Violencia y crisis social
Escucho, continuamente, manifestar a los medios de comunicación sobre el alarmante aumento de la violencia en diferentes instancias de la sociedad. Primero que todo es característico de la historicidad un reflejo de las crisis económicas, en crisis sociales, concomitante al aumento de la violencia.
Por lo general, una crisis económica lleva implícita una crisis social, es decir, un incremento de la delincuencia, prostitución, adicción y crímenes en sus diversas manifestaciones, sin necesariamente hablar de una relación causa-efecto entre ambas variables. También es cierto que el fenómeno de la violencia no pertenece exclusivo a esta sociedad, sino a un fenómeno mundial y la complejidad de la sociedad va acompañada de lo complejo del crimen, pues hace 20 años nadie hubiera imaginado a los piratas virtuales, los hackers de Internet.
Si los criminales van evolucionando en su forma de delinquir acompañando los tiempos actuales y desarrollan estas formas dentro de nuestra sociedad, ¿ qué hay de enfermo en la sociedad para que esto suceda? ¿De qué forma condiciona la sociedad, con sus leyes, con el consumismo, con la miseria, con la violencia, etc., a la formación de criminales? Así se enfoca el problema de la violencia. No como un problema micro, sino macro (mundial).
Pero ante la situación particular de Panamá, agreguemos a la crisis económica, la crisis política. En dónde reside el poder del Estado, si no es en el político. El político ejecuta en acción el poder que representa en el arte de gobernar. La crisis política se refiere a la falta de credibilidad del sujeto, el individuo panameño ante el sistema político.
Esta pérdida de credencial es pérdida también de poder, y por ende pérdida de autoridad; lo cual se manifiesta en el decir del panameño, en la significación colectiva. En palabras más simples, preguntemos a cualquier ciudadano qué opina de los políticos. Las respuestas más vehementes incluirán desde son unos corruptos, hasta abstención de opiniones. Esta crisis de credibilidad afecta al ser social del panameño, pues el poder del Estado reside en el político que es, a su vez, el que crea las leyes. Así el ciudadano es sometido, condicionado a estas leyes y prohibiciones.
Pero, ¿cómo creer en la ley, si quien la representa no la representa bien? Cómo un padre corrupto puede pedirle a su hijo que sea un monje; he ahí el problema del doble discurso. En una familia de padres adictos es probable que se forme un hijo delincuente que uno que no lo sea. En cierto modo, esta pérdida de credencial en el sistema, desequilibra al ser sumiso, al ser social, que es contrariado y dominado por el ser pulsional, el acting out, el que irrumpe la ley y el orden.
Por tanto, en una sociedad pre-anárquica, sin orden; pero a la vez en un sistema democrático estable, mecánico e inerte, la violencia se podría considerar como un síntoma de esa ausencia de poder, no dada en el hecho real, sino por la falta de creencia en el psiquismo colectivo.
Por lo general, una crisis económica lleva implícita una crisis social, es decir, un incremento de la delincuencia, prostitución, adicción y crímenes en sus diversas manifestaciones, sin necesariamente hablar de una relación causa-efecto entre ambas variables. También es cierto que el fenómeno de la violencia no pertenece exclusivo a esta sociedad, sino a un fenómeno mundial y la complejidad de la sociedad va acompañada de lo complejo del crimen, pues hace 20 años nadie hubiera imaginado a los piratas virtuales, los hackers de Internet.
Si los criminales van evolucionando en su forma de delinquir acompañando los tiempos actuales y desarrollan estas formas dentro de nuestra sociedad, ¿ qué hay de enfermo en la sociedad para que esto suceda? ¿De qué forma condiciona la sociedad, con sus leyes, con el consumismo, con la miseria, con la violencia, etc., a la formación de criminales? Así se enfoca el problema de la violencia. No como un problema micro, sino macro (mundial).
Pero ante la situación particular de Panamá, agreguemos a la crisis económica, la crisis política. En dónde reside el poder del Estado, si no es en el político. El político ejecuta en acción el poder que representa en el arte de gobernar. La crisis política se refiere a la falta de credibilidad del sujeto, el individuo panameño ante el sistema político.
Esta pérdida de credencial es pérdida también de poder, y por ende pérdida de autoridad; lo cual se manifiesta en el decir del panameño, en la significación colectiva. En palabras más simples, preguntemos a cualquier ciudadano qué opina de los políticos. Las respuestas más vehementes incluirán desde son unos corruptos, hasta abstención de opiniones. Esta crisis de credibilidad afecta al ser social del panameño, pues el poder del Estado reside en el político que es, a su vez, el que crea las leyes. Así el ciudadano es sometido, condicionado a estas leyes y prohibiciones.
Pero, ¿cómo creer en la ley, si quien la representa no la representa bien? Cómo un padre corrupto puede pedirle a su hijo que sea un monje; he ahí el problema del doble discurso. En una familia de padres adictos es probable que se forme un hijo delincuente que uno que no lo sea. En cierto modo, esta pérdida de credencial en el sistema, desequilibra al ser sumiso, al ser social, que es contrariado y dominado por el ser pulsional, el acting out, el que irrumpe la ley y el orden.
Por tanto, en una sociedad pre-anárquica, sin orden; pero a la vez en un sistema democrático estable, mecánico e inerte, la violencia se podría considerar como un síntoma de esa ausencia de poder, no dada en el hecho real, sino por la falta de creencia en el psiquismo colectivo.