¿Víctima o victimario?
Hemos estado asistiendo ocasionalmente a la celebración de la audiencia a Marcos Manjares. Hay otros sacerdotes que han sido más constantes en su asistencia y me remito a ellos para parecer más autorizados; sin embargo, expreso lo que me han compartido alguno de ellos.
Uno de ellos me comunicó que las cosas iban "ahí, ahí", haciéndome el gesto como de un empate. Otros dos me dijeron que sentían que si fuera el juicio en derecho, no habría duda de que se le hiciera justicia como espera todo el mundo a la víctima, pero como es por jurado de conciencia, lo ven difícil. Alegan que dado que el jurado formado por cinco mujeres y tres hombres hace esperar lo impredecible.
Con mi asistencia he comprobado que el juicio se lleva con toda seriedad dentro de los requerimientos del derecho procesal.
Lo que critican algunos comentaristas es que sienten que si se trata de un juicio privado se convierte en público con la participación mediática, ya que terminados los recesos son interpelados tanto el defensor, la querellante y el fiscal cuando no a algunos de los testigos o también a algunos de los asistentes como oyentes.
Comentan que hay un exceso en algunos medios, por buscar lo que llame la atención y "venda", es decir lo morboso que tanto atrae al público nuestro. Más aún, se convierte en un culebrón, o novela de mal gusto, por las interrupciones y algunos "exabruptos" de los protagonistas. En pocas palabras, un exhibicionismo como ejemplo para los estudiantes de Derecho.
Ya lo dijo la querellante McDonald que no se trata de un juicio a la Iglesia católica, ni al difunto Monseñor Jorge Isaac Altafulla Muñoz, sino al ex seminarista asesino confeso.
Sin embargo, dentro de la técnica de la defensa legítima según dicen los que entienden de los intersticios legales, fuera de honrosas excepciones, han desfilado testigos que se han expresado con mucha amargura contra miembros de la Iglesia católica, muchas veces exagerando y lógicamente falseando la verdad, en donde siendo católicos manchan la reputación de todos y violan el derecho a la buena fama que se merecen los jóvenes que estudian en el Seminario Mayor San José.
Pareciera un juicio a la Iglesia y a la víctima Altafulla y al Seminario.
Por lo que se escucha, el victimario, fuera de ser un genio, era lo más próximo a un santo.
En donde comprobamos que se le ha dado vuelta al asunto y el victimario hoy es la víctima y el muerto injustamente es calumniado y se le imputan toda clase de vejámenes.
¿Qué le está pasando a la sociedad panameña? Estamos enfermos. Se han perdido todos los valores y eso quedó en parte demostrado en las últimas elecciones en que un candidato a la reelección para legislador que tanto dio que hablar por salir en la televisión declarando su participación en un ilícito, obtuvo la mayor cantidad de votos.
Y ahora, un peligroso asesino confeso resulta ser candidato a la santidad y por los testimonios a veces contradictorios de que tenía carencias y que era un ser aislado e incomprendido y al mismo tiempo, otros testimonios lo presentan como una personalidad popular y querida de todos sus muchos amigos, y que tuvo delirios por la puridad y catarsis de los miembros del clero, comete un asesinato, corre la suerte de conmover a un jurado de conciencia para obtener un veredicto absolutorio y la culpa de todo los traumas y de todas las desviaciones la tiene una institución que proclama y busca el bien común espiritual y temporal de todos los creyentes.
Estamos preparados para lo impredecible.
Si lo condenan, oraremos por él y no nos alegraremos; lo seguiremos encomendando como lo hemos estado haciendo, a fin de que por lo menos pida perdón y se arrepienta.
Si lo absuelven, seguiremos orando por él. La Iglesia seguirá funcionando con sus miembros y con sus obras. Pero el caso de Jorge Altafulla seguirá clamando justicia al cielo. Porque sea lo que fuere, sea verdad o no lo que dicen los encuestados, sea o no verdad todas las acusaciones contra la Iglesia, nunca, nada ni nadie podrá justificar un homicidio tan planeado como el ocurrido el día de Pentecostés en la Iglesia de Guadalupe el 19 de mayo de 2002.
