Victoriano: Mito y símbolo
El centenario del alevoso asesinato de Victoriano Lorenzo, guerrillero liberal durante la Guerra de los Mil Días, ha suscitado un repentino interés ciudadano, debido a la proximidad del centenario de la independencia republicana, a la cual se adelantó aquel suceso sangriento que ocurrió el 15 de mayo de 1903, cinco meses antes de la secesión independentista.
Pasados pocos meses de aquel día, el fusilamiento artero de Victoriano se debilitó en el recuerdo, dado su humilde origen y la significación de su guerrilla en la última lucha fratricida colombo-panameña que cerró nuestro siglo XIX.
Fueron aficionados a la historia y principalmente historiadores conservadores quienes, andando los años, comenzaron en los "30 y "40 a referirse a Victoriano Lorenzo y a su muerte, pero rememorando la versión de ese sector político que lo presentaba como un bandolero, cuatrero y sanguinario deudor de varios fusilamientos en la región central del interior panameño. Algunos intelectuales defendieron la personalidad histórica del guerrillero coclesano, y el gobierno torrijista intentó rescatarlo como luchador popular, le dio su nombre a un corregimiento de San Miguelito y hasta dictó una resolución en la que se consignaba que Lorenzo participó en más de cien combates en el Ejército Restaurador de 1900, dos afirmaciones totalmente inexactas.
En la dimensión que en nuestro criterio debe tener un artículo de periódico panameño, sólo es posible apuntar algunos hechos y significados de importancia. Carece de toda realidad atribuirle a Lorenzo la fama de General de cinco estrellas o la profundidad conceptual de un teórico del liberalismo décimonono. Discípulo a temprana edad del cura Antonio Jiménez, de Capira, aprendió Lorenzo a redactar con mucha propiedad, con un vocabulario preciso y con una letra de trazos elaborados por una mano entrenada, firme y segura. Conocemos de él varias cartas que prueban esa fama y su clara inteligencia expositiva. Su presidio de nueve años, por una lamentable disputa con un Pedro Hoyos, regidor en las montañas de Capira, lo invirtió en pulir sus dotes y los rudimentos militares que después tanto le servirían.
La Guerra de los Mil Días le dio oportunidad para hacer filas con los liberales panameños y colombianos en nuestro suelo, a cambio del ideal de mejores días para el cholo nacional que había poblado las laderas montañosas de la vertiente del Pacífico y que bajaba a los pueblos para intercambiar sus productos agrícolas y artesanales por mercancías e instrumentos que le faltaban en las soledades de agreste selva y dura tierra. Su guerrilla surgió casi espontáneamente, después de la derrota liberal del Puente de Calidonia (julio de 1900), a la cual se hicieron presentes las guerrillas de Manuel Patiño y de Manuel A. Noriega, que se activaron en las cercanías de Panamá hasta Chepo. El destacado estratega caucano y liberal Benjamín Herrera designó a Lorenzo, en febrero de 1902, General Jefe de la División Panamá, conservando Herrera la jefatura de la División Cauca, las dos columnas del llamado Ejército Unido del Cauca y Panamá, que inició su lucha bélica, viniendo Herrera y sus huestes del Ecuador, con el apoyo inicial de los liberales panameños.
Su natural don de mando, sus capacidades estratégicas y su valentía, características en Lorenzo, le convirtieron en factor importante en las dos batallas de Aguadulce (febrero de 1902 y julio de ese año), en que las fuerzas de Herrera salieron victoriosas y se adueñaron de toda las vertientes del Pacífico panameño, desde Chorrera hasta David, por largos meses. Derrotadas las últimas huestes liberales en Colombia (sector del Atlántico), en octubre de 1902, la Paz norteamericana del Winsconsin (21 de noviembre de 1902) le fue impuesta a Herrera, porque Silvas Casey, el vicealmirante del mencionado crucero, le cerró las puertas de Panamá y Colón, a fin de terminar las acciones bélicas en donde poco tiempo después comenzaría a excavarse el Canal estadinense en el Istmo.
El fusilamiento de Victoriano, un verdadero asesinato, producto de la felonía de los generales colombianos (Pedro Sicard Briceño y Alfredo Vásquez Cobo, Ministro de Guerra en Bogotá, en mayo de 1903), mientras cierto número de jefes liberales panameños se había trasladado al extranjero, temerosos por sus vidas, fue un capítulo trágico y sangriento, al final de los Mil Días. En aquella circunstancia, periodistas panameños defendieron públicamente a Lorenzo, en su condición de esforzado luchador popular. Pero unidades del viejo conservatismo continuaron teniéndolo por jefe de malhechores, ladrones y asesinos, cuando en esa época de guerra fratricida, hubo frecuentes excesos de parte y parte.
La polémica renovada de tiempo en tiempo permitió una depuración del legado de Victoriano. Y ese aquilatamiento recurrente se ha fortalecido en estas fechas del centenario de su asesinato y del centenario de la República, cuando no son necesarias alabanzas exageradas y hasta pasajes de una biografía televisada, que lo ridiculizan de forma mendaz y inexacta. La corta y legendaria vida de Victoriano, enfocada desde las perspectivas de los dos centenarios cercanos, lo convierte en indiscutible símbolo de la lucha popular, al lado de otros héroes y mártires del Istmo, que tienen su lugar de honor en la rotonda del patriotismo panameño.
