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Violencia en los barrios


Para quienes nacemos y crecemos en un barrio, el pan nuestro de cada día son las balaceras,  que se dan a toda hora; es normal levantarnos con la noticia de que mataron a Kevin el de la 23 ó a Betito, un joven albañil que trabajaba en la construcción y que no estaba en bandas, pero una bala perdida lo sorprendió dentro de su casa. Son historias que no cesan en repetirse.

Muchos inocentes mueren a diario no sólo en accidentes de tránsito sino en balaceras cuando se miden fuerzas, hay algún ajuste de cuentas o venganza. ¿Hasta cuándo tendremos que seguir viviendo esto? La pregunta aún no tiene respuesta y es que el  asunto no  se resuelve únicamente con ligas de fútbol o ayudas extraordinarias en efectivo, sino que requiere de atención y disciplina.

La violencia no se puede contrarrestar con más violencia, pero medidas como los toque de queda, provocan cierto estado de tranquilidad y evitan que los jóvenes sigan en las calles, aunque esto debe ir aunado a un equipo de trabajo que sectorice las bandas y ubique a sus cabecillas para  neutralizarlos y escarbar en la verdadera raíz de este problema que nace en el hogar.

La delincuencia no es producto de la falta de empleo o pobreza extrema; es la consecuencia de un hogar desintegrado en el que no existe el padre o la madre, y quien tiene la custodia de los hijos a duras penas consigue para mantenerlos. Estos hijos viven en un barrio donde el juega vivo y el dinero fácil son primero y, como si fuera poco, la música y la forma de vestir propias del gueto provocan más cambios en la actitud; y, lógicamente, esto afecta al joven que ve o siente la necesidad de conseguir dinero fácil, porque en sus casas no hay trabajo o el salario que se consigue es apenas lo necesario para la canasta básica. Pero, igualmente, existen jóvenes que con sacrificios terminan estudios universitarios y consiguen poco a poco un empleo remunerado cónsono con sus capacidades y logran sobrevivir, pero no es justo que muchos de estos jóvenes que no tienen nada que ver en las pandillas sufran las consecuencias de morir a manos de un rebelde sin causa que no es capaz de luchar por salir adelante, a pesar de la crisis que haya enfrentado en sus hogares.

No es cuestión de moda o rebeldía, sino de un sistema social que no ofrece oportunidades; pero, mayormente, es culpa de los hombres y mujeres de este país que no son responsables con sus acciones y dejan hijos regados o desatendidos, y si viven con sus hijos, ni les prestan atención. Es común ver abuelos criando a los hijos de sus hijos. No es de extrañar que en horas de la noche maten a un menor inocente que se encontraba fuera de su hogar... ¿y sus padres? Bien, gracias, ¿y usted?

Ojalá haya unidad entre los poderes del Estado y la sociedad para que el tema de la delincuencia se trate con la debida atención, saneando los hogares con herramientas útiles que provoquen cambios certeros en los barrios. No sólo hay que reprimir la delincuencia, sino que hay que ofrecer ayuda psicológica y laboral para que la juventud no se siga perdiendo.

101 años de Panamá América

 
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