Violencia e indiferencia
Recuerdo, en mis años de la infancia, que cuando en las emisoras se escuchaba que había ocurrido algún crimen, la población parecía vestirse de luto y un silencio sepulcral se apoderaba de los parroquianos. Nadie decía nada ni se atrevía a dar mayores comentarios. Si se daba alguna opinión, éstas eran muy parcas.
Cuando apareció aquel caso del “Hombre del Petate”, sobre todo en la comunidad de La Chorrera, por la década de los setenta si no me equivoco, los padres no dejaban que las muchachas, después de las seis de la tarde, se asomaran siquiera al portal.
Cuando se dio, a inicios de los setenta, aquella tragedia en la que perdieron la vida tantos estudiantes chorreranos que venían hacia el Instituto Nacional, recuerdo que la población chorrerana se agolpó, dentro y fuera de la Iglesia San Francisco de Paula, para llorar con los familiares de los muertos mientras se advertía cómo, uno por uno, bajaban aquellos féretros en cuyo interior estaban contenidos los cuerpos de núbiles mentes ensoñadoras.
O los tiempos han cambiado y con ellos las generaciones y sus formas de advertir la existencia o, simplemente, nos hicimos fríos o indiferentes ante el dolor y el luto de los demás o, sencillamente, todo aquello ante lo cual quedábamos impresionados o impactados, ya, por la fuerza de la costumbre o de la reiteración de los hechos, no nos impresiona o causa tipo alguno de asombro. Horrendas ejecuciones, crímenes atroces, torturas inimaginables en la crueldad, mutilaciones carniceras, destrucción de la vida en todas sus formas, son, entre otros, horrendos hechos que se vienen dando a diario, casi de modo ininterrumplible, en nuestra sociedad y, peor aun, la indiferencia nos atosiga como si nada estuviere aconteciendo.
Hará cuestión de horas, los medios de comunicación dieron a conocer el caso de una joven madre que fue asesinada, cocinada a balas, entre tanto su pequeño hijo, de tan solo cinco añitos, veía como cercenaban, sin piedad, a su amantísima madre. Dan fe los comunicadores sociales que la criatura tan solo balbuceaba ante las autoridades de policía: “Me mataron a mi mamá y a mi me perdonaron la vida, me quedé sin mamá”.
Tristes palabras que nos recuerdan que estamos, todos, sin distingos de capas sociales, inmersos en la subcultura de la violencia. Una violencia que avanza, que no retrocede, en donde las acciones de la seguridad y la vigilancia en las calles, sin duda alguna, están perdiendo espacio y efectividad ante los que trafican y viven del crimen, del delito. Algo tiene que decir la educación, la fe, la moral, en este marasmo societario que nos presenta como tétrico y terrorífico.
Harto conocida es la frase que pronunciara Simón Bolívar cuando dijo: “A la sombra de la ignorancia trabaja el crimen”. Algunas versiones dicen: “A la sombra de la ignorancia avanza el crimen”.
Es hora de reflexionar y de meditar. En realidad, sin negaciones, toda la Patria debería vestirse de luto, pero también hacerse de una filosa espada para partir, de un solo tajo, el crimen.