Viajes y más viajes
Más allá de la alambicada figura del brazo, en los últimos meses, la presidenta ha realizado algunos viajes al extranjero que resultan muy ilustrativos respecto a esta cuestión. En materia de resultados, la preponderancia del cargo ha declinado, así como la responsabilidad de acogerse a la tolerancia y el consenso, y los asesores políticos no han hecho demasiado por reducir las torpezas al catalogarlos de escénicos y necesarios. Entre unos y otros se ha obligado a los ciudadanos a optar entre la adhesión sin matices a esta triste realidad o el rechazo visceral hacia esa institución disfrazada de "juego de té". La cuestión de los viajes se ha degenerado en ese tipo de cosas que no figuran precisamente entre las preocupaciones de la comunidad, que no suele tener ninguna relación con las intimidades de palacio, pero sobre las que es terriblemente fácil deslizarse por la pendiente de la demagogia.
El resultado de toda esta tensión no parece ser el alejamiento de la mayoría de los ciudadanos y de sus representantes políticos de la realidad presidencial. Muy por el contrario. Esto provoca que hasta acontecimientos como juntas de embarre o cortes de cinta se connoten políticamente y luego se embistan contra la opinión pública por ángulos no necesariamente los más prudentes para temas supuestamente de poca importancia para el país.
La Presidencia, como institución, está en horas bajas porque ha sido expoliada por una realidad que tiene como tesis lo emocional y no lo fundamental. Para ella lo importante es el destino de los viajes, sus acompañantes y no el contenido de lo que significará para el país su realización. Para muchos panameños sin prejuicios, el problema es que al carecerse de un enemigo natural, "ellos" mismos están creando uno a la medida. Más de 16 meses después de juramentarse a la actual administración, continúan justificando su inacción con pretextos referidos al pasado gobierno.
La Presidencia no es otra cosa que una fórmula de asimilación de las diferencias cuyas pretensiones básicas son la estabilidad social, la productividad, la reducción de la pobreza y la participación sin peajes ni reticencias en la gestión pública. Quien sea capaz de asumir la fórmula sin someterse a disquisiciones, sin excusas de cansancio o de necesidad de justificar los viajes que no tienen sentido para escapar de la realidad nacional, tendrá para el pueblo un futuro mejor y el Poder al alcance de la mano.
El resultado de toda esta tensión no parece ser el alejamiento de la mayoría de los ciudadanos y de sus representantes políticos de la realidad presidencial. Muy por el contrario. Esto provoca que hasta acontecimientos como juntas de embarre o cortes de cinta se connoten políticamente y luego se embistan contra la opinión pública por ángulos no necesariamente los más prudentes para temas supuestamente de poca importancia para el país.
La Presidencia, como institución, está en horas bajas porque ha sido expoliada por una realidad que tiene como tesis lo emocional y no lo fundamental. Para ella lo importante es el destino de los viajes, sus acompañantes y no el contenido de lo que significará para el país su realización. Para muchos panameños sin prejuicios, el problema es que al carecerse de un enemigo natural, "ellos" mismos están creando uno a la medida. Más de 16 meses después de juramentarse a la actual administración, continúan justificando su inacción con pretextos referidos al pasado gobierno.
La Presidencia no es otra cosa que una fórmula de asimilación de las diferencias cuyas pretensiones básicas son la estabilidad social, la productividad, la reducción de la pobreza y la participación sin peajes ni reticencias en la gestión pública. Quien sea capaz de asumir la fórmula sin someterse a disquisiciones, sin excusas de cansancio o de necesidad de justificar los viajes que no tienen sentido para escapar de la realidad nacional, tendrá para el pueblo un futuro mejor y el Poder al alcance de la mano.