default

Venezuela y la democracia


El domingo ocurrió algo inesperado: Chávez salió de nuevo victorioso en elecciones que los observadores internacionales consideraron legítimas y transparentes; como otrora detractor de su muy singular estilo de liderazgo, debo reconocer su contundente triunfo. Quizás opera en contra suya el que se comporte públicamente como un frenético caudillo, en especial cuando analizamos sus proyectos desde el prisma de nuestras letárgicas democracias.
El connotado periodista Olaciregui suscribió una crítica severa (El Panamá América, 17/8/2004) al mandatario venezolano donde apuntaba a las incongruencias existentes entre los supuestos intentos de transformar aquella democracia en un gobierno participativo y el letárgico paradigma de representatividad liberal que tenemos en tan alta estima. No cuestiono su preocupación, incluso me atrevería a estimarla como prudente, pero discrepo con su lógica; considero tales incongruencias necesarias y bienvenidas: La teoría política liberal desde sus orígenes se abrogó exclusividad en el uso e interpretación del concepto democracia; para el grueso de la población democracia significa la misma y trillada división tripartita del Estado, el ritual electoral periódico y formalista, y una diferenciación ortodoxa entre la esfera política y económica. En realidad, existen y existirán alternativas igual de válidas que respeten nuestros derechos más elementales.
Dada la imposibilidad de sintetizar en este espacio casi 400 años de historia, sólo me queda discrepar con la socio-historiografía tradicional cuando generaliza importantes procesos sociales y los arropa bajo un mismo manto. Contrario al sentido común histórico, muchas de las libertades que hoy tomamos por sentado son producto de largas luchas populares frente a los poderes constituidos en el Estado nacional liberal -son ilustrativas las actuaciones de los levellers y los diggers en la Inglaterra de Cromwell, y la vida y obra de Thomas Paine en EU para citar ejemplos de resistencia a la ideología autocrizante de las élites dominantes en los supuestos bastiones "naturales" del liberalismo.
Por otro lado, es redundante destacar que los derechos humanos de primera, segunda y tercera generación no son producto de la buena voluntad de los gobiernos signatarios de los instrumentos internacionales, aquellas garantías resultaron de dolorosas reinvindicaciones en contra de intereses que a veces parecieron invencibles: En los disturbios de Chicago en 1886, junto a Martin Luther King y su campaña de derechos civiles, la democracia siempre estuvo a lado de los desposeídos.
Democracia significa cosas diferentes para gente diferente; por tanto, es preciso no dejarse llevar por interpretaciones parcializadas, ajenas al concepto original -el demos, el pueblo-; democracia no significa delegar nuestros destinos cada quinquenio a un sector de la sociedad que goza de un arbitrario e irresponsable monopolio del poder público.
Quienes temen a la turba, lo hacen con el supuesto de que las masas, incultas, siempre necesitan de un liderazgo. A pesar que ese liderazgo a veces tiene matices populistas, quizás hasta demagógicos, como ocurre con Chávez, no olvidemos que el proceso de transformación en Venezuela apunta a democratizar la educación, fundamento primerísimo para lograr una democracia estable: Las "misiones" que impulsa Chávez, y también su proyecto de Universidad Bolivariana, buscan instruir a la población de sus derechos. Si el plan tiene éxito, el pueblo podrá tomar decisiones más razonadas y responsables; nada impide que en un futuro, si prosigue la estrechez económica en aquel país, la población decida buscar otras alternativas viables, incluso más progresistas que el proyecto chavista. Lo triste es que por ahora tales alternativas no existen, la oposición aún considera su derrota como una amenaza y desesperadamente busca reinstaurar el ancien régime cuando precisamente debe aprender de sus errores y ver que quizás, Venezuela está cambiando, con sus tumbos y tropiezos... para bien.
La Maestra Lolita ha partido y, con ella se encontrarán muchas otras maestras de su generación que la precedieron en el cumplimiento de la ley natural.
Las maestras Judith Plicet, Clement Correa, Celia Moreno y todas aquellas que al igual que tía Lolita y su hermana Carmen, llevaron siempre en sus manos y en su corazón "el libro vívida estrella que conduce hacia la redención"; que supieron hacer realidad la sabia enseñanza de Montaigne: "El niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender".
Se nos dice que en todo recuerdo hay una tristeza y, así es. Pero, también hay la alegría de haber podido tener cerca a seres tan bondadosos como mi tía Lolita, la Maestra Lolita.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América