A ver si nos entendemos
En varias ocasiones anteriores han surgido críticas cuando la Presidenta de la República ha dejado de asistir a encuentros internacionales de alto nivel que algunos "expertos" del patio han decidido atribuirle importancia extraordinaria. En esos casos, se ha dicho que nuestro país no debe marginarse de sus obligaciones internacionales o correr el riesgo de ser descorteses y hasta irresponsables. En otros momentos, éstos los más frecuentes, cuando la Primera Mandataria viaja se organiza un coro de críticos que estima que el viaje, sus costos y los integrantes de la delegación que la acompaña no se justifican.
Hace unos días, la presidenta Moscoso viajó a España para atender a la Cumbre de la Unión Europea y América Latina y el Caribe. Esta, a mi juicio, es una de las reuniones de más alto vuelo político y diplomático de la actualidad internacional. Su importancia y trascendencia son indiscutibles. A ella concurrieron, como han reseñado los despachos de la prensa internacional, los jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, porque todos eran conscientes de que debían estar presentes.
En Panamá, para contraste, tan pronto se anunció el viaje presidencial reaparecieron los sabihondos del patio para oponerse, buscándole todo tipo de inconvenientes, entre ellos el de su costo, que inflaron a su antojo y sin fundamentos. En las últimas décadas, algunas formas tradicionales de la diplomacia han venido sustituyéndose. Antaño era poco usual que los jefes de Estado se congregaran con la regularidad conque lo hacen ahora. Las denominadas cumbres presidenciales se dan tal vez con demasiada frecuencia, pero el valor de la mayoría de ellas es indiscutible.
El mundo ha entrado en una dinámica impuesta por la globalización que ha generado un ritmo que excede al de las épocas inmediatamente precedentes. Y los países que pueden ser más perjudicados por esa dinámica de decisiones que impulsan las naciones más desarrolladas son precisamente países como el nuestro que viven luchando para obtener de aquéllos el reconocimiento de las disparidades que les impiden competir en condiciones equitativas.
En la pasada Cumbre de Monterrey, los países de la Unión Europea se expresaron a favor de mayores ayudas, incluidas las financieras, para los países menos desarrollados. Aunque la agenda de la Cumbre de Madrid incluyó otros temas de relevancia, el seguimiento y concreción de ese aspecto específico, por sí solo, justificaba que nuestros jefes de Estado cruzaran el Atlántico para reunirse con los del continente europeo.
Encuentro por demás justificado que para atender a una cumbre en que se examinó un amplio espectro de las relaciones entre Europa y América Latina, incluyendo aspectos comerciales y turísticos tan vitales para nuestro desarrollo, en la delegación estuvieran presentes representantes de los sectores empresariales. La conveniencia de su participación es incuestionable. Los eternos profesionales de la crítica tal vez debieran ser un poco más cautos antes de lanzarse con apreciaciones prematuras que más bien parecen producto de la improvisación y no del análisis ponderado.
Como decía líneas atrás, tal vez las cumbres y reuniones en las que participan nuestros jefes de Estado debieran espaciarse un poco, pues existe la impresión, a veces justificada, de que se suceden con demasiada frecuencia. Pero ese es otro tema. Desde luego, que una reflexión colectiva para tratar de reducir el número de los encuentros en la cumbre y concentrar las agendas que en ellos se tratan, sería oportuna. Sin embargo, ese no es el caso de la Cumbre Europa-América, cuya oportunidad e importancia está fuera de toda discusión.
La libertad de opinar sobre los asuntos públicos, incluidas las relaciones internacionales, es un derecho que tenemos todos, pero la dirección de las relaciones exteriores no es una tarea colectiva sino de la exclusiva responsabilidad del Organo Ejecutivo. Y las gestiones en ese campo deben ser juzgadas por sus méritos y resultados, sin espacio para la subjetividad e intenciones políticas secundarias.
Hace unos días, la presidenta Moscoso viajó a España para atender a la Cumbre de la Unión Europea y América Latina y el Caribe. Esta, a mi juicio, es una de las reuniones de más alto vuelo político y diplomático de la actualidad internacional. Su importancia y trascendencia son indiscutibles. A ella concurrieron, como han reseñado los despachos de la prensa internacional, los jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, porque todos eran conscientes de que debían estar presentes.
En Panamá, para contraste, tan pronto se anunció el viaje presidencial reaparecieron los sabihondos del patio para oponerse, buscándole todo tipo de inconvenientes, entre ellos el de su costo, que inflaron a su antojo y sin fundamentos. En las últimas décadas, algunas formas tradicionales de la diplomacia han venido sustituyéndose. Antaño era poco usual que los jefes de Estado se congregaran con la regularidad conque lo hacen ahora. Las denominadas cumbres presidenciales se dan tal vez con demasiada frecuencia, pero el valor de la mayoría de ellas es indiscutible.
El mundo ha entrado en una dinámica impuesta por la globalización que ha generado un ritmo que excede al de las épocas inmediatamente precedentes. Y los países que pueden ser más perjudicados por esa dinámica de decisiones que impulsan las naciones más desarrolladas son precisamente países como el nuestro que viven luchando para obtener de aquéllos el reconocimiento de las disparidades que les impiden competir en condiciones equitativas.
En la pasada Cumbre de Monterrey, los países de la Unión Europea se expresaron a favor de mayores ayudas, incluidas las financieras, para los países menos desarrollados. Aunque la agenda de la Cumbre de Madrid incluyó otros temas de relevancia, el seguimiento y concreción de ese aspecto específico, por sí solo, justificaba que nuestros jefes de Estado cruzaran el Atlántico para reunirse con los del continente europeo.
Encuentro por demás justificado que para atender a una cumbre en que se examinó un amplio espectro de las relaciones entre Europa y América Latina, incluyendo aspectos comerciales y turísticos tan vitales para nuestro desarrollo, en la delegación estuvieran presentes representantes de los sectores empresariales. La conveniencia de su participación es incuestionable. Los eternos profesionales de la crítica tal vez debieran ser un poco más cautos antes de lanzarse con apreciaciones prematuras que más bien parecen producto de la improvisación y no del análisis ponderado.
Como decía líneas atrás, tal vez las cumbres y reuniones en las que participan nuestros jefes de Estado debieran espaciarse un poco, pues existe la impresión, a veces justificada, de que se suceden con demasiada frecuencia. Pero ese es otro tema. Desde luego, que una reflexión colectiva para tratar de reducir el número de los encuentros en la cumbre y concentrar las agendas que en ellos se tratan, sería oportuna. Sin embargo, ese no es el caso de la Cumbre Europa-América, cuya oportunidad e importancia está fuera de toda discusión.
La libertad de opinar sobre los asuntos públicos, incluidas las relaciones internacionales, es un derecho que tenemos todos, pero la dirección de las relaciones exteriores no es una tarea colectiva sino de la exclusiva responsabilidad del Organo Ejecutivo. Y las gestiones en ese campo deben ser juzgadas por sus méritos y resultados, sin espacio para la subjetividad e intenciones políticas secundarias.