerte en las urnas irá haciéndose cada vez peor. No hay que olvidar que, en definitiva, Chávez fue electo presidente con el 56% de los votos válidos, pero sólo el 36% del total del padrón electoral.
Si Chávez se atreve a romper con las políticas económicas que han llevado a Venezuela a ser el país de peor desempeño económico de Latinoamérica en las últimas dos décadas y, si al mismo tiempo, logra un mínimo de estabilidad que favorezca la inversión productiva, es bien posible que salga airoso de los meses conflictivos que se avecinan. Para ello tendría que modificar por completo su equipo económico, avanzar sin temor hacia la privatización de las empresas del Estado, reducir el empleo público y controlar la inflación. Debería, además, mantener el clima de confrontación dentro de ciertos límites, controlarse a sí mismo y evitar que las fuerzas de izquierda que hoy lo apoyan se desborden en una oposición que podría, al final, dirigirse contra él.
Pero si las reformas no llegan pronto, si la economía no despega o si, como puede suceder, los enfrentamientos políticos se agudizan más allá de cierto punto, todo vestigio de legalidad podría llegar a perderse en Venezuela. Su gobierno podría terminar abruptamente de varias maneras diferentes o el país podría sucumbir al caos de fuerzas encontradas e imposibles de controlar. Son escenarios catastróficos que, por prudencia, no deberíamos descartar del todo en el análisis. Por ahora, sin embargo, lo más razonable es esperar a ver cómo se desarrollan los dos procesos electorales que próximamente se llevarán a cabo en Venezuela.