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Venezuela: paradojas de la oposición


Después de una impresionante marcha cívica que logró reunir a un millón de personas para pedir la renuncia del presidente, podría pensarse que la oposición venezolana atraviesa ahora su mejor momento. No es así, sin embargo: suele suceder que en los triunfos se aprecian mejor las debilidades de las personas y de las fuerzas políticas. Lo que caracteriza a la oposición en Venezuela, igual que en la Nicaragua sandinista, es su increíble variedad y dispersión. No enteramente en broma se dice aquí que su verdadero jefe es Hugo Chávez porque sólo él es capaz de unirla, de darle un propósito único y directo. El hecho es que hoy piden la renuncia del presidente muchos de sus antiguos compañeros de armas que comparten sus mismas ideas, la izquierda democrática y buena parte de la marxista, los ciudadanos comunes que poco entendían de política, los partidos y grupos centristas o de centroderecha y una amplia gama de asociaciones vinculadas a las más diversas causas. Todos coinciden en que la salida de Chávez es imprescindible para traer calma y reorganizar el país. Es verdad que se ha logrado formar una Coordinadora Democrática que agrupa a trece partidos y decenas de grupos, pero se trata de una unión endeble, de un mero acuerdo coyuntural para tratar de encontrar vías de transición hacia nuevos horizontes.
Hay dirigentes que estarían dispuestos a pactar una transición -aún manteniendo al mismo Chávez- si se les diera la oportunidad de asumir la vicepresidencia; hay algunos que no tienen apuro, pues esperan aumentar sus fuerzas y consolidar su posición para el incierto futuro; existen otros que están decididos a luchar pero que -tal vez por prudencia, tal vez por miedo a la violencia- no alcanzan a comprender que las actuales instituciones venezolanas no son más que el recurso que ha utilizado Hugo Chávez para simplemente mantenerse en el poder. La oposición, según las encuestas recientes, posee hoy alrededor del 70% del apoyo ciudadano. De este amplio sector muy pocos son militantes partidistas, muy pocos aceptan de buen grado todo lo que proponen los más conocidos dirigentes.
Aproximadamente, la mitad está resuelta a emplear cualquier medio, absolutamente cualquiera, para librar al país de un hombre que es acusado hoy de malversación, de recibir donaciones ilegales para su campaña, de mandar disparar contra manifestantes desarmados, de connivencia con la guerrilla y los paramilitares colombianos en asuntos tan bajos como el secuestro.
Puede sorprender, y de hecho sorprende a los observadores extranjeros, que un tercio de la población venezolana piense en estos términos, pero a la gente no le importa demasiado la legalidad porque ya está acostumbrada a que se la viole constantemente o se la use sólo cuando le conviene a los gobernantes, ni cree en las instituciones porque éstas, también, son la simple fachada que se usa para mantener el poder. Atrapada entre el creciente descontento de la población y la recalcitrante conducta de Hugo Chávez la oposición tiene poco espacio de maniobra y debe producir, lo antes posible, algún tipo de solución a la crisis. Si no lo hace, la situación pronto se desbordará y Venezuela entonces entrará en una espiral de violencia que nadie desea, pero que resultará entonces inevitable.
*Corresponsal de la agencia AIPE.
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