Uno de ellos me comunicó que las cosas iban "ahí, ahí", haciéndome el gesto como de un empate. Otros dos me dijeron que sentían que si fuera el juicio en derecho, no habría duda de que se le hiciera justicia como espera todo el mundo a la víctima, pero como es por jurado de conciencia, lo ven difícil. Alegan que dado que el jurado formado por cinco mujeres y tres hombres hace esperar lo impredecible.
Con mi asistencia he comprobado que el juicio se lleva con toda seriedad dentro de los requerimientos del derecho procesal.
Lo que critican algunos comentaristas es que sienten que si se trata de un juicio privado se convierte en público con la participación mediática, ya que terminados los recesos son interpelados tanto el defensor, la querellante y el fiscal cuando no a algunos de los testigos o también a algunos de los asistentes como oyentes.
Comentan que hay un exceso en algunos medios, por buscar lo que llame la atención y "venda", es decir lo morboso que tanto atrae al público nuestro. Más aún, se convierte en un culebrón, o novela de mal gusto, por las interrupciones y algunos "exabruptos" de los protagonistas. En pocas palabras, un exhibicionismo como ejemplo para los estudiantes de Derecho.
Ya lo dijo la querellante McDonald que no se trata de un juicio a la Iglesia católica, ni al difunto Monseñor Jorge Isaac Altafulla Muñoz, sino al ex seminarista asesino confeso.
Sin embargo, dentro de la técnica de la defensa legítima según dicen los que entienden de los intersticios legales, fuera de honrosas excepciones, han desfilado testigos que se han expresado con mucha amargura contra miembros de la Iglesia católica, muchas veces exagerando y lógicamente falseando la verdad, en donde siendo católicos manchan la reputación de todos y violan el derecho a la buena fama que se merecen los jóvenes que estudian en el Seminario Mayor San José.
Pareciera un juicio a la Iglesia y a la víctima Altafulla y al Seminario.
Por lo que se escucha, el victimario, fuera de ser un genio, era lo más próximo a un santo.
En donde comprobamos que se le ha dado vuelta al asunto y el victimario hoy es la víctima y el muerto injustamente es calumniado y se le imputan toda clase de vejámenes.
¿Qué le está pasando a la sociedad panameña? Estamos enfermos. Se han perdido todos los valores y eso quedó en parte demostrado en las últimas elecciones en que un candidato a la reelección para legislador que tanto dio que hablar por salir en la televisión declarando su participación en un ilícito, obtuvo la mayor cantidad de votos.
Y ahora, un peligroso asesino confeso resulta ser candidato a la santidad y por los testimonios a veces contradictorios de que tenía carencias y que era un ser aislado e incomprendido y al mismo tiempo, otros testimonios lo presentan como una personalidad popular y querida de todos sus muchos amigos, y que tuvo delirios por la puridad y catarsis de los miembros del clero, comete un asesinato, corre la suerte de conmover a un jurado de conciencia para obtener un veredicto absolutorio y la culpa de todo los traumas y de todas las desviaciones la tiene una institución que proclama y busca el bien común espiritual y temporal de todos los creyentes.
Estamos preparados para lo impredecible.
Si lo condenan, oraremos por él y no nos alegraremos; lo seguiremos encomendando como lo hemos estado haciendo, a fin de que por lo menos pida perdón y se arrepienta.
Si lo absuelven, seguiremos orando por él. La Iglesia seguirá funcionando con sus miembros y con sus obras. Pero el caso de Jorge Altafulla seguirá clamando justicia al cielo. Porque sea lo que fuere, sea verdad o no lo que dicen los encuestados, sea o no verdad todas las acusaciones contra la Iglesia, nunca, nada ni nadie podrá justificar un homicidio tan planeado como el ocurrido el día de Pentecostés en la Iglesia de Guadalupe el 19 de mayo de 2002.