* Periodista argentina, directora ejecutiva de la Fundación del Sur.
(c) www.aipenet.com
Pasados pocos meses de aquel día, el fusilamiento artero de Victoriano se debilitó en el recuerdo, dado su humilde origen y la significación de su guerrilla en la última lucha fratricida colombo-panameña que cerró nuestro siglo XIX.
Fueron aficionados a la historia y principalmente historiadores conservadores quienes, andando los años, comenzaron en los "30 y "40 a referirse a Victoriano Lorenzo y a su muerte, pero rememorando la versión de ese sector político que lo presentaba como un bandolero, cuatrero y sanguinario deudor de varios fusilamientos en la región central del interior panameño. Algunos intelectuales defendieron la personalidad histórica del guerrillero coclesano, y el gobierno torrijista intentó rescatarlo como luchador popular, le dio su nombre a un corregimiento de San Miguelito y hasta dictó una resolución en la que se consignaba que Lorenzo participó en más de cien combates en el Ejército Restaurador de 1900, dos afirmaciones totalmente inexactas.
En la dimensión que en nuestro criterio debe tener un artículo de periódico panameño, sólo es posible apuntar algunos hechos y significados de importancia. Carece de toda realidad atribuirle a Lorenzo la fama de General de cinco estrellas o la profundidad conceptual de un teórico del liberalismo décimonono. Discípulo a temprana edad del cura Antonio Jiménez, de Capira, aprendió Lorenzo a redactar con mucha propiedad, con un vocabulario preciso y con una letra de trazos elaborados por una mano entrenada, firme y segura. Conocemos de él varias cartas que prueban esa fama y su clara inteligencia expositiva. Su presidio de nueve años, por una lamentable disputa con un Pedro Hoyos, regidor en las montañas de Capira, lo invirtió en pulir sus dotes y los rudimentos militares que después tanto le servirían.
La Guerra de los Mil Días le dio oportunidad para hacer filas con los liberales panameños y colombianos en nuestro suelo, a cambio del ideal de mejores días para el cholo nacional que había poblado las laderas montañosas de la vertiente del Pacífico y que bajaba a los pueblos para intercambiar sus productos agrícolas y artesanales por mercancías e instrumentos que le faltaban en las soledades de agreste selva y dura tierra. Su guerrilla surgió casi espontáneamente, después de la derrota liberal del Puente de Calidonia (julio de 1900), a la cual se hicieron presentes las guerrillas de Manuel Patiño y de Manuel A. Noriega, que se activaron en las cercanías de Panamá hasta Chepo. El destacado estratega caucano y liberal Benjamín Herrera designó a Lorenzo, en febrero de 1902, General Jefe de la División Panamá, conservando Herrera la jefatura de la División Cauca, las dos columnas del llamado Ejército Unido del Cauca y Panamá, que inició su lucha bélica, viniendo Herrera y sus huestes del Ecuador, con el apoyo inicial de los liberales panameños.
Su natural don de mando, sus capacidades estratégicas y su valentía, características en Lorenzo, le convirtieron en factor importante en las dos batallas de Aguadulce (febrero de 1902 y julio de ese año), en que las fuerzas de Herrera salieron victoriosas y se adueñaron de toda las vertientes del Pacífico panameño, desde Chorrera hasta David, por largos meses. Derrotadas las últimas huestes liberales en Colombia (sector del Atlántico), en octubre de 1902, la Paz norteamericana del Winsconsin (21 de noviembre de 1902) le fue impuesta a Herrera, porque Silvas Casey, el vicealmirante del mencionado crucero, le cerró las puertas de Panamá y Colón, a fin de terminar las acciones bélicas en donde poco tiempo después comenzaría a excavarse el Canal estadinense en el Istmo.
El fusilamiento de Victoriano, un verdadero asesinato, producto de la felonía de los generales colombianos (Pedro Sicard Briceño y Alfredo Vásquez Cobo, Ministro de Guerra en Bogotá, en mayo de 1903), mientras cierto número de jefes liberales panameños se había trasladado al extranjero, temerosos por sus vidas, fue un capítulo trágico y sangriento, al final de los Mil Días. En aquella circunstancia, periodistas panameños defendieron públicamente a Lorenzo, en su condición de esforzado luchador popular. Pero unidades del viejo conservatismo continuaron teniéndolo por jefe de malhechores, ladrones y asesinos, cuando en esa época de guerra fratricida, hubo frecuentes excesos de parte y parte.
La polémica renovada de tiempo en tiempo permitió una depuración del legado de Victoriano. Y ese aquilatamiento recurrente se ha fortalecido en estas fechas del centenario de su asesinato y del centenario de la República, cuando no son necesarias alabanzas exageradas y hasta pasajes de una biografía televisada, que lo ridiculizan de forma mendaz y inexacta. La corta y legendaria vida de Victoriano, enfocada desde las perspectivas de los dos centenarios cercanos, lo convierte en indiscutible símbolo de la lucha popular, al lado de otros héroes y mártires del Istmo, que tienen su lugar de honor en la rotonda del patriotismo panameño.
* Periodista argentina, directora ejecutiva de la Fundación del Sur.
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