Víctimas del engaño
En Panamá falta mucho tiempo para que otro presidente ocupe la silla presidencial; no obstante, pareciera que ya estuviéramos en plena campaña política.
Por esa razón mi hijo, de 12 años, me preguntó: “¿Papá, por quién tú vas a votar?”. Le contesté que por nadie, “ya yo no voto más para nada en este país”.
Desde las pasadas elecciones prometí no votar, y lo estoy cumpliendo. Ya comencé el día del referéndum para la ampliación del Canal de Panamá; no voté.
Seguidamente, él me preguntó: “Pero papá, ¿por qué tomaste esa decisión?” Le dije que “porque ya hemos probado con todo tipo de presidentes, entre ellos una mujer y nada. Siempre la misma historia, quieren lo ancho para ellos y lo angosto para el pueblo”.
Quizás más adelante prueben con un negro o un indio; pero de seguro será lo mismo, porque por lo que estamos viendo cada día la ambición de los políticos panameños incrementa.
Cada cinco años somos víctimas del engaño, pero a veces no tenemos la culpa de ser engañados sino que, como confiamos en Dios, abrigamos siempre la esperanza. Eso es lo que nos hace caer en el juego de la política una y otra vez.
Hacen varios años fui engañado por un candidato a quien le di el voto con los ojos cerrados, porque consideraba que era el presidente que necesitaba Panamá; porque tenía todas las cualidades necesarias para romper el esquema del político tradicional, que es la característica que me ha llevado a la frustración.
Ese era un joven de extracto humilde, muy popular; logró estudiar una buena carrera, hizo dinero honestamente, explotando sus habilidades. Conformó su propio partido, no se le podía pedir más nada; sin embargo, este candidato no ganó.
Seguí creyendo en él y lamentándome, porque el pueblo había perdido una oportunidad de oro. Sin embargo, al pasar el tiempo, me di cuenta que este candidato político no quería ganar las elecciones, lo que buscaba era dividir para favorecer a otro candidato.
Después de esa decepción, me disgusté un tiempo, pero volví a votar. Esta vez lo hice por civismo y porque me animaron varias personas que me decían: “vota, porque si no lo haces es peor”.
Finalmente mi hijo me pregunta: “Papá, ¿qué harás cuando comience la política, y nos visiten los candidatos para pedirnos el voto?” Le contesté: “Hijo, no te preocupes, que no voy a pelear con ellos; solamente les voy a decir: señores, vayan con Dios que yo ya no creo en los políticos de nuestro país, y para mí el hecho de no votar o votar no es peor ni mejor, es lo mismo.
Alejandro Tejeira Ramos
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