Vigencia de Don Justo
Decía el Dr. Diego Domínguez Caballero hace algunos años, que el pensamiento de Justo Arosemena es predominantemente ético. Y que para la solución de los problemas que agobian a los panameños necesitamos ser más prácticos. "No valen ni con mucho los preceptos, valen más los ejemplos y la formación de hábitos morales".
Don Justo Arosemena decía: "Se han agotado ya las suposiciones en materia de constitucionalismo, pues de todas clases han sido planteadas y siempre sin resultados". Y el profesor Domínguez preguntaba: "¿No es una reflexión sobre esta actitud panameña creer que con cambio de Constitución conseguiremos nuestro mejoramiento?".
Ambos juicios dan en lo esencial del modo de ser del panameño. Aquí, todavía, seguimos pensando que al destruir una cárcel en la que torturaban a los reclusos, y enviarlos a otras cárceles, se resolverá el problema humano que los afecta. Pero la cura está en algo mucho más profundo y sensitivo de nuestro modo de ser.
El panameño se ha vuelto muy formal (¿siempre fue así?). Para muchos, que se redacte una nueva Constitución, sería como la ilusión del náufrago por llegar a la isla paradisíaca y dejar atrás toda la zozobra y la tragedia del naufragio. Pero una nueva Constitución no es, ni será nunca, la salvación de nuestro país. Panamá sólo se salvará cuando los panameños seamos más decentes, más respetuosos de las palabras que existen dentro de la Constitución.
Debemos entender, de una vez y para siempre, que no se trata de hacer constituciones nuevas con cierta frecuencia histórica, sino respetar y vivir una situación nacional que rime con las excelencias de las letras constitucionales. De no ser así, las constituciones seguirán siendo letras muertas en nuestra vida nacional. Lo que necesitamos, insisto, con urgencia, es que en nuestro país haya un nuevo tipo de hombre más decente y responsable.
Si nos conformamos con bellas constituciones, nos pareceremos a los países que tuvieron dictadores como Juan Vicente Gómez, los Somoza y los Trujillo, que gobernaron con constituciones excelentes. Ellos no se preocuparon por hacer nuevas, y al mismo tiempo que llenaban las cárceles con sus adversarios y los torturaban, los desterraban y asesinaban, al mismo tiempo estaban "vigentes" los artículos de sus constituciones excelentes. Ellos no se preocuparon por hacer nuevas, y al mismo tiempo que llenaban las cárceles con sus adversarios y los torturaban, los desterraban y asesinaban, al mismo tiempo estaban "vigentes" los artículos de sus constituciones que expresaban la absoluta libertad que había en sus países para actuar y expresarse.
De un tiempo a esta parte, se aboga en Panamá por una constituyente que redacte una nueva Constitución. Creo que sí, debemos tener una nueva que reemplace a la que hizo la dictadura.
Pero, insisto en que, si creemos que esa nueva Constitución significaría la redención de nuestros problemas nacionales, en un país como Haití (el más atrasado del continente) harían una Constitución, teóricamente perfecta, y ya está: el pueblo haitiano se convertiría, por obra y gracia del nuevo estatuto legal, en un pueblo de avanzada, progresista y triunfador. Una vez más, como recomendaba Justo Arosemena: no se necesita con urgencia patriótica una nueva Constitución, sino la creación de un nuevo tipo de hombre panameño más decente y responsable. "Un Estado es gobernado mejor por un hombre bueno que por unas buenas leyes".
Aristóteles
Don Justo Arosemena decía: "Se han agotado ya las suposiciones en materia de constitucionalismo, pues de todas clases han sido planteadas y siempre sin resultados". Y el profesor Domínguez preguntaba: "¿No es una reflexión sobre esta actitud panameña creer que con cambio de Constitución conseguiremos nuestro mejoramiento?".
Ambos juicios dan en lo esencial del modo de ser del panameño. Aquí, todavía, seguimos pensando que al destruir una cárcel en la que torturaban a los reclusos, y enviarlos a otras cárceles, se resolverá el problema humano que los afecta. Pero la cura está en algo mucho más profundo y sensitivo de nuestro modo de ser.
El panameño se ha vuelto muy formal (¿siempre fue así?). Para muchos, que se redacte una nueva Constitución, sería como la ilusión del náufrago por llegar a la isla paradisíaca y dejar atrás toda la zozobra y la tragedia del naufragio. Pero una nueva Constitución no es, ni será nunca, la salvación de nuestro país. Panamá sólo se salvará cuando los panameños seamos más decentes, más respetuosos de las palabras que existen dentro de la Constitución.
Debemos entender, de una vez y para siempre, que no se trata de hacer constituciones nuevas con cierta frecuencia histórica, sino respetar y vivir una situación nacional que rime con las excelencias de las letras constitucionales. De no ser así, las constituciones seguirán siendo letras muertas en nuestra vida nacional. Lo que necesitamos, insisto, con urgencia, es que en nuestro país haya un nuevo tipo de hombre más decente y responsable.
Si nos conformamos con bellas constituciones, nos pareceremos a los países que tuvieron dictadores como Juan Vicente Gómez, los Somoza y los Trujillo, que gobernaron con constituciones excelentes. Ellos no se preocuparon por hacer nuevas, y al mismo tiempo que llenaban las cárceles con sus adversarios y los torturaban, los desterraban y asesinaban, al mismo tiempo estaban "vigentes" los artículos de sus constituciones excelentes. Ellos no se preocuparon por hacer nuevas, y al mismo tiempo que llenaban las cárceles con sus adversarios y los torturaban, los desterraban y asesinaban, al mismo tiempo estaban "vigentes" los artículos de sus constituciones que expresaban la absoluta libertad que había en sus países para actuar y expresarse.
De un tiempo a esta parte, se aboga en Panamá por una constituyente que redacte una nueva Constitución. Creo que sí, debemos tener una nueva que reemplace a la que hizo la dictadura.
Pero, insisto en que, si creemos que esa nueva Constitución significaría la redención de nuestros problemas nacionales, en un país como Haití (el más atrasado del continente) harían una Constitución, teóricamente perfecta, y ya está: el pueblo haitiano se convertiría, por obra y gracia del nuevo estatuto legal, en un pueblo de avanzada, progresista y triunfador. Una vez más, como recomendaba Justo Arosemena: no se necesita con urgencia patriótica una nueva Constitución, sino la creación de un nuevo tipo de hombre panameño más decente y responsable. "Un Estado es gobernado mejor por un hombre bueno que por unas buenas leyes".
Aristóteles